domingo, 28 de mayo de 2017

51. La ciudad de los puentes


19 de mayo
Todo es cuestión de perspectiva. Otra vez me sentía como en un cuento de hadas mientras los cristales del funicular reflejaban los destellos de los fuegos artificiales alumbrando el perfil de los rascacielos de Pittsburgh. Poco después, creí ser una princesa mientras Charles me daba la mano para ayudarme a bajar de su altísimo coche. Y apenas unos segundos después me transformaba en calabaza al recordar que iba con deportivas, sudando por el paseo y el calor de la noche y compararme con aquellas parejas con pinta de millonarias, vestidas para algún tipo de gala, que esperaban en el lobby a que su limusina les recogiera. Cuántas cosas vividas en solo unos días. Como siempre, empecemos por el principio…
----

16 de mayo, tres días antes
Me encanta volar. Lo había olvidado y lo recuerdo siempre que estoy a miles de millas del suelo, observando las nubes desde arriba, los picos nevados de montañas imposibles de escalar (al menos por mí) y las ciudades que parecen maquetas animadas. Me dirijo a Pittsburgh, Pensilvania a un congreso, el primero al que asisto en Estados Unidos. He estado en alguno en Canadá, me pregunto cómo serán las cosas por aquí. Dado que es una experiencia sobre la que nunca he escrito y a lo mejor os produce curiosidad, voy a dedicar el post a ello.

Para empezar, mi situación personal difiere bastante de otros congresos a los que he asistido: o bien iba con más personas de mi grupo o bien todos los asistentes iban en solitario, pero ahora iba yo por mi cuenta y un buen número de los del Hospital de Niños (es decir, mis futuros compañeros de trabajo). Alguna que otra vez me he alojado en hoteles cutres o alejados del congreso, pero no me ha importado al ir con más personas. Estando sola en una ciudad desconocida prefería evitarlo, así que pregunté si a alguien le importaría compartir habitación conmigo (como comprenderéis, no me puedo permitir gastar los casi 900 dólares que costaba alojarse cuatro días en el hotel del congreso). Una anestesióloga muy maja se ofreció y acepté. A última hora la compañera de habitación de otra de las postdocs que iba no pudo asistir y terminé compartiendo habitación con ella. A efectos del blog la llamaremos Shirley. Por fortuna para mí, mi futura jefa acabó cubriendo los gastos de las dos, así que me salió bien la jugada.

El hotel es para verlo... habitaciones lujosas (no pongo fotos porque ya os he enseñado algún que otro hotel de estos anteriormente y son por el estilo), programa ecológico (no vienen a hacerte la habitación a no ser que lo pidas), gimnasio, piscina, y servicios como que te alquilan ropa y zapatos de deporte durante tu estancia para que puedas entrenar o que te llevan al lugar del centro que quieras gratis.

Una llamada y todo listo en tu habitación

Estoy un poco chafada... Shirley me ha dicho que en su grupo de investigación (mi futuro grupo) no es oro todo lo que reluce, que la jefa es controladora y paternalista y que hay luchas de poder un poco extrañas. Pero bueno, es su punto de vista… ya me ha pasado otras veces que no me han parecido para tanto algunos panoramas que me pintaban bien negros. Además, en peores plazas he toreado, creo. Sin duda mi futura jefa tiene un estilo de dirigir muy diferente del que tengo ahora y del que tuve en el pasado, y me apetece probarlo. Estos días conoceré mejor a todos. De momento Shirley parece muy maja.

17 de mayo
Hoy ha sido el encuentro de profesionales en etapas tempranas de la carrera. Ha estado genial, me ha ayudado a ver las cosas desde el otro lado, desde el punto de vista de los mentores. También he visto a mi jefe, que es igual de majo dentro que fuera del trabajo, pero va a su rollo aquí también.

Estas son las acreditaciones que deben llevar los asistentes, con lacitos debajo indicando si han ganado algún premio, si presentan un poster, si dan alguna conferencia...

Shirley me ha presentado a un chico español que parece muy apañado, me ha gustado ver que hay más gente de mi país en este mundillo. Tras eso hemos ido a la recepción de apertura (un picoteo). El último evento del día consistía en asistir a presentaciones de cinco minutos de personas mostrando sus datos. Entré y tras un rato me fui, porque todo lo expuesto era de ciencia básica y donde ellos veían resultados súper interesantes sobre las médulas espinales de las ratas yo solo veía bolitas de colores flotando por la pantalla...

Llegué a la habitación y Shirley no estaba, vi que había dejado sus cosas y le escribí para decirle que no sabía qué plan tenía pero que yo estaba por allí. Me dijo que le habían invitado a una cena, que me avisaba si luego iban a beber algo. Si la veo le diré de ir a visitar la ciudad el viernes por la tarde. Y si no quiere pues me voy yo sola, estoy acostumbrada a disfrutar viajando por mi cuenta y esta ciudad no va a ser diferente. Tengo curiosidad por el Monte Washington y el museo de Andy Warhol. 

19 de mayo
En las alturas siempre sopla más viento. O eso descubro cuando bajo del funicular del Duquesne Incline. Los vagones de madera me recuerdan a la noria del Prater de Viena, subimos y subimos por la empinada cuesta, usando ese vehículo que lleva haciendo el mismo recorrido desde hace 140 años.

Menos mal que he salido del hotel. Me hubiera dado vergüenza volver y que al preguntarme qué tal era la ciudad solo hubiese podido hablar de las moquetas del hotel... He venido por mi cuenta. Hoy me apetecía un poco de toma de tierra, poner mis pies en el césped, dejar que el viento filtrado por las hojas de los árboles me acariciase la cara y que los únicos sonidos que llegasen a mis oídos fuesen los de los pájaros. Las vistas son espectaculares... y el barrio muy tranquilo y curioso.

Vistas de Pittsburgh desde el monte Washington

He llegado al funicular gracias a una de las pijadas del hotel que comentaba antes: tienen una furgoneta que te lleva a donde quieras del centro. He llamado a Charles, el chófer, desde recepción (lo siento, nombre real esta vez, si no perdería encanto) y me ha recogido. Tras tres preguntas sobre si iba sola (por parte de: recepción, chófer y vendedor del funicular) he llegado a la cima.

El congreso ha estado bien, mañana quedan un par de conferencias plenarias, pero intuyo que no serán gran cosa. He retomado contacto con varias personas (por ejemplo, me reencontré con la jefa de Stanford y hemos hablado de una posible visita), me he dejado ver, he cogido ideas sobre un par de cosas, he robado las libretas y bolis de rigor (este es uno de los objetivos no escritos cuando asistes a un congreso) y he aprendido cómo son algunas dinámicas aquí. No sé si es porque están vinculados al mundo de la anestesiología, pero está todo muy institucionalizado y jerarquizado. Y les encanta beber, lo puedo asegurar. Y, ¿no comen? O tienen una agenda muy rara... yo ayer con dos copas de vino iba más que lista.

Ayer por casualidad me encontré con Shirley y al preguntarle qué plan tenía me dijo que algunos del grupo iban a otra cena. Estaba muerta de hambre así que me apunté. La comida tailandesa estaba deliciosa y la conversación fue muy amena. Salí corriendo antes de que terminaran porque tenía una “copa” de reencuentro con la gente del “campamento de dolor” del año pasado, del cual os hablé en este post. Me alegré un montón de ver a varios de ellos y saber lo bien que les iba, pero tras un rato me volví al hotel aprovechando que una pareja se volvía, ya que tenía un pequeño problema: me había quedado sin batería y no tenía ni idea de cuál era el camino de vuelta. Oops.

Hoy había una cena del departamento de anestesiología de mi Universidad a la que no estaba invitada (yo soy de medicina de la rehabilitación)... Shirley me dijo que me colara si quería, aunque no sabía si iba a poder. No sé cómo quedaría eso, si estaría mal visto por mi futura jefa, así que me he venido aquí. Le propuse el plan tanto al chico español como a otra chica muy maja que había conocido pero los dos me dieron largas… en fin. El no haber venido con amigos no me va a impedir disfrutar de la ciudad, que además parece segura y tranquila. Y, ¡hoy tengo batería!

------
Necesitaba esto. Pajaritos cantando en lugar de los pajarracos (gaviotas y cuervos) de Seattle, un paseo a mi ritmo, sin prisa, sin nadie a quien esperar o compromiso que cumplir, girado a izquierda o derecha a placer, sin importarme perderme. El barrio no puede ser más icónico de la América idealizada: flores por todas partes, casas de madera con patio trasero, mecedoras en los porches adornados por ondeantes banderas estadounidenses, casas de pájaros en los árboles, luces que se encienden a tu paso...

Una de las casas del barrio

En lugar de bajar e intentar encontrar sitio en el restaurante del hotel, cambio de idea y decido cenar en lo alto del Monte Washington, por el mismo precio pero con vistas. No me arrepiento para nada, me lo merezco, si se hace tarde para llamar a Charles, pido un Uber y a volar. Reconozco que casi me dejo arrastrar a esa inercia horrible de no querer moverse, de no salir del hotel. El país del McAuto, Amazon Prime, Uber food, etc. casi me arrastra al lado oscuro, pero de momento las recompensas por rebelarme me hacen seguir resistiendo.

Vistas de noche

Todo es cuestión de perspectiva. Otra vez me sentía como en un cuento de hadas mientras los cristales del funicular reflejaban los destellos de los fuegos artificiales alumbrando el perfil de los rascacielos de Pittsburgh. Poco después, creí ser una princesa mientras Charles me daba la mano para ayudarme a bajar de su altísimo coche. Y apenas unos segundos después me transformaba en calabaza al recordar que iba con deportivas, sudando por el paseo y el calor de la noche y compararme con aquellas parejas con pinta de millonarias, vestidas para algún tipo de gala, que esperaban en el lobby a que su limusina les recogiera. Notaba cómo me subían los puntos de glamour que perdí cuando me planteaba hacer pis en la papelera de la yurta. No tardé ni un minuto en sonreír para mis adentros y tomar perspectiva de mí misma, en recordarme que, sea como fuere, soy genial: princesa, aventurera, persona de a pie, ciudadana del mundo. En fin: que me gustan tanto las yurtas cómo los hoteles de cinco estrellas, supongo que, como buena malagueña, soy una especie de camaleón. Soletes, a veces es complicado ser uno mismo y saber que con eso basta y sobra: es lo que hay y hay que valorarlo. Ahora, una sirena me mira desde los techos acristalados de la piscina... espera: esa soy yo. Nadando de espaldas y feliz de haberme atrevido a bajar para ponerle la guinda al día.

20 de mayo

12.30 de la tarde
Terminan las últimas conferencias. Voy a comer con Shirley y una anestesióloga del Hospital de Niños (que es genial, por cierto) y pruebo las mejores albóndigas del mundo. Hmmm. Luego mi compi y yo damos un largo paseo por el río que atraviesa Pittsburgh y venimos al aeropuerto. Supongo que no ha estado mal el día. Finalmente, embarco hacia mi primer vuelo.

Ahí tenéis las albóndigas... hasta las coles de bruselas que llevaban debajo eran una delicia

Vistas desde el río, con el estadio de los Pirates de fondo

Tienda de reparación de robots en el aeropuerto, de mentira, claro


----------
Queridos Soletes, espero que os haya gustado esta perspectiva de cómo se vive un congreso científico desde dentro (o de cómo lo he vivido yo). Este fin de semana tenemos puente ha venido a verme mi amiga Escarlata (la que ya participó en el post Norte, Sur, este y Oeste) y a la que visité en el viaje a Nueva York que nunca llegué a contaros, puede que lo siguiente que leáis de mí sea alguna historia surrealista que nos ha sucedido a las dos mientras me visita. ¡Hasta pronto!

PD: Tengo noticias frescas, me han aceptado en un instituto de verano de dolor en Canadá, creo que no tendrá nada que ver con el del año pasado: dormiré en un colegio mayor, con baño compartido y comeré en el comedor universitario. Pero me apetece, me apetece mucho y creo que puedo aprender bastante. Y es gratis. Y no conozco Toronto. Y de pensar que hasta agosto no salía de Seattle otra vez me estaba entrando un sarpullido. Lo dicho: que me hace mucha ilusión, y que ya os contaré.

Índice del blog 
(para acceder a todas las entradas)
Página de Facebook (para estar al día de las novedades)
Suscripción al blog (para que os lleguen las entradas por email)   

lunes, 15 de mayo de 2017

50. Cuatro en la carretera: segunda parte

Hola Soletes,

Parece mentira que hayamos llegado al post número 50. Muchas gracias por seguir leyéndome y siguiendo mis peripecias. Tal como comenté la semana pasada, estoy de vuelta para desvelaros el misterio que se quedó a medias, si no habéis leído el post anterior os recomiendo que lo hagáis aquí, si no seguramente no os enterareis de nada. Aparte, está mal que yo lo diga, pero las fotos de la cámara de Tristeza son una pasada.

Parte 2: Lobo hombre en Airbnb

7 de marzo, buscando por Internet…

Una cabaña perdida en medio de los bosques de Forks. Paz, tranquilidad, algo bucólico y rustico, es AirBnb, seguro que está genial ¿no? Uy, pone que tiene jacuzzi y parece que desde el techo se pueden ver las estrellas. ¡Ay, qué suerte hemos tenido! Encima está bien de precio. Oh, y pone que al alojarnos ayudamos al dueño a pagar sus gastos médicos y mantener el sueño de su vida de conservar su granja. Ya está, decidido, nos quedamos con esta.

12 de marzo, tras conducir por esos caminos dejados de la mano de Google maps…

¿Será el dueño ese hombre que nos mira? Bueno, no tiene pinta de haber mucha más gente por aquí, vamos a preguntarle. Efectivamente. Nuestro querido anfitrión al que acabamos apodando “Chiwi”, de cariño, nos dijo que cruzásemos el famoso puente de las “ranas cruzando” y aparcásemos enfrente de la cabaña. Aunque era mayor se le veía fuerte, estaba curtido por el sol y llevaba unas gafas de sol medio acopladas bastante curiosas. Me fijé en que llevaba una especie de pulsera de plástico blanca en una de las muñecas, quizás había estado hospitalizado hace poco, el pobre…

Salimos del coche y nos detuvimos en la puerta de lo que, más que una cabaña, parecía una chabola. Toda de latón, uralita y madera, con dos sillas de plástico en el porche y aspecto de estar sin terminar, nuestro futuro alojamiento nos esperaba silencioso. Chiwi nos alcanzó en seguida y nos hizo un “tour” guiado por la mansión. La puerta: corredera, sin cerradura ni posibilidad alguna de bloquearla por dentro. El suelo parcheado con losetas y trozos de moqueta era del todo irregular y tenía bastante… solera. El techo de uralita se intercalaba con vigas de madera y algunas ventanas, las paredes estaban decoradas con troncos y motivos similares y en algunas partes quedaba al descubierto un material aislante rosa que parecía estar llegando desde otra dimensión para hacernos compañía.

Todo glamour
Empezamos por el “salón” con un sofá naranja desvencijado como elemento principal y una colmena en el techo como complemento (sin abejas, por suerte). A la derecha accedimos a lo que sería nuestro dormitorio: una cama “nido” que parecía sacada del atrezo de alguna película de torturas medievales, una cama de aire, de matrimonio, medio desinflada que había vivido mejores tiempos y una salamandra. Con salamandra me refiero a una de esas chimeneas de hierro cerradas cuya salida de humos es un tubo que va a la pared. En ese punto, Chiwi nos explicó que para calentarnos (no olvidemos que era marzo y hacía un frío considerable por las noches) teníamos dos opciones: o bien usar la salamandra o un calentador de propano. Nos explicó que normalmente tenía un extintor al lado de la salamandra “por si acaso” pero que la noche anterior había tenido un “problemilla” y lo había tenido que usar. Así que nos aconsejó que si teníamos algún “problema” que saliéramos afuera y cogiéramos la manguera y que gritásemos para que él viniera a ayudarnos, porque los bomberos hasta allí no llegaban. –Estupendo.- Prefería morirme de frío antes que achicharrada. Tras eso, nos enseñó “su habitación preferida de la casa” que consistía en una especie de agujero entre dos paredes donde, mirando hacia abajo se adivinaba un colchón con unos almohadones… lo más parecido que había visto hasta entonces eran esas noticias con los típicos zulos donde meten a las personas secuestradas. En fin.

Atentos a  las ramas decorativas

La famosa salamandra

La cocina no decepcionó. Los muebles, cada uno de su padre y de su madre, se amontonaban sin ningún tipo de orden lógico y nuestro querido anfitrión nos dijo que nos había dejado algunas sorpresas en la nevera… miedo me daba, si su habitación preferida era un boquete, ¿Qué nos habría dejado? Para terminar, nos enseñó el baño, en el que por supuesto no osamos ducharnos y antes de irnos nos dijo: “y lo mejor es que tenéis total privacidad, no hay nadie en 50 millas a la redonda”. Nadie excepto él, claro, que dormiría en la casa de al lado.

Una vez solas descubrimos tres cosas: 1) había dejado toallas y un bombón (uno, para cuatro huéspedes) con un conejo de pascua, encima de una de las almohadas, 2) la principal sorpresa de la nevera era una cantimplora de plástico gris con la inscripción “vino de la casa” a rotulador, y 3) la colcha de la cama nido medieval estaba llena de pelos de perro blanco, aunque no vimos ningún perro.

El cartel para indicar que el aparcamiento era privado

sábado, 6 de mayo de 2017

49. Cuatro en la carretera: primera parte

3 de mayo
Hoy es uno de esos días en los que necesito subir a la terraza para que el viento me quite las tonterías. Estoy en una de esas rachas que sé que dentro de un tiempo recordaré como: "Jo, qué mal lo pasé entonces". Pero no es tan terrible, nunca lo es. Estoy preocupada por personas que no pasan por sus mejores momentos... y los echo de menos, mucho. Es duro querer desde lejos. Es duro no estar cerca con tu cuerpo pero que tu corazón sí que esté allí. Es muy duro ver los momentos importantes desde lejos, desde el cristal de la pantalla de tu ordenador... cumpleaños especiales, graduaciones, nacimientos, mudanzas, nuevos trabajos, nuevos retos.

Lo curioso es que esto se debe a querer mucho, a querer muy bien, a querer pese a todo y a que te sigan queriendo. Esto se debe a seguir persiguiendo tus sueños, aunque estos te lleven lejos de lo que amas, a mantenerte a flote en las horas bajas, permitiéndote no ser perfecta. A tolerar el malestar, la tristeza y la nostalgia sabiendo que pasarán, sabiendo que los frutos serán valiosos y compensarán todo esto. Sabiendo que, si no tuviera a nadie, si nadie me tuviera a mí, todo sería más fácil... fácil pero insulso y vacío. Vano. Carente de propósito.

En fin, supongo que se trata de respirar. Respirar y recordar que la decisión fue mía y que siempre puedo cambiar de idea. Respirar y saber que pasará pronto, que antes de que me dé cuenta ya no tendré que pensar en respirar.

No me creo que haga 23 grados y esté tomando el sol en la terraza. No cuando llevamos semanas de gris y lluvia perpetuos, sin pasar de los 12 grados. He llegado a la conclusión de que no podría ser un vampiro y vivir en una noche eterna... eso me lleva a recordar que hace unos dos meses estaba o, mejor dicho, estábamos preguntándonos si ellos y otras criaturas sobrenaturales de verdad existían. Todo empezó como cualquiera de esas películas americanas de terror para adolescentes... cuatro chicas inocentes que alquilan un coche y se van de acampada. Esto fue lo que pasó.

Parte 1: The Cabin (la cabaña)
11 de marzo
Tras las aventuras con mis hermanas descubriendo Ciudad Esmeralda, decidimos que estaría bien alquilar un coche y descubrir la península de Olympic. Para ser más exactos, primero intentamos pillar algún vuelo barato rumbo a un destino glamuroso tipo San Francisco o LA, pero una vez hubimos echado cuentas, asumimos que se salía con mucho del presupuesto. Acabamos planeando un viaje por carretera, rodeando la península de Olympic, tantas cosas nos pasaron que voy a dividirlo en dos post. La primera noche dormiríamos en una cabaña del sistema de parques estatales (parecida a la yurta que os comenté hace algunos post) y como para la segunda estaba todo ocupado, nos decidimos por una cabaña cerca de Forks que encontramos en AirBnb.

Las aventuras comenzaron con el alquiler del coche. Por internet todo se veía fácil y simple pero vaya cacao se armó una vez allí. La primera novatada fue que se necesitaba una tarjeta de crédito vinculada al conductor o no te daban el coche. La única que no tenía el carnet, era la que sí tenía una tarjeta que no fuese débito, total, que gracias a un chanchullo que hizo el chico que nos atendió pudimos coger el coche. Una vez en el aparcamiento nos enfrentamos a la siguiente aventura: aprender cómo funcionaba un coche automático. Cuando le coges el truco es facilísimo, pero siendo la primera vez la verdad es que desconcierta un poco. El encargado de "ayudarnos" a entenderlo era un hombre mayor, asiático, con bastantes malas pulgas, escaso en paciencia y con un inglés justito. Tormenta conducía primero y yo guiaba (previa descarga de los mapas en mi móvil porque allá donde íbamos no había cobertura). El hombre empezó a gritarle a la pobre "you no good", "you no driving" (algo así como: esto no se te da bien, no puedes conducir el coche). Tuve que explicarle que nunca había conducido un coche automático y que además el inglés no era su primera lengua… parece que se calmó un poco y le pareció bien. Salimos del aparcamiento y condujimos sin novedad hasta Tacoma. Allí, en el mercado metropolitano probamos: The cookie. Así, a secas, creo que tiene el nombre bien merecido... madre mía. Fue una recomendación de Ashley y se lo agradecimos con todas nuestras papilas gustativas.


Cuando nos dieron el coche nos emocionamos pensando que era todo un Cañorero, que era enorme... pero no tardamos en comprobar que éramos los más pequeños de la carretera. Tras unas dos horas rodando primero por autopistas de seis carriles por sentido (con salidas a izquierda y derecha, por cierto) y un último tramo por carreteras interminablemente rectas que se perdían entre los altísimos árboles, llegamos por fin a nuestro destino. Tuvimos suerte, tras unos primeros tramos en los que llovió con bastante intensidad, se despejó el cielo y pudimos comprobar que los paisajes de los que nos enamoramos en películas como Crepúsculo eran reales. Era difícil cerrar la boca mientras veíamos los jirones de niebla mezclarse de forma caprichosa con las hojas de los árboles. 
Tablón de anuncios de Dosewallips Sate Park

La cabaña del Ranger (el guardabosques) estaba cerca de la entrada del parque, llegamos para que nos diese la llave de la cabaña pero no había nadie. En la puerta había un cartel con una lista de nombres y su cabaña asignada e instrucciones diciendo que para comprar leña metieras 6 dólares en un buzón y cogieras alguno de los paquetes que estaban apilados en la puerta... me duele decirlo, pero sospecho que en España ese sistema no tendría demasiado éxito. Cogimos un paquete y apuntamos los datos del coche para que no nos multaran. Al fin llegamos a nuestra "cabin". Por 57 dólares: 4 personas alojadas (y el permiso del coche para circular por el parque), desde luego nada mal. Eso sí: sin baño ni ropa de cama, pero con electricidad, mesa exterior y un sitio para hacer fuego.
Nuestra cabaña, con su mesita y sitio para hacer fuego
Nuestro super coche (enano al lado del del Ranger)
Tras descargar el coche comenzamos a hacer fuego antes de que oscureciese más. Nos estaba resultando difícil porque había llovido mucho, los troncos que habíamos comprado eran gordísimos y, para rematar, venían rachas de viento de vez en cuando que hacían que las ramas pequeñas y el papel de la base ardiesen rápidamente, antes de que se prendiesen los troncos. Pero no nos rendimos, a mis hermanas les hacía mucha ilusión probar los smores (las típicas nubes pinchadas en un palo que se ven en las películas metidas en un sándwich de galletas integrales y chocolate) y lo íbamos a conseguir.

En esas estábamos, cuando veo que mi hermana se queda callada y mira con los ojos como platos algo detrás de mi espalda. Un hombre mayor se acercaba a nosotras, un hombre con un hacha en la mano. Cuando llegó se presentó y nos dijo que era un voluntario del parque, que le estábamos dando pena e iba a ayudarnos. Nos partió todos los troncos por la mitad mientras nos contaba que llevaba un marcapasos con la batería del Samsung Galaxy Note 7 (de esas que explotan y han prohibido en los aviones) pero que no tenía dinero para cambiarla, que si olíamos a cerdo quemado por la noche llamásemos a la ambulancia... no parecía estar de broma. Tras eso, conseguimos nuestro objetivo y casi cuando estaban ardiendo los últimos troncos, nos abrazamos las cuatro a observar la luna llena en silencio. Este se desvaneció pronto, ya que unos aullidos empezaron a resonar por los alrededores. Primero pensamos que serían niños jugando pero tras oír que provenían de diferentes puntos del bosque decidimos que lo mejor sería entrar en la cabaña antes de que se consumiera del todo el fuego, por si había algún lobo curioso.

Al día siguiente dimos un paseo por el bosque. Era espectacular la cantidad de líquenes que acumulaban los árboles, parecían como patas de cangrejo gordas y peludas. El aire era purísimo y él aura del lugar resultaba casi mística. Cuando me entra la pena de pensar lo lejos que estoy y la de momentos importantes que me estoy perdiendo, pienso en que de alguna forma gracias a que estoy viviendo aquí personas queridas están experimentando cosas que de otra forma nunca hubieran conocido. 





Nos fuimos casi con pena, camino a la siguiente aventura. Paramos en Port Angeles a comer en un sitio especializado en barbacoas y pusimos rumbo a la cabaña de Forks. Por el camino nos encontramos con Lake Crescent, uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida. Una pena no haber tenido más tiempo. 




Por lo visto es bastante típico de la zona

Tras sacar unas cuántas fotos, volvimos corriendo al coche con miedo de que se hiciera de noche. Escribí al hombre que nos iba a alojar en AirBnb para decirle que no estábamos seguras de a qué hora llegaríamos y preguntarle cómo quería hacer la entrega de la llave. Me contestó que no me preocupara, que la cabaña no tenía llave. Ahí ya tuvimos un aperitivo del panorama que nos íbamos a encontrar… pensé que se cerraría por dentro y listo.

The Flyn Farm se encontraba al final de un camino de tierra, bastante más allá de donde las indicaciones de Google Maps llegaban. Tuvimos que usar las indicaciones del dueño para llegar, cosas del tipo: pasad unos buzones, dejad un granero gris a la derecha o pasad un puente con un cartel que reza "frogs crossing" (ranas cruzando). Por el camino pasamos por una especie de cementerio de coches cuyas atracciones principales eran un camión de bomberos decrépito y un autobús escolar oxidado y abollado, con las ventanas rotas... juré que si era ahí dormiríamos en el coche esa noche. Pero no, era aún más lejos. Ya estábamos llegando cuando nos lo encontramos. Tendría unos 80 años, parecía atlético y tenía cierto carisma que invitaba a confiar en él. Seguimos sus instrucciones para llegar a la cabaña y esperamos en la puerta para que nos la enseñara.
Ahí el cartel de las ranas y el del perro... aunque no había perro
-------------
Y ahora tengo una mala noticia y una buena: la mala es que hasta aquí dura el post de hoy... mejor dejarlo antes del descubrimiento de los huesos. La buena es que para no teneros intrigados mucho tiempo, volveré la semana que viene con la segunda parte: Lobo hombre en Airbnb.

Índice del blog (para acceder a todas las entradas)
Página de Facebook (para estar al día de las novedades)

Suscripción al blog (para que os lleguen las entradas por email)