viernes, 30 de septiembre de 2016

36. Match point

"Aquél que dijo "más vale tener suerte que talento", conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte, asusta pensar cuántas cosas escapan a nuestro control.

En un partido hay momentos en que la pelota golpea con el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir hacia delante o hacia detrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante y ganas, o no lo hace y pierdes."
Match Point, 2005


18 de Septiembre

Mientras bajaba Spring Street hacia el paseo marítimo, reflexionaba acerca de que lo que sentía se parecía bastante al enamoramiento. Iba sonriendo sola, reflexionaba acerca de la suerte que tenía viviendo aquí, me sentía tranquila por estar cerca de estas calles que había echado de menos: estaba un poco enamorada de Seattle, de mi vida aquí.

Iba pensando en que quizás me atrevería a decir que estaba en mi mejor momento, más libre y con menos tonterías encima que hacía tiempo. Por un momento tuve esa sensación de que era demasiado bonito para ver verdad, de que algo malo tenía que pasar para compensar, que llevaba una racha muy buena. Casi sacudí la cabeza de un lado a otro para que el pensamiento se fuera también y entonces vi el coche.

Ya me había resultado raro que no redujese velocidad al acercarse al paso de peatones, por lo que tenía un ojo puesto en él... cuando vi que se me echaba encima medio corrí, medio salté hacia delante mientras gritaba "What are you doing?" (¿Qué haces?). Frenó justo a tiempo para no embestirme y me pidió perdón mil veces. Con el corazón a mil y en shock, terminé de cruzar la calle y seguí mi camino.

Entonces me dí cuenta de lo lejos que estaba de casa, de que esta vez no había llorado nada al irme... y de lo que te puede cambiar la vida en un segundo.

Como siempre, no pasó nada. Pero los pajaritos que cantaban en mis oídos instantes atrás se quedaron mudos para mí... es curioso cómo puede fluctuar el ánimo sin si quiera haber pasado nada.

Me dí la razón a mí misma un momento después, cuando iba riéndome sola al ver al hombre con gafas amarillas que iba conduciendo un jigshaw mientras bailaba "beat it" con gran ilusión y destreza.


En fin, disfrutaré de este soleado atardecer que mi querida Ciudad Esmeralda ha querido regalarme, nunca se sabe cuándo puede ser el último.

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domingo, 18 de septiembre de 2016

35. 2016: una odisea del espacio (aéreo)

15 de septiembre
De nuevo me veo escribiendo como forma de pasar el rato, como la mejor manera que se me ocurre de canalizar esta espera de aeropuerto y convertirla en una transición que me ayude a entender que me voy, que esto se acaba, que me esperan tres meses a casi 10.000 km de casa. Me lo he pasado tan bien que no he tenido ni tiempo de procesar que me iba.

Sé que volveré por Navidad, como el turrón, que tres meses no son nada comparados con los cinco habituales, me consta que mi familia y amigos me quieren... en fin, que no hay motivos para estar triste. Aun así, las despedidas son complicadas; cuesta ver lágrimas provocadas por la anticipación de tu ausencia y que no se te contagien. Pero sé que son la peor parte, luego llegas, tienes la paz de estar sola, dormir, volver a tu rutina... si no me gustara aquello no habría decidido intentar quedarme uno o dos años más.

Me explico. Voy a empezar a mover hilos para seguir trabajando en Seattle (sí puede ser) o en alguna otra ciudad de ser necesario. A la beca que me quiero pedir para volver a España no podría optar hasta dentro de un año (sí sale, porque con la ausencia de Gobierno la convocatoria de este año aún no ha salido), así que la única manera de tener un perfil competitivo cuando la pida es seguir trabajando en mi campo, seguir publicando. Y lo dicho: si puede ser en Seattle mejor que mejor.

Hoy hay luna llena. Mientras la observaba en el coche, camino del aeropuerto, no he podido evitar acordarme de aquellos viajes nocturnos por carretera que hacíamos cuando era pequeña. De eso hace más de un cuarto de siglo, y atravesar media España en verano, con un coche sin aire acondicionado, durante el día, no era una opción. Conservo uno de esos recuerdos que creo que no son míos, uno de esos que te han contado tantas veces que ya vives como tuyos. Me recuerdo a mí misma mirando al cielo hipnotizada, preguntando por qué la luna nos seguía... mi lógica era simple: si nosotros nos movíamos sin parar por la carretera y seguíamos viendo la luna, quería decir que se movía con nosotros. Para mí suponía una especie de magia. Ahora me voy y no puedo evitar pensar que la magia sigue existiendo: por muy lejos que estemos de los que queremos, si miramos al cielo seguiremos viendo la misma luna.
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Qué bonito eso de la luna, ¿no? Sí sí, pues siento cortar el momento romántico para hablar de lo que me ha pasado. He perdido el segundo vuelo. No he cogido la conexión a Seattle.

A ver, viajando tanto era algo que tenía que pasarme… Así que nada, otra experiencia “pa la saca”. La conexión original que había cogido hacía una escala de cuatro horas en Nueva York pero cancelaron el vuelo de ese día. La consecuencia fue que me mandaron un email con nuevos billetes, el primero de los cuales era al día siguiente del segundo... como la combinación no tenía sentido alguno, escribí a atención al cliente a ver qué pasaba y me dijeron que me habían reubicado pero claro, eso no tenía en cuenta el vuelo de conexión. La alternativa que me dieron fue una conexión de una hora en París. Me pareció poco tiempo pero pensé que más sabrían los de la aerolínea que yo, y que como ya había facturado me esperarían si hacía falta. Craso error el mío.

El primer vuelo llegó con unos 15 min de retraso. Corrí todo lo que pude y utilicé toda mi elocuencia para saltarme las colas que fueron posibles aduciendo la inmediatez de mi vuelo pero no sirvió de nada... control de pasaportes, bus de conexión entre terminales, carrera hasta la puerta de embarque al ver el avión aún allí y quedarme con un palmo de narices al decirme que no me dejarían montarme, que el embarque estaba cerrado.

Toda sudada y sin terminar de procesar que lo había perdido, me dirigí hacia el mostrador de atención al cliente donde tras 20 min (y eso que sólo tenía a un señor delante) me atendieron. Me dieron dos opciones: coger el mismo vuelo al día siguiente pagándome yo la noche de hotel (lo que teniendo en cuenta que había huelga general en Francia y a saber qué podría encontrarme fue un: "gracias, pero no, gracias") o hacer París- Detroit - Seattle y llegar unas ocho horas más tarde de la hora original.

Elegí la última opción. Tras un susto debido a que la puerta de embarque no era la que decían, despegué con 20 minutos de retraso hacia Detroit, con la promesa de que la conexión de hora y media que tenía sería más que suficiente porque era un aeropuerto pequeño y bien organizado y no tenía que cambiar de terminal. Yo sólo pensaba en el paso por aduanas... en fin. Ya os contaré lo que sucede después. De momento me veo un tanto beoda (me he pedido dos vinos blancos y está visto que últimamente el alcohol me cunde que da gusto), en un avión del año de la nana (sin enchufes y con una tele obsoleta que no funciona), muriéndome por ir al baño a hacer pis y molestar a la abuelilla que va a mi lado... aunque, por otro lado, si se levanta seguro que es bueno para su circulación. Vamos allá.
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Joder... no estoy segura de lo que acaba de pasar. Creo que he ayudado a que la señora que va a mi lado no se tirase el vaso de vino entero encima mientras se levantaba... pero también puede haber sido lo contrario, que le haya ayudado a hacerlo. Me ha dicho que no pasa nada, que le queda bien el vino tinto... que ahora todos en el aeropuerto van a saber lo que se ha tomado. Le he traído servilletas del baño en el que, por cierto, alguien había vomitado. A la vuelta ya no estaba, la pobre se estaba lavando. Nos hemos hecho un poco amigas... resulta que es de Detroit pero acaba de estar de vacaciones en Marruecos.

Ah, no lo he dicho, no todo es malo en este avión... acabo de tomar la mejor comida de avión que recuerdo: verduras asadas, risotto con pollo, un bollito con Brie y un dulce que era igual que el más tierno de los roscos de Reyes. Sólo me ha sobrado la sal, el azúcar y una cuchara, lo demás ha ido todo para adentro. Yo creo que ha sido el vino que, por cierto, tengo la esperanza de que me ayude a dormir. Ya lo sé: el alcohol produce somnolencia pero después el sueño es más ligero; tampoco es que pretenda dormir como un tronco en un avión, así que creo que me ayudará. Volveré con más noticias cuando las tenga, de momento me sorprendo de que mi inglés no se haya deteriorado en este mes: he puesto una reclamación y pedido perdón por el vino sin esfuerzo alguno.

Ahora a dormir.
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Un pobre bebé que no para de llorar me saca de mi ensueño. Parece que he conseguido dormir una hora y media, estupendo. Mi querida vecina se ha levantado a por agua y se la ha tirado encima ella solita, eso me deja un poco más tranquila respecto al incidente anterior… Ah, no lo he dicho: hay un azafato que me llama “Milady” y me pone ojitos, hacía mucho que no tenía un viaje con tantas anécdotas, y a ver si no pierdo el último vuelo o me pierden la maleta o a saber. En fin, de un modo u otro, más cansada o menos, llegaremos.

Debería escribir sobre mi cumpleaños, sobre lo bien que lo he pasado, sobre que ya tengo 30, sobre fluir, sobre cerrar heridas y dejar cosas (o personas) atrás… pero no tengo muchas ganas. Ha sido un verano mágico, casi mejor que el anterior, cosa que ya era difícil. Ahora me preparo para el otoño en Rain City y aunque promete ser duro el contraste con mi querida casa, el hecho de tener visitas pendientes y de volver en Navidades creo que aliviará cualquier mal que se pueda cruzar en mi ánimo.

PD: el bebé llorón resultaron ser gemelos, lo que explica cómo pudo tirarse casi todo el vuelo llorando.
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Casi pierdo el vuelo en Detroit. Llegamos con unos minutos de retraso, luego nos pidieron que nos quedásemos en el asiento por no sé qué problema de seguridad. Por fin salimos y recorrí la terminal hasta la otra punta para pasar a la parte de inmigración de los no ciudadanos. Al pasarlo tuve que esperar la maleta, recogerla y llevarla a la cinta de refacturación. Tras eso, pasar otro control de seguridad (con la consiguiente parafernalia de quitarse los zapatos, sacar el ordenador, etc), en el que por suerte no había apenas nadie, y luego volver a recorrer la terminal hasta la otra punta (vale, mi puerta no era la última, era la penúltima) cargada con la mochila y el portátil. Sólo pensaba: “palante, palante, palante…” no quería ni mirar el reloj, iba lo más rápido que podía y punto, estaba muy cansada pero tenía claro que allí no me iba a quedar. No sé qué cara llevaría pero algunas personas se apartaban de mi camino sin siquiera pedírselo.

Llegué cuando estaban a medio embarque. Me tocó en una de las últimas filas, entre un negraco enorme, cuyos brazos y piernas ocupaban parte de mi asiento, y una mujer que, por suerte, era de tamaño medio. Debido a las turbulencias que hubo durante casi todo el viaje, no pudieron pasar a darnos agua casi hasta el final de las cuatro horas... en fin, menos mal que tenía galletas y había bebido justo antes de embarcar. Esta vez la tele sí funcionaba, así que vi dos películas y se me pasó relativamente rápido.

Mi maleta y yo llegamos a Seattle: ¡lo habíamos conseguido! O casi. La penúltima odisea fue encontrar un Uber que me llevase a casa. Para cogerlos es muy fácil normalmente, indicas tu ubicación por GPS y listo. En el aeropuerto no, tienes que ir a un área específica que está muy mal señalizada. Cargando con la maleta. Tras un rato y hacerme amiga de una chica con la que casualmente compartí el Uber (si eliges la opción de compartir coche, la app te pone sola con alguien cuyo destino esté cerca del tuyo) pusimos rumbo a Downtown. No importa cuántas veces lo vea, el Skyline de Seattle me sigue impresionando. Y me encanta. Me recuerda a la sensación que tenía de pequeña cuando veía las luces de la feria, era como magia. En esos pensamientos andaba metida cuando me acordé de que la tarjeta de crédito que tenía vinculada para pagar en la app de Uber me había caducado. Al final la actualicé corriendo y no hubo problema.

La última “odisea” fue abrir la puerta de mi edificio. Hace dos semanas cambiaron los mandos para abrir la puerta y los repartieron mientras no estaba. Mi idea original era pasarme por la oficina a recoger el nuevo, pero con la nueva hora de llegada estarían más que cerrados. Pensé en llamar a la patrulla de cortesía cómo recurso para abrir la puerta (no sé si recordáis de otro post que es un servicio que tiene mi comunidad por si pasa algo una vez cerrada la oficina) pero recordé que mientras estaba fuera también habían cambiado de empresa, la nueva tenía otro número de teléfono que yo no sabía. Una vez descartada esa opción, haciendo uso del wifi de aeropuerto y de unos minutos que tuve en París antes de embarcar a Detroit, escribí a los de la empresa de alquiler a ver qué solución me daban. Finalmente me dejaron el mando en el sitio donde dejan la paquetería del otro edificio, que sigue teniendo las llaves antiguas. Más que escribir una novela empiezo a plantearme si debería escribir un videojuego. En resumen: prueba superada. Había conseguido llegar hasta mi ansiada cama.

17 de septiembre
Creo que podríamos estar hablando de la segunda temporada. Aún no hace un año que llegué a Ciudad Esmeralda pero creo que se ha cerrado un ciclo, pues vuelvo a un sitio familiar y, en la mayoría de los casos, sé qué esperar; las veces que no me entero de lo que me dicen son las menos y apenas me cansa hablar en inglés. Hace un rato que he vuelto del cine y de tomarme un batido enooorme de oreo (era tanta cantidad que no cabía en la copa y te ponían una parte en el mismo vaso de batidora para que te lo echases si querías) y anoche fui con unos vecinos a cenar tortitas a un sitio en el cual sirven desayunos 24h. Hace unos meses me habría quedado en casa el fin de semana después de volver de viaje pero algo ha cambiado: ahora tengo amigos aquí, de hecho tengo ganas de volver al trabajo para ver a algunas personas. No me acostumbro a ver las hojas en el suelo tan pronto, ni a las calabazas o chocolatinas que acechan en los supermercados bajo carteles que rezan “feliz Halloween” y creo que nunca me habituaré a la lluvia o a que el cine valga 13.30 dólares y el batido nueve, pero en fin, ni puedo ni quiero dejar de ser yo.

Como buen inicio de temporada os he contado lo que ha pasado justo ahora pero me he saltado este maravilloso y ajetreado verano que acaba de terminar, así que volveré con algunos post en forma de flashbacks para contaros lo que pasó y los iré intercalando con las cosas interesantes que vayan sucediendo. Eso sí: será cada dos semanas pues, siendo realistas, ni yo ni vosotros podíamos seguir este ritmo.

Mucho ánimo con la vuelta al cole, Soletes. Hasta dentro de 15 días.

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