domingo, 10 de enero de 2016

9. Sólo sé que no sé nada


Prefacio 

(diarrea mental acaecida antes de poder escribir algo coherente o, si preferís, el “making off)

 
Creo que es cierto eso que dicen sobre la hoja en blanco: es lo que más asusta a un escritor. Quizás no es miedo, quizás sea sobrecarga de posibilidades. Me explico: cuando no has escrito aún nada, las opciones que se abren ante ti son tan abrumadoras que, a veces, se amontonan unas junto a otras intentando pasar las primeras. Quizás no sea falta de inspiración sino todo lo contrario.
 
Aquí me hallo, en este día de enero, con la barriga llena de sopa y la cabeza llena de ideas. Sí, de esas traviesas de las que hablaba un párrafo más arriba. ¿Qué les cuento ahora? Me han dado unas cuantas sugerencias pero ninguna que pueda desarrollar ahora mismo y quedar satisfecha… hmmm… ¿Hablo sobre las cosas que me han pasado con las palabras confusas del inglés?, ¿Hago ya el post sobre la Planta 6?, ¿Cuento lo decepcionante que ha sido el día de Reyes por aquí? Ofú. Todo me parece bien y a todo le encuentro fallos, creo que a las ideas revoltosas se une el perfeccionismo de una servidora y la presión de no decepcionaros tras haber creado expectativas sobre lo que vendría esta semana. Mi jefe dice que el primer borrador tiene que ser malo, así que si estás bloqueado: escribe, ya saldrá algo. Espera… ¿estoy escribiendo en el blog acerca de la experiencia que supone escribir un blog?, ¿Sería, digamos, “metaescritura”?, ¿y a quién narices le interesa eso? Ay, madre. Para de criticarte, STOP.
 
Vale, escribir sin juzgar, puedes hacerlo. Elige un tema, lo desarrollas y punto. Si no les gusta pues ya sabes que no ha sido buena idea.
 
Cri. Cri.
 
Cri. Cri.
 
Mira, me da igual, voy a escribir sobre esto y al menos que se rían un poco de mis cosas. Ya está decidido, el tema de esta semana es… trrrr… : ¡un poco de todo! Si no puedes contra ellos (la avalancha de opciones, en este caso) únete.
 

El post 

(en intríngulis, la chicha, la enjundia, el meollo)

 
Supongo que recordaréis mis primeros post en los cuáles relataba lo desconcertada y lo perdida que estaba respecto a prácticamente todo (si no, lo podéis recordar aquí). Cuando uno se muda a un país occidental, en el mismo hemisferio y demás, tiende a pensar que no habrá muchas diferencias culturales. Y un jamón. También creía que al haber estado antes en Norteamérica habría bastantes elementos que no me pillarían de nuevas, y en cierto modo así ha sido, pero una cosa tengo clara: EEUU no es Canadá. Al menos el Noroeste, o quizás Seattle, no tiene nada que ver con Nueva Escocia, provincia canadiense donde las puertas de las casas y de los coches se quedan abiertas por las noches, donde puedes olvidarte el monedero o la cámara de fotos en un restaurante y encontrarlo intacto horas después, donde pisas a alguien y te piden perdón (no es un tópico, me ha pasado). No es que esperase que aquí fuese todo tan seguro pero tampoco que, día sí, día no, haya noticias sobre tiroteos, robos, apuñalamientos o cuerpos encontrados en el lago. No sé cómo no han creado un “C.S.I. Seattle”, la verdad.
 
La cuestión es que en estos dos meses largos que llevo aquí he acumulado bastantes situaciones que me han dejado con la boca abierta, a veces literalmente, un buen rato. Hoy me propongo compartirlas con vosotros antes de que me acostumbre a ellas y lleguen a parecerme lo más normal del mundo. Aquí van:
 
*Traducir.
No me refiero al idioma, que también, eso merece un post aparte. Cuando llegas tienes que traducirlo todo para enterarte de dónde tienes la cara, por ejemplo: miras cómo llegar al trabajo y Google Maps te informa de la distancia en millas, con lo cual no sabes si está cerca o lejos (hasta que traduces a Km). También debes tener cuidado con los centímetros y las pulgadas a la hora de comprar los muebles.
 
Miras el tiempo y te lo dan en grados Fahrenheit, por tanto, no sabes si hace frío o calor (hasta que traduces a Cº), lo mismo con el horno: lees tu querida receta en Celsius y… ¡a traducir si no quieres quemar el bizcocho! Quieres hablar con alguien de España pero no sabes qué hora es allí (hasta que traduces a la hora española). Las fechas también son diferentes, aquí el formato es mes/día/año, con lo que me llevé algún que otro susto mirando la caducidad de algunos productos.
 
Vas a comprar, ves el precio en dólares (sin impuestos) y no sabes si es barato o  caro (hasta que sumas el “tax y traduces a euros) y muchas veces te dan el precio por libra o por onza, así que lo mismo: a traducir a ver a cuánto te sale el kilo. Hasta el tamaño de los folios es diferente del español, el voltaje de los enchufes, las tallas de la ropa, las señales y normas de tráfico…
 
Incluso los nombres de los pisos de los edificios, normalmente la planta baja es la 1 (o L de Lobby), la letra B suele ser para el sótano (basement) cosa que descubrí cuando aparecí en un aparcamiento mientras intentaba salir de un edificio con la cabeza en las nubes.
 
En mi edificio es la "1"
 
*Transporte.
Como la mayoría de cosas aquí es ecológico: los autobuses son eléctricos o tipo tranvía, hay un monorraíl (hasta que lo vi pensaba que eso sólo existía en las películas de Batman o de los Power Rangers), hay tren… los autobuses llevan unas rejillas para que los usuarios puedan poner sus bicicletas en la parte delantera. Hablando de bicicletas: hay carril bici por casi toda la ciudad y alquiler en varios puntos.
 
Como la mayoría de cosas aquí está adaptado a discapacitados, tienen verdaderas obras de arte ingenieril para que puedan superar la escalera de entrada al bus o colocar sus sillas dentro.
 
Como la mayoría de cosas aquí es caro. Un viaje normal en autobús cuesta 2.75$ (unos dos euros y medio) y el precio no disminuye si te compras una tarjeta prepago… puedes sacar un pase mensual, eso sí, pero cuesta 100$, así que dependiendo de la frecuencia con la que lo utilices a lo mejor ni ahorras. Si pagas en efectivo debes llevar el cambio justo porque no te devuelven, es decir: si tienes un billete de 5 dólares, eso es lo que te costará el viaje. Lo único positivo es que si tardas menos de una hora (creo recordar) en hacer el viaje de vuelta no te lo cobran.
 
Como la mayoría de cosas aquí es arcaico en cierto modo: tienes que tirar de una cuerda, en lugar de pulsar un botón para solicitar la parada. La costumbre es darle las gracias al conductor cuando te bajas.
 
Como la mayoría de cosas aquí es futurista en otros aspectos: hay coches que puedes coger por horas sacándote una tarjeta (Zipcar). No es un servicio de alquiler de coches en el que te atiende una persona y firmas un contrato, simplemente vas a unos puntos que tienen repartidos por la ciudad y te lo llevas, es el mismo sistema que el alquiler de bicis en muchas ciudades. También puedes solicitar que te recoja un coche a través de una aplicación móvil (Uber), miran tu posición a través del GPS y listo. Indicas la dirección y pagas a través de la app, por lo que no tienes ni que saber inglés… además te dan una estimación del coste del trayecto (mucho menor de lo que costaría en taxi) por adelantado, puedes ver el recorrido (con lo cual no pecas de turista al que le dan vueltas tontas) y puedes compartir el viaje con otros para que vean por dónde vas.
 
Como la mayoría de cosas aquí es una locura. Ya seas un peatón o un conductor, más vale que te andes con ojo: hay normas muy raras sobre en qué carril colocarte o cuándo debes ceder el paso o avanzar. Por ejemplo, el momento para girar si vas en coche es… chan chan: ¡cuando está en verde para los peatones!, tiene toda la lógica del mundoDigo verde por decir algo, las opciones son estas:
 
Esto equivale al verde fuente
Esto equivale al rojo fuente
 
*Bomberos.
Los camiones están muy chulos pero parece que vienen con las sirenas obligatorias porque ya pueden ser las 4 de la mañana y estar la calle desierta que los señores pasan pitando a todo volumen. Por cierto, también hacen las veces de ambulancia si es necesario… los he visto cortar una calle y ponerse a atender a un herido en un santiamén.
 
Este es uno pequeño
 
*Comida.
Gran tema. Al principio mi impresión general fue: “qué asco”. Sin más. Después de pagar la novatada y probar un intento de pechuga de pavo que era como chóped del malo mezclado con gelatina, un humus que sabía a limón con detergente, unas tortas maíz con sabor a jarabe y de no poder encontrar cosas como: jamón serrano, lomo, queso blanco, orégano con sabor o pan de verdad (que no fuese chicle) y de observar horrorizada los precios de los alimentos frescos (un calabacín puede costar casi 2 euros, una patata 1 euro, una bandeja de pechuga de pollo 10) pensé que me iba a morir de asco o de hambre. Una vez que rebuscas bien rebuscado y conoces más tiendas (y activas el modo maruja convirtiéndote en una friki de los cupones y las ofertas) descubres que no es para tanto, que hay sucedáneos de casi todo y que incluso hay cosas ricas que no existen en España.
 
¿He dicho ya que es cara? Creo que el premio lo ganan los frutos secos, exceptuando los cacahuetes una bolsa pequeña te puede costar 8 euros, y el alcohol. Además les encantan las cosas orgánicas (y parece que tienen algún tipo de fobia al gluten) por lo que hay mucha oferta de estos alimentos que, por supuesto, cuestan más. Eso sí, jumbo-maxi-packs de porquerías refritas congeladas y helados de litro para arriba los puedes conseguir baratos.
 
Luego están las cosas que me parecen extrañas: mantequilla de cacahuete para todo, kilos de azúcar en cualquier producto que sea dulce, aceite de palma, canola o coco en las composiciones de los alimentos preparados (sí que se puede encontrar aceite de oliva Español sin demasiado esfuerzo, por cierto), huevos enanos (aunque los compres del tamaño supuestamente grande) y color amarillo claro... Por suerte hay una tienda con productos españoles donde te puedes quitar el antojo de muchas cosas (The Spanish Table), aunque el jamón serrano está a precio de oro y no tienen de todo. También me sorprende que las marcas se mueven en otros campos, por ejemplo, Palmolive fabrica detergente y Frigo tiene carnes congeladas.
 
*Tiendas.
Algo que echaré de menos cuando me vaya es que haya una persona para ayudarte a meter la compra en las bolsas mientras pasas por caja. También el poder sacar dinero en efectivo cuando vas a pagar (te lo dan allí mismo con el ticket) y la cantidad de tarjetas y cupones de descuento a los que puedes acceder diciéndoles tu número de móvil.
 
Hay varias cosas que me llaman la atención. En la sección de verduras es frecuente presenciar una pequeña tormenta: la grabación de un trueno indica que van a empezar a pulverizar agua sobre los vegetales, así que mejor apártate si no quieres terminar tan empapado como las verduras. Hay una tienda en la que todo (todo) cuesta un dólar, por lo que no tienes que preguntar por el precio. Hay outlets casi de todo, incluso de comida. Los perros pueden entrar en casi todas ellas (y en el bus, algunos restaurantes…). En algunas hay unas escaleras mecánicas especiales para el carro de la compra.
 
Da como cosica verlos ir por ahí ellos solos
 
Las farmacias merecen una mención especial: venden de todo (son tipo Opencor), desde congelados o ensaladas hasta productos de limpieza, material de papelería, conservas, o galletas; también revelan fotos, cargan la tarjeta del autobús… sin embargo no te puedes pesar, no tienen las típicas básculas, si quieres saber cuánto pesas no te queda más remedio que comprarte una.
 
*Horarios.
No cuadran con los españoles en absoluto. Hay quien empieza a trabajar a las 6 y pico de la mañana. En la oficina, a las 11 ya huele a fideos orientales (y yo mientras con mi manzana de media mañana). A las 5 no queda casi nadie allí. Si te invitan a cenar puede ser perfectamente a las 5 de la tarde, sin embargo, muchos comercios abren hasta las 10 o media noche, los hay incluso de 24 horas. Otros sólo tienen horario de 9 a 5, cierran a medio día y no abren los fines de semana, como el USPS (el equivalente a Correos), por lo que te ves obligado a faltar un rato al trabajo si necesitas enviar un paquete.
 
*Marihuana.
Es legal. Como consecuencia puedes encontrar tiendas especializadas y es habitual que en las tiendas normales vendan semillas, pan, caramelos… y debes tener cuidado de no comprarlo sin querer porque a veces lo llaman hemp (o mota, o weed…). No es raro encontrar a personas por la calle riéndose o hablando solos, aunque también puede ser porque el clima les vuelve tarumba o porque lleven algún “manos libres” escondido y estén hablando por el móvil, a saber.
 
*Especímenes humanos, autóctonos y foráneos.
Ya los retrataré de forma más profusa. En resumen, me he encontrado con muchísimos hípsters, artistas o modernillos, bastantes indigentes, una considerable diversidad racial y una buena colección de personajes extraños, como un chico con unas rastas que le llegaban a la altura de los gemelos. Aquí hacen cosas que me resultan sorprendentes, como comer enfrente del ordenador o si están en la sala de descanso llevar música para no hablar con nadie, que te digan “buenas noches” a las 4 de la tarde, que casi nadie lleve paraguas a pesar de lo que llueve o que algunos (que pueden andar) lleven sillas con motor para desplazarse estilo WALL-E.
 
Como sigamos así, este es el futuro que nos espera fuente
 
*Protocolos y burocracia.
Otro mundo, otro post… tengo historias reservadas. Sólo os diré que casi acabo reducida por un guardia de seguridad cuando fui a la oficina de la Seguridad Social y que tardé 45 minutos de reloj en poder enviar un paquete a España.
 
*Cosas del siglo pasado.
En muchos aspectos están muy avanzados pero en otros… Las latas con abrefácil son un lujo infrecuente, y supone una gran diversión utilizar un abrelatas cuando eres zurda.
 
Os presento uno de los muchos desastres obra de una una servidora
 
Los cheques. Para algunas cosas te exigen pagar con cheque: ni efectivo, ni tarjeta y en algunas ocasiones debes enviarlos por correo postal (como la luz o el agua) ¡con lo fácil que es domiciliar un recibo! Eso sí, puedes personalizar tu talonario con la foto que quieras, ponerle un estampado de leopardo rosa o la letra más cursi que se te ocurra.
 
La limpieza, en general. Encontrar un recogedor con palo para no parecer Cenicienta cuando limpio me costó un poco y a día de hoy no he conseguido encontrar un cubo con escurrefregona (o como se llame). Hay toda suerte de productos que prometen matar al 99.99999999999999% de los gérmenes pero se hace difícil encontrar una buena escoba.
 
fuente
 
*Viviendas.
Moquetas, moquetas por todas partes. En la mayoría de los sitios la gente se quita los zapatos para entrar, en principio es más higiénico que repellar el barro de la calle o la porquería que lleves pegada a las suelas. No os dejéis engañar, es una trampa. Imaginad la situación: invierno, lluvia, botas enormes que te cuecen los pies en su jugo, te quitas las botas y: ¡calcetines sudados por todo el suelo!, di que sí, y como te huelan los pies, premio doble. Buagh. De verdad que hay edificios que huelen como a gusanitos de queso, yo creo que es por eso. Menos mal que conseguí un piso con suelo de madera… aunque la verdad es que luego vas de visita a alguna casa, ves lo cómodo que es estar descalzo en la moqueta mullida y se te pasa.
 
Están muy de moda los “Walk in closet” una especie de vestidores o mini almacenes que vienen de maravilla para esconder los trastos y organizar estudios enanos como el mío.
 
Lo que no hay son lámparas en el techo del salón, normalmente ponen lámparas de pie con varias posiciones de intensidad. O eso o te apañas con la luz de la cocina. Como en muchos países, no hay persianas de verdad, por lo que un buen antifaz puede convertirse en un gran aliado. En la mayoría tampoco hay lavadora ni secadora pero sí una lavandería común en el edificio. A veces tampoco tienen portero automático en edificios de 15 plantas o más (normalmente porque tienen más de 50 años) pero tienen un sistema para que puedas abrir la puerta pulsando una tecla de tu teléfono móvil. 
 
Algo que me encanta es el “trash chute” ese tobogán para las bolsas de basura que se ve en las películas y te evita tener que empaparte o congelarte mientras la tiras, aunque debo confesar que me asusta la idea de que se me puedan caer las llaves y tenga que ir yo detrás para recuperarlas.
 
Las cocinas también tienen su aquel, muchas incluyen esa especie de placas en forma de espiral que se calientan y son muy complicadas de limpiar. Encontrar una tapa para las sartenes y que no salte el aceite también ha sido otra odisea (pensando en positivo, a lo mejor mi piso se revaloriza gracias al Pollock en el que se ha convertido la pared de la cocina). Creo que otro elemento esencialmente genuino es la trituradora. Sinceramente, aún no le veo el sentido y vivo con miedo de que se me caiga una cuchara y explote o algo. Quizás la culpa la tengan Los Picapiedra…

 
Aunque en los dibujos era un cerdo el que tragaba los desperdicios, también se "estropeaba" fuente


Epílogo 

(o “bueno, ya está bien… ojú que post más largo, vamos a cerrar con algo profundo a ver si queda coherente”)

 
Cuanto más tiempo pasa, más me sigo sorprendiendo, quizás (posiblemente) lo que aquí he escrito sea una versión limitada y sesgada de cómo son las cosas y habrá quien lo vea de otra manera (o a lo mejor existen sitios como “el paraíso de las fregonas” que yo desconozco). Por tanto, llego a la misma conclusión que Sócrates hace ya tantos siglos: sólo sé que no sé nada. Podría seguir y seguramente me faltarán aún costumbres insólitas por descubrir pero creo que por hoy es suficiente.
 
Probablemente os cuente más detalles sobre algunos de esos temas en futuros post, si hay alguno en particular que os interese no tenéis más que decírmelo. Como siempre, podéis comentar este post (de verdad que es fácil, instrucciones en el post de Reyes) o dejar un comentario en la página de Facebook, que también podéis seguir, dándole a “me gusta” para ir recibiendo las novedades.
 
Nos vemos la semana que viene, Soletes. Portaos bien con 2016, que el pobre está empezando e igual anda un poco perdido.


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