lunes, 15 de mayo de 2017

50. Cuatro en la carretera: segunda parte

Hola Soletes,

Parece mentira que hayamos llegado al post número 50. Muchas gracias por seguir leyéndome y siguiendo mis peripecias. Tal como comenté la semana pasada, estoy de vuelta para desvelaros el misterio que se quedó a medias, si no habéis leído el post anterior os recomiendo que lo hagáis aquí, si no seguramente no os enterareis de nada. Aparte, está mal que yo lo diga, pero las fotos de la cámara de Tristeza son una pasada.

Parte 2: Lobo hombre en Airbnb

7 de marzo, buscando por Internet…

Una cabaña perdida en medio de los bosques de Forks. Paz, tranquilidad, algo bucólico y rustico, es AirBnb, seguro que está genial ¿no? Uy, pone que tiene jacuzzi y parece que desde el techo se pueden ver las estrellas. ¡Ay, qué suerte hemos tenido! Encima está bien de precio. Oh, y pone que al alojarnos ayudamos al dueño a pagar sus gastos médicos y mantener el sueño de su vida de conservar su granja. Ya está, decidido, nos quedamos con esta.

12 de marzo, tras conducir por esos caminos dejados de la mano de Google maps…

¿Será el dueño ese hombre que nos mira? Bueno, no tiene pinta de haber mucha más gente por aquí, vamos a preguntarle. Efectivamente. Nuestro querido anfitrión al que acabamos apodando “Chiwi”, de cariño, nos dijo que cruzásemos el famoso puente de las “ranas cruzando” y aparcásemos enfrente de la cabaña. Aunque era mayor se le veía fuerte, estaba curtido por el sol y llevaba unas gafas de sol medio acopladas bastante curiosas. Me fijé en que llevaba una especie de pulsera de plástico blanca en una de las muñecas, quizás había estado hospitalizado hace poco, el pobre…

Salimos del coche y nos detuvimos en la puerta de lo que, más que una cabaña, parecía una chabola. Toda de latón, uralita y madera, con dos sillas de plástico en el porche y aspecto de estar sin terminar, nuestro futuro alojamiento nos esperaba silencioso. Chiwi nos alcanzó en seguida y nos hizo un “tour” guiado por la mansión. La puerta: corredera, sin cerradura ni posibilidad alguna de bloquearla por dentro. El suelo parcheado con losetas y trozos de moqueta era del todo irregular y tenía bastante… solera. El techo de uralita se intercalaba con vigas de madera y algunas ventanas, las paredes estaban decoradas con troncos y motivos similares y en algunas partes quedaba al descubierto un material aislante rosa que parecía estar llegando desde otra dimensión para hacernos compañía.

Todo glamour
Empezamos por el “salón” con un sofá naranja desvencijado como elemento principal y una colmena en el techo como complemento (sin abejas, por suerte). A la derecha accedimos a lo que sería nuestro dormitorio: una cama “nido” que parecía sacada del atrezo de alguna película de torturas medievales, una cama de aire, de matrimonio, medio desinflada que había vivido mejores tiempos y una salamandra. Con salamandra me refiero a una de esas chimeneas de hierro cerradas cuya salida de humos es un tubo que va a la pared. En ese punto, Chiwi nos explicó que para calentarnos (no olvidemos que era marzo y hacía un frío considerable por las noches) teníamos dos opciones: o bien usar la salamandra o un calentador de propano. Nos explicó que normalmente tenía un extintor al lado de la salamandra “por si acaso” pero que la noche anterior había tenido un “problemilla” y lo había tenido que usar. Así que nos aconsejó que si teníamos algún “problema” que saliéramos afuera y cogiéramos la manguera y que gritásemos para que él viniera a ayudarnos, porque los bomberos hasta allí no llegaban. –Estupendo.- Prefería morirme de frío antes que achicharrada. Tras eso, nos enseñó “su habitación preferida de la casa” que consistía en una especie de agujero entre dos paredes donde, mirando hacia abajo se adivinaba un colchón con unos almohadones… lo más parecido que había visto hasta entonces eran esas noticias con los típicos zulos donde meten a las personas secuestradas. En fin.

Atentos a  las ramas decorativas

La famosa salamandra

La cocina no decepcionó. Los muebles, cada uno de su padre y de su madre, se amontonaban sin ningún tipo de orden lógico y nuestro querido anfitrión nos dijo que nos había dejado algunas sorpresas en la nevera… miedo me daba, si su habitación preferida era un boquete, ¿Qué nos habría dejado? Para terminar, nos enseñó el baño, en el que por supuesto no osamos ducharnos y antes de irnos nos dijo: “y lo mejor es que tenéis total privacidad, no hay nadie en 50 millas a la redonda”. Nadie excepto él, claro, que dormiría en la casa de al lado.

Una vez solas descubrimos tres cosas: 1) había dejado toallas y un bombón (uno, para cuatro huéspedes) con un conejo de pascua, encima de una de las almohadas, 2) la principal sorpresa de la nevera era una cantimplora de plástico gris con la inscripción “vino de la casa” a rotulador, y 3) la colcha de la cama nido medieval estaba llena de pelos de perro blanco, aunque no vimos ningún perro.

El cartel para indicar que el aparcamiento era privado















Decidimos descargar el coche e ir a dar un paseo antes de que se hiciera de noche. Casi nos da un ataque de risa cuando descubrimos que en el lugar para aparcar el coche había un cartel que decía “parking privado”: gracias Chiwi, no vaya a ser que una de esas personas que vive a 50 millas nos deje sin sitio para aparcar. Íbamos riéndonos, comentando lo apañado que era el pobre Chiwi, que intentaba tener todo tipo de detalles, pero los resultados no eran demasiado buenos. En ese punto empezó lo raro, conforme íbamos andando encontramos: un abrevadero (pero no había animales en los alrededores), una cabaña llena de váteres, una cama elástica escondida entre los árboles… y entonces los vimos, semienterrados en el suelo había huesos, muchos huesos. Primero vimos este y nos asustamos en serio: ¿era una pierna humana? 

Prueba A

No tardamos en descubrir decenas de huesos semiocultos entre el césped o la maleza, y esos claramente (por la forma de la mandíbula) eran de animal. Y entonces surgió la idea, medio en broma: ¿y si los había cazado él?, ¿Y si lo había hecho para alimentarse? La noche anterior había sido luna llena… ¿Y si era un hombre lobo y se había transformado? Quizás por eso había tenido el “problemilla” con el extintor. Quizás el zulo que tanto le gustaba era el cuarto que usaba para encerrarse y no dañar a nadie cuando se transformaba. Quizás los carteles de “prohibido cazar” iban dirigidos a protegerse a sí mismo. Y claro… también es humano, así que necesita el dinero para vivir y por eso ha puesto su cabaña en AirBnb. Todo cuadraba. Y entonces nos fijamos en las huellas de “perro” fuera de la cabaña… y nos acordamos de los pelos blancos de la colcha, pelos blancos como los de Chiwi. Sin embargo, no se había visto ni oído a ninguno, qué raro.

Prueba B

Nos dispusimos a cenar algo y a cotorrear un poco divertidas por la historia, (que decidimos tomar medio a broma, quizás para ser capaces de pegar ojo…) y en ese momento fue cuando me asusté de verdad. Empezó a sonar el teléfono, así que me acerqué a cogerlo, pues pensé que quizás Chiwi quisiese comunicarse con nosotras desde la casa principal y fuese alguna especie de línea externa. Llegué a tiempo de ver cómo alguien lo cogía desde otro sitio (la casa, supongo), pero lo que hizo que se me erizara hasta el último pelo del cuerpo fue ver el nombre del emisor de la llamada: la Alianza Norteamericana de Salud Mental. ¿Y si este hombre estaba loco?, ¿Y si se creía que era un hombre lobo y lo llamaban el día después de la luna llena para comprobar que estuviese bien?, ¿Y si los “gastos médicos” que tenía que cubrir eran de salud mental y no física?, ¿Y si la “pulserita” que llevaba era de haberse escapado de un psiquiátrico? No podía hacernos nada, ¿no? Cuatro chicas desapareciendo de golpe sería muy escandaloso… y perdería todos los puntos en AirBnb. No, no nos pasaría nada. O eso esperaba. Y por eso no comenté nada con mis hermanas hasta el día siguiente.

Debido a los grandes ventanales en paredes y techo, dormimos con la sensación de estar en medio del bosque, pero calentitas. Cuando nos despertamos empezamos a recoger, ni desayuno, ni ducha, ni leches, queríamos visitar muchos sitios antes de volver a casa. En ese punto les conté lo del teléfono y me dijeron que todo cuadraba, que además el carisma que Chiwi tenía era bastante peculiar. Quisimos despedirnos de Chiwi pero no lo vimos por allí, así que para no irnos a la francesa le mandé un mensaje dándole las gracias y diciéndole que no le habíamos visto para despedirle. Nos montamos en el coche y deshicimos el camino de tierra. Llevaríamos unos tres kilómetros cuando vimos un bulto, con camisa de cuadros, corriendo en sentido contrario hacia nosotros, corriendo medio agachado (como lo haría un licántropo). No puede ser… ¿es él?, ¿pero de dónde viene?, ¿y cómo ha llegado aquí tan rápido?. Tormenta, que iba conduciendo preguntó si paraba o no. – Para, para, no sea que se enfade…- Abrimos la ventana, nos dijo que había visto el mensaje y había venido corriendo a decirnos adiós… No hacía falta que lo jurara. Nos llamó la atención que ni si quiera había perdido el aliento. Qué hombre… ¿u hombre lobo?. Tras la despedida lo vimos alejarse por el retrovisor, corriendo, de vuelta a casa, a sus setentaymuchos años. En fin.

Ya de camino hacia Forks, donde desayunamos, me dio por buscar su nombre en google porque nunca lo había oído antes y me parecía muy raro. Agarraos: su nombre (el real, no Chiwi) en otro idioma significa “carnívoro” y también hace referencia a un tipo de insecto que chupa la sangre. A lo mejor era su nombre de la manada. Picada por la curiosidad envié una foto de los huesos a un amigo que está estudiando algo relacionado con la antropología forense (que sabe identificar huesos y causas de la muerte, vaya) y me dijo que el hueso era de vaca o de ciervo y que lo raro es que no estaba descompuesto pero le habían arrancado la carne, es decir, que alguien o algo lo había cazado y se lo había comido. Había señales de mordiscos (marcas de dientes) de un cánido: un perro o un lobo. Que lo raro es que no había nada de carne por unas partes pero por otras sí, como si hubiese sido una decisión racional.

Soletes, en este punto sólo puedo repetir lo que ya os dije: a la luz de estos datos, mis hermanas y yo estamos convencidas de que si los hombres lobo existen Chiwi es uno de ellos.

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El resto del día consistió en hacer un poco de turismo a lo Crepúsculo y volver a casa. Forks es un mini pueblo con bares de carretera y merchandising de vampiros. Está curioso para hacerte alguna foto pero poco más.

La reserva india Quileute y la Push son otra historia… qué paisajes más bonitos y mágicos, desde los árboles a los acantilados perdidos en la niebla dignos de la película Avatar. Rubi Beach también es para quitarse el sombrero. No tardamos mucho en irnos: había mucha niebla, hacía frío, y los carteles que decían “ruta de evacuación en caso de tsunami” terminaron de animarnos a salir de allí.





El resto del viaje transcurrió sin incidentes. Excepto uno: llegados a un lugar no había gasolineras, no las había y punto. Comenzamos a buscar cuando aún nos quedaba un cuarto de depósito de gasolina y por fin lo conseguimos casi llegando a Aberdeen, tras un buen trecho en reserva. Fue tal el mal rato de pensar que íbamos a tener que llamar al servicio de asistencia en carretera y que nos recogieran de noche que no atinamos a sacar fotos. Sólo os diré que el contador de la gasolina era una rueda metálica con los números en relieve y que para activarlo había que darle a una manivela.

La verdad es que ha sido un viaje impresionante, ha merecido la pena alquilar el coche y poder parar donde queríamos. Para mí ha supuesto un reto eso de conducir un coche que no es el mío, automático y por esas carreteras del Señor, pero ha merecido la pena el estar todo el tiempo con la boca abierta por los paisajes. De hecho, al final fue fácil: iba más tensa guiando que conduciendo, con acordarte de no pisar el embrague (porque no existe) y de empezar a frenar antes (porque no se puede usar el motor como freno), todo bien. Sigo viéndome como alguien que no es para nada aventurera, a pesar de lo que pueda parecer al leer esto, creo que la prudencia y la planificación son dos de mis virtudes, pero voy trabajando en ello y algunas veces sí que me atrevo y al final lo hago. Y cuando lo hago siempre me alegro, así que creo que lo seguiré haciendo. Y os seguiré informando.

Tras haber salido airosas, pese a todo, de esta extraordinaria experiencia me permito daros cinco “Super consejitos” por si alguna vez se os ocurre hacer algo parecido:
1 Llevad tarjeta de crédito (no de débito)
2 Descargad los mapas con antelación en el móvil
3 Reservad con tiempo para aseguraros de que tendréis sitio
4 Cuidado con AirBnb: mirad bien las fotos y las opiniones. Llevad inhalador si tenéis alergias por si el sitio no está demasiado limpio
5 Empezad a buscar una gasolinera con tiempo o pensad una ruta que las incluya

Quizás fue la luna llena, quizás son los cuervos que graznan junto a mí en la terraza y me hacen sentirme un poco Poe mientras escribo, pero así es como lo recuerdo y así es como lo he relatado. Mañana me voy a un congreso a Pittsburg, Pensilvania. Tengo la sensación de que no será lo suficientemente interesante como para escribir al respecto pero bueno, siendo yo nunca se sabe… Quizás amenice el vuelo de vuelta (de seis horas) escribiendo el siguiente post. En cualquier caso: ¡nos vemos en dos semanas!

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