domingo, 24 de febrero de 2019

72. Allí abajo. Parte 1: Nueva Zelanda


Los habitantes de Australia y Nueva Zelanda llaman a esa zona “down under”, algo así como “allí abajo”. Por fin estoy volando hacia Auckland, por el camino cruzaremos la línea del cambio de fecha (cosa que no sabía que existía) y serán dos días más al llegar. Se me va a hacer raro vivir en el futuro. Al haberme reubicado en este vuelo tengo que conformarme con el asiento de en medio, aun así las 14 horas de viaje no son tan horribles. Hay una cosa que me impresiona: la mujer de al lado no se levanta en todo el vuelo, ni si quiera a hacer pis. Es casi un súper poder… si fuera un superhéroe podría llamarse Retento.
 
Tengo la sensación de que se me olvida algo importante. Supongo que es normal después de todas las cosas que han pasado hoy... todo el estrés, el correr, el tener que tomar decisiones rápido y vencer la adversidad (podéis leer el post anterior aquí). Si algo me ha enseñado la aventura de hoy es a no desistir, a que con paciencia y manteniendo la calma se pueden buscar opciones. Pues eso es lo que quiero aplicar al viaje.
 
Día 1
Llego bien, pero mi maleta no… está perdida. Supongo que con los 150 vuelos cancelados el aeropuerto de Seattle sería un maremágnum de equipajes perdidos. Me alegro de haber comprado una maleta bastante llamativa: morada con flores (lo cual evita infartos en la cinta de equipajes y es útil para que la localicen en situaciones así). En fin, si no me llega mañana a ver qué me pongo para el congreso al que voy a asistir, motivo principal de mi viaje.
 
Un ilustre amigo me recibe en el aeropuerto y me recuerda las experiencias increíbles que estoy por vivir.
 
"Kia ora" es lo que más escucho desde que llego. Se traduce cómo “Hola” pero significa "espero que tengas salud". Las lenguas oficiales en Nueva Zelanda son el maorí, el inglés y la lengua de signos y en la TV las usan todas. Hace un calor impresionante, soy la única que va por la calle en manga larga pero no tengo más opción. Tras coger un bus y vivir otra pequeña aventura hasta localizar a mi anfitrión de AirBnB al fin llego al piso. Es desastroso, huele a pescado frito y el baño está sucio. Al menos parece que han cambiado las sábanas... con lo cansada que estoy me dará igual dormir ahí. Entre eso y que no tengo champú ni nada, acabo yendo al hotel de mi jefa a ducharme.
 
De ahí nos dirigimos a Waiheke, una isla famosa por sus playas y sus viñedos a la que se puede llegar en ferry. Al principio me asusté un poco: el bus que te llevaba de una parte a otra, me recordaba a los icónicos autobuses londinenses de dos pisos. No había caído en que en Nueva Zelanda y Australia se conduce por la izquierda y entre eso y que el techo del bus se iba pegando golpes con la mitad de los árboles, yo iba “frenando” (haciendo el gesto con el pie) sin querer cada dos por tres pensando que nos la pegábamos. Quitando eso, la isla fue genial para ayudarme a vencer el jet-lag: aire fresco, una playa de 2 km preciosa que recorrimos entera y un viñedo mágico (con unos vinos excelentes) desde el cual vimos el atardecer con el perfil de la ciudad de fondo. El día terminó teniendo que correr por una jungla cuesta abajo porque el último bus había pasado y se nos iba el ferry… llegamos a tiempo porque dos mujeres nos señalaron un “atajo” y decidimos hacerles caso.
 



 
Día 2
Abro un ojo y un dolor de cabeza martilleante me despierta. Son las seis de la mañana y más vale que me active pronto porque el bus me recoge en media hora. Aunque tengo un sueño inmenso no me importa: teniendo un solo día completo libre, contratar un tour era la única manera que tenía de visitar todo lo que quería, y más estando tan lejos unas cosas de otras. Una vez en mi asiento, cierro los ojos y cuando los abro han pasado dos horas y estamos llegando a La Comarca.
 
Hobbiton
El ambiente es muy pacífico y bucólico, hay cientos de vacas por todas partes (por lo viso en el país hay más vacas que personas). El set de rodaje es impresionante y está muy bien cuidado, merece la pena y te dejan sacar todas las fotos que quieras. Eso sí: si vais no os hagáis muchas ilusiones que son todo exteriores. Se puede “entrar” en una de las casas, pero por dentro son estructuras de cemento. Hay 44 casas en total, todas con detalles diferentes. Nos llovió, pero creo que eso terminó de darle un aire más auténtico. Si queréis más información esta es su web oficial: https://www.hobbitontours.com/en/
 
Durante el tour nos contaron un montón de curiosidades, como que una de las escenas del final de El Señor de los anillos, en la que Sam se reúne con su hija, se rodó con la verdadera hija del actor, que llevaba meses sin ver a su padre y esa fue su reacción espontánea. O que para El Hobbit el árbol que sale del tejado de la casa de Bilbo lo construyeron de forma artificial porque tenía que aparentar ser mucho más joven que el árbol que aparece en ESDLA, ya que la historia ocurre muchos años antes.
 
Lo que sí era de verdad es la posada de El Dragón Verde. Hemos acabado la visita tomando una sidra allí, a las 11 de la mañana. Me iba a haber pedido algo sin alcohol pero he caído en la cuenta de que a lo mejor era la única oportunidad que tenía de probar la sidra de Nueva Zelanda... No me he arrepentido. Me he tomado media y listo, que si no iba a terminar KO. Creo que habría sido un buen hobbit (y no sólo por la altura), a simple vista parece que no doy para mucho y me encanta estar en mi casa tranquilita… pero en el fondo soy como ellos respecto a las aventuras.
 




 
Rotorua
Me vuelvo a quedar frita y cuando me despierto estamos en Rotorua. Vamos a un parque que se llama Te Puia, en él se encuentra Pohutu, el geiser más grande del hemisferio sur. Todo huele a huevo podrido y parece que estemos en un planeta extraño. De propina, puedo ver un kiwi durmiendo… son adorables, entran directos en la lista de mis animales preferidos. Allí hacemos la parada para comer, tienen un bufete de comida delicioso con especialidades nacionales como la pavlova (una tarta de un merengue muy ligero con frutas) o comida cocinada de forma tradicional: enterrándola todo en un horno que está en el suelo, aprovechando la energía geotérmica. Pruebo la patata neozelandesa, que es un poco dulce, la calabaza y el cordero de allí: muy recomendables. También hay actividades sobre la cultura Maorí, pero no nos da tiempo de hacerlas. Aquí su web para más información: https://tepuia.com 
 

 
Waitomo Caves
Me vuelvo a echar una siesta de dos horas y cuando despierto estamos en las cuevas Waitomo, el lugar donde viven los “glow worms”. Sí, definitivamente ha sido mejor idea contratar un tour que alquilar un coche e intentar conducir por la izquierda con ese nivel de cansancio, total, he hecho todo el viaje frita, así que no se me ha hecho nada pesado. Me he quedado sin habla. Ver a los gusanos era lo que más ilusión me hacía y ha estado a la altura. Por si vais: http://www.waitomo.com
 
El recorrido se hace prácticamente a oscuras, incluyendo bajar por escaleras, pero lo tienen tan bien montado que no se la ha pegado nadie. Creía que los "glow worms" (gusanos brillantes) eran lo mismo que las luciérnagas pero no. Por lo visto sólo existen en Australia y Nueva Zelanda. Viven en cuevas durante unos nueve meses y se alimentan de moscas e insectos. La forma que tienen de cazarlos es atraerlos con su luz y que se queden pegados a una especie de cuerda pegajosa que dejan colgando al final de su cuerpo. La verdad es que es bastante inteligente.
 
En la última parte del recorrido nos montamos en una barca y paseamos un rato por un lago. Fue uno de esos momentos mágicos, ese darme cuenta de que estoy justo aquí, haciendo esto, en parte gracias a algunos esfuerzos que he realizado y siento que de alguna manera el universo me recompensa con esta imagen que dejó sin habla a mi grupo entero. No hay fotos porque no lo permitían, ya que los bichitos brillan solo si están en la más absoluta oscuridad, pero aquí tenéis unas de Internet para que os hagáis una idea. 
 

Los paisajes de aquí me recuerdan bastante a los campos de mi tierra, las casas de las afueras a las del Washington profundo, las praderas podrían pertenecer a Inglaterra y las islas, con esos pinos cerca del agua y esos olivos, podrían ser cualquier parte del Mediterráneo. Me pregunto si una vez que has viajado a un determinado número de sitios, todo lo que veas te va a recordar necesariamente a algo... no sé muy bien qué esperaba encontrarme aquí... ciertamente creo que algo más exótico, pero no deja de ser un país que podría encontrarse en Europa.
 
8.30pm
Ya estoy en el hotel. He tardado más porque al conductor no le habían dicho que me tenía que dejar en otro sitio y me ha dejado donde me recogió... De camino intento encontrar alguna tienda abierta para comprar ropa porque no me fío, pero no tengo suerte: todo cierra a las 7, sin excepciones. Cuando llego compruebo que no ha llegado mi maleta... y cuando me miro en el espejo compruebo que me he quemado la cara. Genial. Llamo a los de la maleta del aeropuerto y cerraron hace una hora... por Internet me pone que están buscándola y aún no está localizada. Estupendo.
 
Decido ducharme y que mañana sea otro día. A primera hora iré a comprar ropa decente y luego iré al congreso. Me voy a perder la ceremonia de apertura, pero creo que es mi única opción... Mientras seco a la vez la ropa interior que acabo de lavar con champú y mi pelo, me lo desenredo como puedo sin cepillo ni suavizante, y pienso que sí que se está cumpliendo mi predicción sobre probar mis límites... Nada como perder algo básico para darnos cuenta de los lujos que tenemos.

Día 3
Me siento en mi salsa en el congreso. Entiendo todo de lo que hablan, aunque no sea exactamente de mi tema. He conectado con investigadores que no conocía y reconectado con algunos que conocí hace bastante. Incluso he conocido en persona al director del grupo de Irlanda con el que me entrevisté hace dos años para un posible trabajo... y se acordaba de mí. Pero ay, vaya inicio de día... me tiré media hora al teléfono con los del aeropuerto, porque por Internet seguía poniendo que estaban aún buscando mi maleta. El agente me dijo que en teoría estaba al llegar en un vuelo. En fin. Salí pitando al H&M y una vez allí arrasé con la tienda. Con lo poco que me gusta ir de compras estoy orgullosa de haber encontrado en menos de media hora unos pantalones arreglados, dos blusas, una camiseta básica para debajo, calcetines, braguitas y unas sandalias. Espero que me lo pague la aerolínea... sudando por el sol que ya empezaba a apretar y por la cuesta arriba llegue al hotel, me cambié corriendo y me dirigí a la conferencia. Me había perdido la ceremonia de apertura (y el Haka que tanta ilusión me hacía ver) pero al menos estaba presentable.

Tras un día largo e intenso regresé a mi hotel para comprobar con gran alegría que mi maleta me esperaba en recepción. Como dice el dicho: "Lo imposible sólo tarda un poco más". Ahora a la cama, que mañana empieza el jaleo temprano y me levanto a las 6.30 para ir a un desayuno de trabajo.

Día 4
Pensaba que ni siquiera iba a escribir sobre este día… he presentado mi poster pero tampoco ha habido más cosas relevantes: he cogido un par de ideas, conocido un par de personas interesantes (entre ellas el que dirige el grupo de investigación que voy a visitar en Sídney) y poco más. Pero entonces, la dosis diaria de “este es el viaje de la frustración” ha hecho su aparición.

Hoy ha sido la cena de gala, cena a la que no he ido porque: 1) era carísima y me van a venir un montón de gastos ahora con el viaje, 2) pensaba que no iba a ir mucha gente (normalmente van los catedráticos y son un rollo burocrático) y 3) no tenía ni idea de lo que iba a pasar… Así que nada, me he ido a mi hotel y me he puesto a preparar una presentación de 3 minutos sobre mi póster que tengo mañana. En esas estaba cuando recibo un wasap de un chico español que he conocido: “Tengo una buena noticia, te han concedido el premio al mejor póster, ¡enhorabuena!”. ¿Qué?, ¿A mí? No es mi mejor trabajo… a ver, ha quedado bonito y hay mucho esfuerzo detrás, pero los datos presentados son preliminares. Le pregunto: pero, ¿lo han dicho ahí en la cena? - Sí, han dicho tu nombre y te hemos aplaudido… pero no estabas.

La madre que los parió… ¿Cómo se les ocurre hacer una entrega de premios en un evento opcional?, ¿En un evento en el que hay que pagar por ir? En realidad son lo de menos, me quedo con el reconocimiento, con que cuenta para el currículum y con que parte del premio consiste en que me pagan la inscripción al congreso del año que viene (que no es barata) y la afiliación durante un año. Pero jo, nunca antes había ganado el premio al mejor póster y me hacía ilusión, porque además no es como las ayudas de viaje, que suelen dar varias… En fin, que si me hubiesen avisado antes hubiese ido seguro. Pero bueno, no se puede volver el tiempo atrás. Desde luego me alegro mucho de la noticia, aunque ahora sienta más presión ante la presentación de mañana: espero estar a la altura.

Día 5
Pregunto por el certificado del póster y tras rebotar como una pelota de ping pong de una persona a otra, me dice una mujer, entre risas, que no tiene el certificado... que se lo dejaron anoche en la cena "porque estábamos un poco... ya sabes, jajaja". Cara de póker. ¿Me estaba diciendo tan pancha que se habían emborrachado y se lo habían dejado por ahí? Vale. 

Total, que le dije que como no sabía que los premios eran en la cena pues no fui... y me contesta: "Ay, por eso hay que ir siempre a las cenas del Congreso jajaja, bueno, no te preocupes...". ¿Que no me preocupe? ¿Encima? ¿Mucho rollo con la inclusión y la accesibilidad para todos y das los premios en un evento opcional por el cual tienes que pagar 100 dólares? O sea: o tienes pasta o te quedas sin aplausos. En fin.

Hice mi presentación sin mucho público, cogí algunas ideas bastante interesantes, descansé un poco en el hotel y terminé yendo a cenar con algunos españoles y el hombre irlandés con el que me entrevisté hace ya dos años.  Probé una comida asiática deliciosa... y ya me cuesta decir eso acostumbrada a Seattle. También probé la sidra de pera neozelandesa, muy rica. Terminamos tomándonos una copa en un pub irlandés con música en directo muy chulo. Iba a haberme ido, pero todos se alojaban cerca de mí y me pareció más seguro esperar a volver con ellos. Me invitaron a todo: a todo. Qué vergüenza... no sé cómo lo hago que siempre acaba pasando eso. En fin, no voy a quejarme que a partir de ahora nadie me va a invitar a nada.

Día 6
Pues esto ha sido todo en Auckland. No me esperaba Nueva Zelanda para nada así... Me la imaginaba mucho más exótica, más "isleña" pero ha sido muy anglosajona... como ya comentaba podría ser cualquier país. Hay mucho ganado, prados verdes, casas de madera con tejados a dos aguas... y sí, hay palmeras y hace buen tiempo, pero eso es todo. Es bonito, no me malinterpretéis. Lo del hobbit estuvo muy chulo, lo de los gusanos fue mágico y la visita a la isla muy relajante y completa. Pero no es un sitio con el que me vaya a quedar con pena si no vuelvo nunca...

Voy ahora en el bus al aeropuerto... salí hace ya más de una hora, por lo que deberíamos estar llegando. Espero que 2.15 sean suficientes para facturar y desayunar... porque voy sin nada en el cuerpo. Las últimas diferencias culturales se hacen patentes antes de despegar: una papelera en la que pone “prohibido escupir, utiliza el cuarto de baño” y las instrucciones de seguridad del avión rapeadas. Desde luego, Nueva Zelanda es única.

En el avión
No me lo puedo creer… he reservado el hotel desde mañana. O sea, con esto de que aquí es un día más sí que me parece factible haberme hecho un lio. Voy a intentar que me den una noche más, pero siendo temporada alta y en una ciudad grande veremos a ver. De verdad que lo que no me pase en este viaje… Voy a ir hasta el hotel y preguntar si tienen habitaciones libres para esta noche y si pueden ampliar mi estancia un día. Si no, pues les preguntaré si tienen wifi o si saben de algún hostal en el que pueda quedarme una noche y si me pueden guardar la maleta hoy. En fin Soletes, la aventura continúa… y en dos semanas volveré para contárosla.

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sábado, 9 de febrero de 2019

71. La última superviviente (despega como puedas)


Queridísimos Soletes, he vuelto, he vuelto porque la ocasión lo merecía, porque vosotros lo merecíais y porque por fin parece que voy recuperando el equilibrio y las fuerzas para hacer cosas que no son esenciales (aunque no por ello sean menos importantes). Sin más, os dejo con un muy demorado nuevo post: abrochaos los cinturones, o casi mejor los arneses, porque en esta montaña rusa los giros de guion os pueden tirar de la silla.

7 de febrero
Resulta raro llenar la maleta con ropa de verano mientras puedes ver nieve por la ventana, resulta extraño meter el bañador y la protección solar cuando te acabas de quitar el abrigo y tu cuerpo te pide manta… pero resulta aún más extraño hacerlo cuando ni siquiera sabes si podrás volar y si lo haces, cuándo será la próxima vez que puedas dormir en una cama. Con suerte, 4 países, dos continentes y muchas aventuras me acogerán en las próximas dos semanas… con muy mala suerte, sopa de lata, velas y algún libro serán mi mejor compañía mientras todo vuelve a la normalidad. 

Me parece que me he adelantado un poco, Soletes, os daré algo de contexto. Estamos en alerta por tormenta de nieve y viento. La semana pasada nevó dos días y la ciudad entera se paralizó… En este momento hay activo un plan de emergencia en mi trabajo por condiciones meteorológicas extremas y algunos supermercados están vacíos de suministros. De verdad, a estos americanos les gusta más un escenario de desastres naturales… Mi querida Ciudad Esmeralda tiene muchas cosas buenas, pero saber prepararse para la nieve no es una de ellas. Ahora entiendo que en Nueva York, Minneapolis o Chicago se rían de nosotros, les doy toda la razón.





Mi primer vuelo estaba programado para el sábado por la tarde, pero el jueves a las 7 de la tarde me llamó mi jefa (cosa que rara vez hace) y supe que algo no iba bien. Me dijo que teníamos todas las papeletas para quedarnos en tierra con el vuelo cancelado, que intentase volar mañana (viernes) a primera hora, antes de que empezase la alerta. Mi primer vuelo era a Vancouver, que no está demasiado lejos, pero el tren no es una alternativa porque tienes que hacer el viaje completo, con todas las escalas para que te mantengan los billetes. Así que no nos queda otra que salir desde aquí en avión… El problema es que al haber reservado con una agencia de viajes (política de mi trabajo) no podemos cambiarlo nosotras con la aerolínea y tenemos que esperar a que abran a las 7 de la mañana. Total, que yo pensaba que tenía un día más para prepararme pero tuve que atar todo los cabos de trabajo que pude (sabiendo que iba a pasar dos semanas desaparecida) y salir corriendo hacia mi apartamento a limpiar y hacer la maleta. Y aquí me hallo, Soletes, manejando esta incertidumbre como puedo y escribiendo para relajarme. Sé que estaréis pensando: “Pero ¿dónde vas?, ¡deja de hacerte la misteriosa!” Pues nada más y nada menos que a dos de mis destinos soñados, a los cuales no pensaba que pudiese llegar a ir: Auckland, Nueva Zelanda y a Sídney, Australia. La idea es pasar una semana en cada destino, en el primero en un congreso y en el segundo haciendo una visita de laboratorio.

Lo que sé de Nueva Zelanda es que allí viven los maoríes (y lo poco que sé de ellos es por los All Blacks y el Haka), que son dos islas preciosas y que allí se rodó El Señor de los anillos y El Hobbit. Si el plan de emergencia sale bien, vuelo a Vancouver, paso un día allí, espero conseguir algún lugar para pasar la noche y luego vuelo directa a Auckland. Llego a las 5.30 de la mañana (dos días más tarde, porque se cruza la línea de fecha… la cual ignoraba que existiera hasta ahora) y tras un vuelo de 14h me alojo en un AirBnB que espero encontrar. Ese día pretendo visitar con mi jefa una isla con unos viñedos y unas playas con muy buena pinta. Pero a saber, porque creo que voy a llegar que no sé ni quién soy.
 

Mi futuro yo
 
Al día siguiente a las 6.30 de la mañana me recogen para hacer un tour del cual tengo muchísimas ganas: Hobbiton (el sitio donde se rodó el Hobbit y el Señor de los Anillos) y La Comarca, un sitio donde hay géiseres y unas cuevas llenas de luciérnagas. Al día siguiente empieza el congreso con un Powhiri (una ceremonia maorí de bienvenida) y ya nos metemos en materia. Aunque sea trabajo también tengo ganas de ir por la temática tan interesante y por la de contactos que pueda hacer.
 
Tras el congreso tendré una mañana libre para rebañar lo que pueda de la ciudad y me iré al aeropuerto rumbo a Sídney. Esa parte del viaje será más relajada: tendré varias visitas de laboratorio y tiempo para hacer turismo. Con suerte podré ver a una amiga que vive allí y a su bebé, ir a un zoo a ver ornitorrincos, canguros, koalas, wombats… ir a un planetario y aprender las constelaciones del hemisferio sur, visitar la ópera, buscar a Nemo y probar las hamburguesas bañadas en queso. Y creo que me dejo lo más importante: disfrutar de un poco de verano y del sol. 
 
Pero claro, eso será si consigo 1) llegar al aeropuerto y 2) salir de Seattle… Esperemos que todo quede en un “hay que ver las cosas que te pasan” porque me daría mucha pena perderme las cosas tan chulas que tengo planeadas. Tengo la sensación de que voy a vivir experiencias de esas que te cambian, que voy a tener que dejarme llevar y ampliar mis límites si quiero disfrutar. Pero, ¿sabéis qué? Que estoy dispuesta a hacerlo.
 
8 de febrero, 9 de la noche
“Que llueva, por favor… que llueva…”. Me encuentro a mí misma deseando algo que nunca hubiera sospechado en Seattle: que caiga agua del cielo, que caiga y limpie toda la nieve que se ha ido acumulando a lo largo de las horas. Oigo un avión pasar por encima de mi cabeza y eso me da algo de esperanza. Me asomo y es nieve, un montón de nieve. En otras circunstancias estaría maravillada, muy contenta e incluso aliviada de tener la excusa del mal tiempo para pasar el fin de semana en casa calentita. Pero ahora no, aunque me sigue pareciendo precioso y creo que nunca he visto nevar con esta intensidad, lo último que me conviene es que se siga acumulando la nieve por todas partes.
 
 
Sí, sigo en Seattle. Esta mañana me levanté temprano, me vestí, lo dejé todo listo para salir y en cuanto dieron las 7 llamé por teléfono a la agencia de viajes. Tras media hora al teléfono con una agente que no entendía por qué no me parecía bien coger un vuelo a las 4 de la tarde (cuando le había explicado mil veces lo de la alerta por nieve), me dijo que tenía que consultar cuánto me costaría, que como mi aerolínea no tenía ninguna política referente al mal tiempo, si quería hacer cambios eso corría de mi cuenta, así que me llamaría en media hora.
 
Cuarenta y dos minutos después estaba de los nervios… el potencial vuelo que iba a coger salía en tres horas y la hora punta de tráfico estaba comenzando. Justo entonces me sonó el teléfono. Mi amiga la agente me dijo que si quería hacer ese cambio tenía que pagar mil dólares. Mil. Por cambiar un vuelo a Vancouver que está a la vuelta de la esquina. Le dije que lo dejase como estaba… Llamé a mi jefa y se lo conté, me dijo que suerte mañana, que ella por fortuna sí lo había podido cambiar (viajaba con otra compañía).
 
Compuesta y sin novio, decidí ir a trabajar para que me diera un poco el aire, despejarme y ya de paso adelantar cosas y no tener tanto que hacer en el viaje. Para la una estaba de vuelta, llevaba media hora nevando y no me arriesgaba que se pusiera peligroso. Conseguí hacer el check-in online y comprobé aliviada que, de momento, no habían cancelado los vuelos. Una amiga me dijo que otras veces el aeropuerto ha funcionado bien aún con nieve, aunque ha salido en el periódico que hoy han cancelado 157 vuelos. En fin, aún tengo esperanzas de que si consigo llegar a la estación de tren (supongo que será peligroso o imposible ir por carretera al aeropuerto) aún tengo posibilidades realistas de volar. 
 
Y aquí estoy, mirando embobada por la ventana este agridulce espectáculo, sintiendo que con cada centímetro que se acumula, se levanta un muro más alto entre Nueva Zelanda y yo, entre esas aventuras tan soñadas y yo. Sé que llegaré… pero espero que con tiempo de algo más que sólo ir al congreso. Se supone que de madrugada dejará de nevar… espero que hayan activado algún plan de contingencia y puedan limpiar las pistas de los aviones o lo que sea… ay, voy a ver alguna serie para despejarme que mañana, en cualquier caso, será un día largo.
 
9 de febrero, 9 de la mañana
Un espeso manto blanco lo cubre todo. Todo. Miro el estado de las carreteras: normal. Miro el email: el vuelo sigue programado para la hora esperada.
 
Me ducho, me visto, arreglo un poco el piso y pido un Uber. “No hay coches disponibles, su viaje ha caducado”. Uy. Pido un Uber a la estación de tren en vez de al aeropuerto. Lo mismo. Lo intento una última vez mientras miro el panorama por la ventana y desisto.



Dado el estado de las carreteras no les culpo...

 
11.45
Decido ir andando a la estación de tren, son sólo 15 minutos. Cuando salgo a la calle entiendo el porqué de la ausencia de Ubers: no se ve un alma, ni coches ni personas. Bajo las cuestas como puedo, descubriendo que es mejor llevar la maleta por las partes por las que el hielo resbala y andar por la nieve no pisada. Madre mía, lo que hay que hacer por la ciencia. Para que os hagáis una idea, os podéis imaginar la escena de la película Vacaciones en la que Cameron Díaz va arrastrando sus maletas por la nieve. Pues lo mismo pero sin tacones, y sin tanto glamour. 
 
 
Llego a una calle transversal con una marquesina y me paro a descansar un momento. Veo que me ha llegado un email de Air Canadá. No... Sí. Me dan la segunda peor noticia que podían darme: han retrasado mi vuelo una hora y media. No creo que pueda coger la conexión a Auckland con tan poco tiempo... a ver si pudieran reubicarme en un vuelo a LA y coger la conexión que iba a coger mi jefa ayer...
 
Al menos las vistas desde el tren son bonitas
12.30
El agente del mostrador me dice que no me preocupe, que con una hora en Vancouver tengo más que suficiente para cambiar de avión, que no tengo que entrar al país ni nada. Vale. Paso el control de seguridad, entro en una cafetería, pido la comida y: nuevo email “su vuelo ha sido cancelado, no hemos podido reubicarla en otro vuelo, lo sentimos”. Y se quedan tan anchos.
 
Le pido disculpas a la camarera mientras cancelo el pedido y salgo corriendo hacia… ¿Hacia dónde? Miro en un mapa del aeropuerto dónde están los mostradores de las aerolíneas o el servicio de atención al cliente y no aparece. No gracias, no necesito un masaje de cervicales ni una botella de bourbon… bueno a lo mejor sí, pero tengo otras prioridades. Termino encontrando a un trabajador que me dice que tengo que salir y volver al mostrador de facturación. Genial.
 
Media hora de reloj durante la cual la agente, muy concentrada, mira su ordenador, resopla, se quita las gafas, se las pone, cambia de ordenador, le pregunta bajito algo a su compañero y no me dirige la palabra, se me hace eterna. Finalmente me mira: parece que ha conseguido reubicarme en un vuelo a San Francisco. Me pide una descripción de la maleta para que puedan encontrarla y ponerla en el vuelo nuevo (doy gracias a tener un pijama y una muda en la maleta de mano… y a que terminase comprándome una maleta bastante llamativa morada de flores que estaba de oferta).
 
Ya más “tranquila” (en estos momentos no me creo aún que vaya a ser capaz de escapar al Seattle Snowcalipsis 2019) vuelvo al restaurante, como, y me voy a una cafetería a por un Oolong gigante para hidratarme un poco y meterle antioxidantes a mi pobre cuerpo. Y desde aquí os escribo… más noticias desde San Francisco.
 
8 de la tarde
Soletes, lo he conseguido, la nieve dejó paso al sol y despegamos sin problemas. Y desde aquí, desde este lobby de aeropuerto retomo el blog con el firme propósito de volver. Esperemos que sea una metáfora de mi vida, y tras estos meses de frío desierto y mustio los primeros brotes verdes de la primavera se empiecen a abrir paso en mí.


Si todo va bien, en dos semanas podréis leer mis aventuras en Nueva Zelanda. Esto ha sido sólo el principio quién sabe qué aventuras me esperan en mi primer viaje a Oceanía. No lo quiero decir muy alto, pero tengo un buen presentimiento.
 
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