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domingo, 14 de abril de 2019

74. Nueva Orleans: ciudad de huracanes, paraíso del jazz


Ni un mes después de volver de Australia (podéis leer sobre ello aquí), sobrevuelo las Montañas Rocosas rumbo a Nueva Orleans. Pasaré unos días en un congreso y, si todo va bien, podré visitar sus rincones.

Lo poco que sé de esta ciudad por el momento es lo que leí en cierta novela que no voy a mencionar… pero que me consta que algunos (o más bien algunas) saben de lo que hablo. Me pasó como con Venecia: me enamoré un poco de ella leyendo. Lo que más me atrae de la ciudad es toda esa aura de misterio y cosas sobrenaturales que la envuelven, que tantas novelas de vampiros (como entrevista con el vampiro o la novela en la cual se basa la serie True Blood) se ambienten ahí o en el estado de Luisiana no puede ser casualidad. Tengo curiosidad por la famosa hospitalidad sureña, lo bien que me han hablado de la comida (especialmente los beignets) y por el jazz, oh el jazz... Tengo en mente varios sitios para visitar, especialmente lo relacionado con Louis Armstrong (que nació aquí) y me hace ilusión ver el río Mississippi. Dicho esto, voy a un congreso… así que quién sabe cuánto tiempo para hacer cosas acabaré teniendo. Además, se supone que va a hacer calor y tormenta… en cualquier caso, eso no debería ser un impedimento para la buena música o la buena comida, así que no pinta mal la cosa. El congreso también es muy interesante, así que creo que va a ser una buena semana. 

Por una parte, me da un poco de miedo que me pase como con Australia: que tenga las expectativas muy altas y luego me decepcione… Nueva Orleans está en el top de mi lista de ciudades por visitar en EEUU y casi me quedo sin ello, así que a ver.

Día 1
Y cuando menos te lo esperas, sucede... ha sido amor a primera vista. Imaginad unas calles que bien podrían pertenecer a La Habana o a Buenos Aires, por sus colores, por sus gentes, por su vibrante ambiente… calles donde los locales con artesanía se suceden salteados por clubes de los que sale un jazz celestial, alguna que otra tienda de artículos de brujería o vudú y restaurantes cuyo olor te recuerda a lo que es la comida casera de verdad. El aire de la noche es dulce y la tormenta que amenazaba con caer ha decidido esperarse a mañana y deleitarnos con una primera noche de ensueño.

Terminamos cenando en Palm Court, un restaurante donde creo que éramos las únicas comensales que no peinábamos canas. Un jazz exquisito en directo y unos no menos jugosos manjares:  jambalayacrabfish y una pasta con verduras deliciosa me transportaron a otra época, imaginando cómo sería aquel local hace casi un siglo. Me vi a mí misma preguntando si había buenas Universidades por allí... en un delirio de que quizás no estuviese tan mal quedarse a vivir un curso. En fin, hora de ir a la cama que ha sido un día largo.

Una de las calles donde todo era jazz

Palm Court

Día 2
Una señora tormenta se cierne sobre nosotros… tras tres años en Ciudad Esmeralda donde la lluvia es apenas un chispeo y no hay tormentas, casi había olvidado lo que es sentir retumbar el suelo tras la caída de un rayo no muy lejos de ti y que el cielo se ilumine con un fogonazo. Llueve a raudales, los charcos crecen por minutos y antes de darme cuenta voy por la calle corriendo empapada, evitando chorros literales de agua que cae de los tejados y buscando refugio. No nos afecta, tenemos un objetivo más importante: desayunar beignets en Café du Monde y descubrir el parque Louis Armstrong. La primera parte la cumplimos con matrícula de honor: qué cosa más deliciosa… para que os hagáis una idea: si un churro y un donut pudieran tener un hijo, así es cómo sabrían.

Directas del cielo... eso sí, el "chocolate a la taza" tan poco espeso y empalagoso como todos en este país...

Decidimos seguir explorando pero llovía demasiado para ir al parque… a ver si me da tiempo de ir otro día. Paramos en Marie Laveau’s house of voodoo, un establecimiento muy curioso, dedicado a todo tipo de artículos de santería, donde también vendían libros, muñecos vudú y te leían la mano si querías. El ambiente y la energía de aquel sitio eran cuanto menos curiosos… en teoría es el legado de una de las practicantes de vudú más famosas de la ciudad.

Estaba prohibido tomar fotos dentro, así que esto es lo que hay

 Y tras esas aventuras volvimos al hotel a trabajar un poco y prepararnos para el congreso. Y ya de paso recordar de qué iba el poster que tenía que presentar más tarde.

Día 3
La presentación de mi póster en el congreso fue bien, muchas preguntas interesantes y alguna que otra un poco borde. El diluvio universal siguió cayendo, hasta tal punto que estamos en riesgo de inundación y estaban desviando vuelos por la tormenta… espero que mejore.

Hoy ha sido un día intenso… talleres, conferencias y pósteres de principio a fin: desayunar mientras ves pósteres, comer mientras intentas hacer contactos con un “big name” sueco que tiene los mismos intereses de investigación que tú, cena (picoteo más bien) mientras ves más pósteres y luego una copa (o nada en mi caso) en un hotel bastante lujoso para conocer a los otros miembros internacionales de la sociedad que organizaba el congreso. Total, que unas 14 horas de actividades planeadas de las que decidí tomarme un descanso de 2 en medio (mientras había un taller que no me interesaba) para ir al gimnasio a correr un poco en la elíptica (y así hacer que mi cansancio físico se equiparase un poco al mental), pegarme una ducha y meditar, una de las ventajas de alojarte en el hotel del congreso. Para ello terminé comprando una camiseta conmemorativa de la sociedad de la conferencia: así ayudo a recaudar fondos y he podido entrenar, porque con las prisas me dejé las mías de deporte en Seattle. En el gimnasio, aparte de agua y toallas, tenían auriculares y fruta fresca que podías llevarte. Qué nivel.

En fin, hora de irse a la cama, que mañana me espera otro día intenso… las sesiones acabarán pronto pero luego haré un tour de 2 horas por la ciudad (cruzo los dedos porque no diluvie) y después tengo una cena. Es súper complicado no cebarse aquí… está todo delicioso. Ahora entiendo que haya gente que viaje aquí de vez en cuando sólo para comer. Yo estoy comiendo todo lo sano que puedo, pero aun así: no voy a quedarme sin comer delicatesen únicas.

El bar estaba dentro de otro hotel, muy sencillito

Día 4
Exhausta tras la conferencia y con el culo cuadrado de pasar el día sentada, voy al gimnasio a hacer un poco de elíptica para intentar que la sangre circule un poco. No me ha dado tiempo de comer pero me compro una ensalada... quizás después de todo el equilibrio sea posible mientras viajas. Y digo equilibrio porque la cena que me espera esta noche y el brunch de mañana me van a dar calorías suficientes para sobrevivir hasta verano...

Justo antes de salir, se despeja el cielo como por arte de magia, pero ya se sabe que toda magia tiene un precio y con el buen tiempo vienen 28 grados de temperatura y un sol justiciero. Encuentro a la gente del tour de vampiros, fantasmas y vudú que he contratado y me hacen la típica pregunta: ¿estás sola? Sí. ¿Y? En fin...

La guía no es demasiado buena y se pasa las dos horas quejándose de la cantidad de turistas que hay por todas partes… lo cual me parece irónico porque eso precisamente es lo que le da un puesto de trabajo. En fin, así no está mal del todo y aprendo sobre los orígenes franceses y españoles de la ciudad en el siglo XVIII, hasta que la vendieron a Estados Unidos. Concretamente, el estado entero de Luisiana perteneció a la Corona Española durante 40 años. En el barrio francés los letreros de algunas calles están en francés y otras en español, creando una mezcla curiosa.

La famosa Bourbon street, epicentro de la fiesta y los desfiles

Ejemplo de una de las calles de la época española

Aquí se rodaron algunas escenas de Entrevista con el vampiro

Me encantan las macetas con forma de bola que se veían por diferentes sitios

Atardecer desde Jackson Square, anteriormente conocido como "Plaza de armas"

Al igual que en Seattle, una serie de incendios arrasó la ciudad completa, de modo que, al reconstruir la ciudad, hicieron casas de ladrillo estilo español para evitar los fuegos que tan fácilmente se propagaban en las casas de eucalipto francés. Una de las leyendas cuenta que la noche del fuego era viernes de pascua y que los monjes de la catedral habían hecho voto de silencio. Como parte del voto de silencio, no tocarían las campanas y para evitar que sonaran por accidente debido al viento, las habían envuelto en unas telas. Cuando comenzó el incendio, fueron a la catedral para pedir que tocaran las campanas para dar aviso… pero no fueron capaz de hacerlo hasta 5 horas después. Para entonces, toda la ciudad, excepto dos casas, había ardido y unas mil personas murieron mientras dormían... Hasta la catedral terminó ardiendo. Dicen que, desde entonces, se escuchan las campanas de la catedral cada viernes de pascua, aunque nadie las esté tocando.

En el tour nos cuentan otras historias, algunas horrorosas como la de Lalaurie house (sobre torturas a esclavos), que me hacen entender por qué hay tantas historias de fantasmas aquí y allá (incluyendo, por supuesto, el paso del huracán Katrina). Por ejemplo, se dice que Lafitte's Blacksmith Shop, situado en la famosa Bourbon Street es el bar que ha estado abierto durante más años en EEUU, ya que durante la ley seca lo hacían pasar por una herrería. Dicen que el lugar en sí está encantado y que a los fantasmas les encanta jugar con la electricidad, motivo por el cual sólo tienen luz eléctrica sobre la caja, el baño de señoras y una nevera, el resto está iluminado con velas, contribuyendo a aumentar el aspecto fantasmagórico del lugar.

Ay, Soletes, mientras escribía algunas notas sobre esto para acordarme de desarrollarlo más tarde, no me he dado cuenta de que estaba sola en Jackson Square (originalmente conocida como “Plaza de Armas”) hasta que un guarda se me ha acercado y me ha dicho “Madam, el parque está cerrado”. Le he pedido perdón y le he dicho que ya me iba y al mirar hacia las puertas he visto que estaban todas cerradas con cadenas y candado, ¿cuándo ha pasado eso? Ni idea. Por suerte mi amigo guardia me abrió muy amablemente… ya me estaba imaginando a mis amigas, que me esperaban para cenar, alimentándome por la verja como a las palomas.

No eran más que las 7, así que di una pequeña vuelta y mientras esperaba vi una boda en directo. Aparte de eso, en ese mismo día, pude ver como tres desfiles fiesteros por boda. Primero un par de motos de policía para cortar el tráfico, luego los novios, damas de honor, resto de invitados y una banda de música con trombones al final. Me ha parecido genial, me han entrado ganas de casarme nada más que para poder hacer eso.

La cena en la galería, con vistas a la plaza es inmejorable. De primero pido gambas cristal y de segundo pruebo por fin el gumbo. Maravilloso todo.


El famoso gumbo. Sabe mucho mejor de lo que parece, si te gusta el marisco

La ciudad entera me transmite una extraña sensación de familiaridad, no es que me recuerde a casa como me pasó con California, para nada, soy plenamente consciente de que estoy lejos, muy lejos… Aun así, algo me atrae a este sitio hasta el punto en que te hormiguean las manos, es una sensación difícil de explicar. Me hubiese encantado vivir aquí en los años 20... creo que ya que nunca podré (aunque, bien pensado, el año que viene comienzan los años 20 de nuevo y, quién sabe) puede que sí que lo haga con la imaginación y que termine empezando mi novela ambientada en esa época y en este lugar.

Día 5
Me da pena decir adiós. Aunque el cielo está encapotado aún tengo la oportunidad de pasear una vez más por estas calles, deleitarme mirando las antiguas barandillas adornadas con macetas colgantes y los candiles que mantienen su llama con gas, en sustitución de las farolas con bombillas a las que estamos acostumbrados.

Arnaud´s, el sitio donde hacemos el brunch, también parece sacado de una película. Más que un restaurante, parece un salón de baile: techos altos de los que penden candelabros, cuadros de ilustres antepasados, suelos de teselas blancas y negras y pesadas cortinas de terciopelo. La comida es, de nuevo, deliciosa. De entrante pido gambas remoulade y de segundo, tarta salada de cangrejo y queso, lo más bueno que he probado en mucho tiempo.





 Una de las atracciones del brunch es que tienen una banda de jazz tocando en directo. Me sorprende que, al igual que la primera noche, uno de los instrumentos que tocan es un banjo. Es algo que, a priori, no me habría pegado para nada pero que tal y como lo integraban, resultaba lo más normal del mundo.

Para bajar la comida, voy a dar un paseo y tachar de la lista lo que se me había quedado pendiente. El parque Louis Armstrong es pequeño, aunque tiene cierto encanto, con una estatua dedicada al músico y un pequeño río con puentes.




Mi última parada antes de partir hacia el aeropuerto es el río Mississippi. Quería ir en persona. Sus aguas son opacas... como con barro, aunque puede que eso sea consecuencia de la tormenta de los días anteriores. No me ha impresionado mucho, aunque sí que puedo decir que es enorme.



Y así, queridos Soletes, es como acaba la historia de la primera vez que pisé esta mágica y misteriosa ciudad, todo un placer para los sentidos. Sin duda ha pasado a encabezar mi lista personal de “sitios para volver”. Aunque, quién sabe cuándo será. Lo que tampoco sé es cuándo volveré a escribir. Viajo a casa en dos semanas y no sé si habrá algo digno de contar hasta entonces, así que seguramente: nos vemos a la vuelta.

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domingo, 24 de febrero de 2019

72. Allí abajo. Parte 1: Nueva Zelanda


Los habitantes de Australia y Nueva Zelanda llaman a esa zona “down under”, algo así como “allí abajo”. Por fin estoy volando hacia Auckland, por el camino cruzaremos la línea del cambio de fecha (cosa que no sabía que existía) y serán dos días más al llegar. Se me va a hacer raro vivir en el futuro. Al haberme reubicado en este vuelo tengo que conformarme con el asiento de en medio, aun así las 14 horas de viaje no son tan horribles. Hay una cosa que me impresiona: la mujer de al lado no se levanta en todo el vuelo, ni si quiera a hacer pis. Es casi un súper poder… si fuera un superhéroe podría llamarse Retento.
 
Tengo la sensación de que se me olvida algo importante. Supongo que es normal después de todas las cosas que han pasado hoy... todo el estrés, el correr, el tener que tomar decisiones rápido y vencer la adversidad (podéis leer el post anterior aquí). Si algo me ha enseñado la aventura de hoy es a no desistir, a que con paciencia y manteniendo la calma se pueden buscar opciones. Pues eso es lo que quiero aplicar al viaje.
 
Día 1
Llego bien, pero mi maleta no… está perdida. Supongo que con los 150 vuelos cancelados el aeropuerto de Seattle sería un maremágnum de equipajes perdidos. Me alegro de haber comprado una maleta bastante llamativa: morada con flores (lo cual evita infartos en la cinta de equipajes y es útil para que la localicen en situaciones así). En fin, si no me llega mañana a ver qué me pongo para el congreso al que voy a asistir, motivo principal de mi viaje.
 
Un ilustre amigo me recibe en el aeropuerto y me recuerda las experiencias increíbles que estoy por vivir.
 
"Kia ora" es lo que más escucho desde que llego. Se traduce cómo “Hola” pero significa "espero que tengas salud". Las lenguas oficiales en Nueva Zelanda son el maorí, el inglés y la lengua de signos y en la TV las usan todas. Hace un calor impresionante, soy la única que va por la calle en manga larga pero no tengo más opción. Tras coger un bus y vivir otra pequeña aventura hasta localizar a mi anfitrión de AirBnB al fin llego al piso. Es desastroso, huele a pescado frito y el baño está sucio. Al menos parece que han cambiado las sábanas... con lo cansada que estoy me dará igual dormir ahí. Entre eso y que no tengo champú ni nada, acabo yendo al hotel de mi jefa a ducharme.
 
De ahí nos dirigimos a Waiheke, una isla famosa por sus playas y sus viñedos a la que se puede llegar en ferry. Al principio me asusté un poco: el bus que te llevaba de una parte a otra, me recordaba a los icónicos autobuses londinenses de dos pisos. No había caído en que en Nueva Zelanda y Australia se conduce por la izquierda y entre eso y que el techo del bus se iba pegando golpes con la mitad de los árboles, yo iba “frenando” (haciendo el gesto con el pie) sin querer cada dos por tres pensando que nos la pegábamos. Quitando eso, la isla fue genial para ayudarme a vencer el jet-lag: aire fresco, una playa de 2 km preciosa que recorrimos entera y un viñedo mágico (con unos vinos excelentes) desde el cual vimos el atardecer con el perfil de la ciudad de fondo. El día terminó teniendo que correr por una jungla cuesta abajo porque el último bus había pasado y se nos iba el ferry… llegamos a tiempo porque dos mujeres nos señalaron un “atajo” y decidimos hacerles caso.
 



 
Día 2
Abro un ojo y un dolor de cabeza martilleante me despierta. Son las seis de la mañana y más vale que me active pronto porque el bus me recoge en media hora. Aunque tengo un sueño inmenso no me importa: teniendo un solo día completo libre, contratar un tour era la única manera que tenía de visitar todo lo que quería, y más estando tan lejos unas cosas de otras. Una vez en mi asiento, cierro los ojos y cuando los abro han pasado dos horas y estamos llegando a La Comarca.
 
Hobbiton
El ambiente es muy pacífico y bucólico, hay cientos de vacas por todas partes (por lo viso en el país hay más vacas que personas). El set de rodaje es impresionante y está muy bien cuidado, merece la pena y te dejan sacar todas las fotos que quieras. Eso sí: si vais no os hagáis muchas ilusiones que son todo exteriores. Se puede “entrar” en una de las casas, pero por dentro son estructuras de cemento. Hay 44 casas en total, todas con detalles diferentes. Nos llovió, pero creo que eso terminó de darle un aire más auténtico. Si queréis más información esta es su web oficial: https://www.hobbitontours.com/en/
 
Durante el tour nos contaron un montón de curiosidades, como que una de las escenas del final de El Señor de los anillos, en la que Sam se reúne con su hija, se rodó con la verdadera hija del actor, que llevaba meses sin ver a su padre y esa fue su reacción espontánea. O que para El Hobbit el árbol que sale del tejado de la casa de Bilbo lo construyeron de forma artificial porque tenía que aparentar ser mucho más joven que el árbol que aparece en ESDLA, ya que la historia ocurre muchos años antes.
 
Lo que sí era de verdad es la posada de El Dragón Verde. Hemos acabado la visita tomando una sidra allí, a las 11 de la mañana. Me iba a haber pedido algo sin alcohol pero he caído en la cuenta de que a lo mejor era la única oportunidad que tenía de probar la sidra de Nueva Zelanda... No me he arrepentido. Me he tomado media y listo, que si no iba a terminar KO. Creo que habría sido un buen hobbit (y no sólo por la altura), a simple vista parece que no doy para mucho y me encanta estar en mi casa tranquilita… pero en el fondo soy como ellos respecto a las aventuras.
 




 
Rotorua
Me vuelvo a quedar frita y cuando me despierto estamos en Rotorua. Vamos a un parque que se llama Te Puia, en él se encuentra Pohutu, el geiser más grande del hemisferio sur. Todo huele a huevo podrido y parece que estemos en un planeta extraño. De propina, puedo ver un kiwi durmiendo… son adorables, entran directos en la lista de mis animales preferidos. Allí hacemos la parada para comer, tienen un bufete de comida delicioso con especialidades nacionales como la pavlova (una tarta de un merengue muy ligero con frutas) o comida cocinada de forma tradicional: enterrándola todo en un horno que está en el suelo, aprovechando la energía geotérmica. Pruebo la patata neozelandesa, que es un poco dulce, la calabaza y el cordero de allí: muy recomendables. También hay actividades sobre la cultura Maorí, pero no nos da tiempo de hacerlas. Aquí su web para más información: https://tepuia.com 
 

 
Waitomo Caves
Me vuelvo a echar una siesta de dos horas y cuando despierto estamos en las cuevas Waitomo, el lugar donde viven los “glow worms”. Sí, definitivamente ha sido mejor idea contratar un tour que alquilar un coche e intentar conducir por la izquierda con ese nivel de cansancio, total, he hecho todo el viaje frita, así que no se me ha hecho nada pesado. Me he quedado sin habla. Ver a los gusanos era lo que más ilusión me hacía y ha estado a la altura. Por si vais: http://www.waitomo.com
 
El recorrido se hace prácticamente a oscuras, incluyendo bajar por escaleras, pero lo tienen tan bien montado que no se la ha pegado nadie. Creía que los "glow worms" (gusanos brillantes) eran lo mismo que las luciérnagas pero no. Por lo visto sólo existen en Australia y Nueva Zelanda. Viven en cuevas durante unos nueve meses y se alimentan de moscas e insectos. La forma que tienen de cazarlos es atraerlos con su luz y que se queden pegados a una especie de cuerda pegajosa que dejan colgando al final de su cuerpo. La verdad es que es bastante inteligente.
 
En la última parte del recorrido nos montamos en una barca y paseamos un rato por un lago. Fue uno de esos momentos mágicos, ese darme cuenta de que estoy justo aquí, haciendo esto, en parte gracias a algunos esfuerzos que he realizado y siento que de alguna manera el universo me recompensa con esta imagen que dejó sin habla a mi grupo entero. No hay fotos porque no lo permitían, ya que los bichitos brillan solo si están en la más absoluta oscuridad, pero aquí tenéis unas de Internet para que os hagáis una idea. 
 

Los paisajes de aquí me recuerdan bastante a los campos de mi tierra, las casas de las afueras a las del Washington profundo, las praderas podrían pertenecer a Inglaterra y las islas, con esos pinos cerca del agua y esos olivos, podrían ser cualquier parte del Mediterráneo. Me pregunto si una vez que has viajado a un determinado número de sitios, todo lo que veas te va a recordar necesariamente a algo... no sé muy bien qué esperaba encontrarme aquí... ciertamente creo que algo más exótico, pero no deja de ser un país que podría encontrarse en Europa.
 
8.30pm
Ya estoy en el hotel. He tardado más porque al conductor no le habían dicho que me tenía que dejar en otro sitio y me ha dejado donde me recogió... De camino intento encontrar alguna tienda abierta para comprar ropa porque no me fío, pero no tengo suerte: todo cierra a las 7, sin excepciones. Cuando llego compruebo que no ha llegado mi maleta... y cuando me miro en el espejo compruebo que me he quemado la cara. Genial. Llamo a los de la maleta del aeropuerto y cerraron hace una hora... por Internet me pone que están buscándola y aún no está localizada. Estupendo.
 
Decido ducharme y que mañana sea otro día. A primera hora iré a comprar ropa decente y luego iré al congreso. Me voy a perder la ceremonia de apertura, pero creo que es mi única opción... Mientras seco a la vez la ropa interior que acabo de lavar con champú y mi pelo, me lo desenredo como puedo sin cepillo ni suavizante, y pienso que sí que se está cumpliendo mi predicción sobre probar mis límites... Nada como perder algo básico para darnos cuenta de los lujos que tenemos.

Día 3
Me siento en mi salsa en el congreso. Entiendo todo de lo que hablan, aunque no sea exactamente de mi tema. He conectado con investigadores que no conocía y reconectado con algunos que conocí hace bastante. Incluso he conocido en persona al director del grupo de Irlanda con el que me entrevisté hace dos años para un posible trabajo... y se acordaba de mí. Pero ay, vaya inicio de día... me tiré media hora al teléfono con los del aeropuerto, porque por Internet seguía poniendo que estaban aún buscando mi maleta. El agente me dijo que en teoría estaba al llegar en un vuelo. En fin. Salí pitando al H&M y una vez allí arrasé con la tienda. Con lo poco que me gusta ir de compras estoy orgullosa de haber encontrado en menos de media hora unos pantalones arreglados, dos blusas, una camiseta básica para debajo, calcetines, braguitas y unas sandalias. Espero que me lo pague la aerolínea... sudando por el sol que ya empezaba a apretar y por la cuesta arriba llegue al hotel, me cambié corriendo y me dirigí a la conferencia. Me había perdido la ceremonia de apertura (y el Haka que tanta ilusión me hacía ver) pero al menos estaba presentable.

Tras un día largo e intenso regresé a mi hotel para comprobar con gran alegría que mi maleta me esperaba en recepción. Como dice el dicho: "Lo imposible sólo tarda un poco más". Ahora a la cama, que mañana empieza el jaleo temprano y me levanto a las 6.30 para ir a un desayuno de trabajo.

Día 4
Pensaba que ni siquiera iba a escribir sobre este día… he presentado mi poster pero tampoco ha habido más cosas relevantes: he cogido un par de ideas, conocido un par de personas interesantes (entre ellas el que dirige el grupo de investigación que voy a visitar en Sídney) y poco más. Pero entonces, la dosis diaria de “este es el viaje de la frustración” ha hecho su aparición.

Hoy ha sido la cena de gala, cena a la que no he ido porque: 1) era carísima y me van a venir un montón de gastos ahora con el viaje, 2) pensaba que no iba a ir mucha gente (normalmente van los catedráticos y son un rollo burocrático) y 3) no tenía ni idea de lo que iba a pasar… Así que nada, me he ido a mi hotel y me he puesto a preparar una presentación de 3 minutos sobre mi póster que tengo mañana. En esas estaba cuando recibo un wasap de un chico español que he conocido: “Tengo una buena noticia, te han concedido el premio al mejor póster, ¡enhorabuena!”. ¿Qué?, ¿A mí? No es mi mejor trabajo… a ver, ha quedado bonito y hay mucho esfuerzo detrás, pero los datos presentados son preliminares. Le pregunto: pero, ¿lo han dicho ahí en la cena? - Sí, han dicho tu nombre y te hemos aplaudido… pero no estabas.

La madre que los parió… ¿Cómo se les ocurre hacer una entrega de premios en un evento opcional?, ¿En un evento en el que hay que pagar por ir? En realidad son lo de menos, me quedo con el reconocimiento, con que cuenta para el currículum y con que parte del premio consiste en que me pagan la inscripción al congreso del año que viene (que no es barata) y la afiliación durante un año. Pero jo, nunca antes había ganado el premio al mejor póster y me hacía ilusión, porque además no es como las ayudas de viaje, que suelen dar varias… En fin, que si me hubiesen avisado antes hubiese ido seguro. Pero bueno, no se puede volver el tiempo atrás. Desde luego me alegro mucho de la noticia, aunque ahora sienta más presión ante la presentación de mañana: espero estar a la altura.

Día 5
Pregunto por el certificado del póster y tras rebotar como una pelota de ping pong de una persona a otra, me dice una mujer, entre risas, que no tiene el certificado... que se lo dejaron anoche en la cena "porque estábamos un poco... ya sabes, jajaja". Cara de póker. ¿Me estaba diciendo tan pancha que se habían emborrachado y se lo habían dejado por ahí? Vale. 

Total, que le dije que como no sabía que los premios eran en la cena pues no fui... y me contesta: "Ay, por eso hay que ir siempre a las cenas del Congreso jajaja, bueno, no te preocupes...". ¿Que no me preocupe? ¿Encima? ¿Mucho rollo con la inclusión y la accesibilidad para todos y das los premios en un evento opcional por el cual tienes que pagar 100 dólares? O sea: o tienes pasta o te quedas sin aplausos. En fin.

Hice mi presentación sin mucho público, cogí algunas ideas bastante interesantes, descansé un poco en el hotel y terminé yendo a cenar con algunos españoles y el hombre irlandés con el que me entrevisté hace ya dos años.  Probé una comida asiática deliciosa... y ya me cuesta decir eso acostumbrada a Seattle. También probé la sidra de pera neozelandesa, muy rica. Terminamos tomándonos una copa en un pub irlandés con música en directo muy chulo. Iba a haberme ido, pero todos se alojaban cerca de mí y me pareció más seguro esperar a volver con ellos. Me invitaron a todo: a todo. Qué vergüenza... no sé cómo lo hago que siempre acaba pasando eso. En fin, no voy a quejarme que a partir de ahora nadie me va a invitar a nada.

Día 6
Pues esto ha sido todo en Auckland. No me esperaba Nueva Zelanda para nada así... Me la imaginaba mucho más exótica, más "isleña" pero ha sido muy anglosajona... como ya comentaba podría ser cualquier país. Hay mucho ganado, prados verdes, casas de madera con tejados a dos aguas... y sí, hay palmeras y hace buen tiempo, pero eso es todo. Es bonito, no me malinterpretéis. Lo del hobbit estuvo muy chulo, lo de los gusanos fue mágico y la visita a la isla muy relajante y completa. Pero no es un sitio con el que me vaya a quedar con pena si no vuelvo nunca...

Voy ahora en el bus al aeropuerto... salí hace ya más de una hora, por lo que deberíamos estar llegando. Espero que 2.15 sean suficientes para facturar y desayunar... porque voy sin nada en el cuerpo. Las últimas diferencias culturales se hacen patentes antes de despegar: una papelera en la que pone “prohibido escupir, utiliza el cuarto de baño” y las instrucciones de seguridad del avión rapeadas. Desde luego, Nueva Zelanda es única.

En el avión
No me lo puedo creer… he reservado el hotel desde mañana. O sea, con esto de que aquí es un día más sí que me parece factible haberme hecho un lio. Voy a intentar que me den una noche más, pero siendo temporada alta y en una ciudad grande veremos a ver. De verdad que lo que no me pase en este viaje… Voy a ir hasta el hotel y preguntar si tienen habitaciones libres para esta noche y si pueden ampliar mi estancia un día. Si no, pues les preguntaré si tienen wifi o si saben de algún hostal en el que pueda quedarme una noche y si me pueden guardar la maleta hoy. En fin Soletes, la aventura continúa… y en dos semanas volveré para contárosla.

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martes, 25 de septiembre de 2018

70. Cóctel de verano: roadtrips, langostas y casinos

Hola Soletes,
 
Dorothy la descastada vuelve para contaros más aventuras. Me resisto a que llegue el otoño. No quiero. Eso significa que ha pasado mi cumpleaños, que las horas de luz se van a reducir a velocidad de vértigo y que la gran nube gris está a punto de cernirse sobre Seattle y quedarse allí al menos hasta mayo. No sé por qué, pero siempre me pongo triste en estas fechas… luego cuando empiece a ver los naranjas preciosos de los árboles, oler a pumpkin spice, ver actividades de Halloween y demás se me pasa. Pero no estoy preparada, todavía no. Así que voy a huir, me voy a casa una semanita (a los de aquí les parece muchísimo, pero os aseguro que entre los días de viaje y los que me quedo tonta con el jet-lag se queda todo en nada). Será una semana cargada de eventos (cosas académicas y cosas personales, como la boda de una gran amiga) y seguro que se pasa en un suspiro… 
 
Escribo esta vez desde mi azotea donde las manos, que me tiemblan por el frío, amenazan con hacerme volver pronto a mi apartamento. El sol aún no se ha puesto, pero se esconde juguetón detrás de una nube, haciendo que el viento frío parezca aún más helado. Las sirenas de la policía y los bomberos suenan a todo volumen y yo no puedo evitar pensar en las cosas que echaré de menos cuando me vaya… y en las que no echaré de menos en absoluto. 
 
Tengo este año una agenda de posibles viajes bastante interesantes que desvelaré cuando se confirmen, así que antes de que la vorágine de los aeropuertos y las maletas me consuma voy a parar a contaros un poco qué ha sido de mi verano. La verdad es que no ha estado mal para haber cogido solamente un día de vacaciones. Aquí os dejo este pequeño cóctel de experiencias, para hacerle un funeral irlandés a mi querido estío y beber a su salud. Es larguito y lleva muchas fotos, para compensar mi silencio.
 
1. Vacaciones en familia
A principios de agosto mis padres (Enrique y Emma en el blog) y mis hermanas (Tormenta y Wonder Woman) vinieron a visitarme. Fue un hecho bastante insólito, ya que Tormenta está actualmente haciendo su residencia en medicina y no es nada fácil elegir los días de vacaciones. No estábamos los 5 juntos desde 2015, por lo que fueron unos días muy especiales. Mi pequeño estudio parecía una habitación de un campamento de verano: toallas, maletas, ropa, bolsas de aseo, comida… se amontonaban por todas partes. Quizás fueron las ganas de estar todos juntos, pero milagrosamente no hubo problemas por compartir un cuarto de baño entre los cinco.
 
Además de conocer sitios nuevos de Ciudad Esmeralda, el primer fin de semana fuimos de viaje a la Península de Olympic. El viaje no fue ni remotamente parecido al que viví con mis hermanas en marzo del año pasado, tanto por el clima como por las aventuras. Paramos en playas preciosas e hicimos las paradas obligadas de Crepúsculo. Esta parte de Estados Unidos no deja de enamorarme... Aquí os dejo unas fotos que, como siempre, no hacen justicia a la realidad.
 
Creo que era el Lago Crescent
En la linde con la reserva Quileute, se ve que los pobres sacan dinero con el turismo...

Se lo curran, la verdad

Panorámica de La Push

Uno de los árboles "peludos" del Hoh rainforest

Ruby beach
El segundo fin de semana nos dirigimos a Vancouver. Sé que tengo pendiente escribir un post en condiciones sobre la ciudad, he estado cuatro veces y parece que la quiero toda para mí… prometo escribir algún post en el futuro cuando el frío del invierno me haga quedarme quietecita, retomando las notas antiguas de los otros viajes. Sólo diré que nos encantó, que anduvimos más que Kung Fu (toma referencia ochentera) y que pienso volver. Aquí unas fotitos también.
 
Desde la ventana del tren, es uno de los trayectos más bonitos que he recorrido... parece que vas en barco
Tras hacer senderismo en Deep Cove, un pueblecito cerca de Vancouver

2. La mariscada
A principios de septiembre tuvo lugar el Congreso Mundial de Dolor, cita obligada para todos los investigadores de mi área (si te lo puedes permitir, claro). A mí personalmente no suele gustarme mucho porque es enorme (miles de asistentes), casi nunca veo a nadie conocido y suele haber muy poco contenido de pediatría o psicología. Este año ha sido genial. He de decir que también ha sido el más intenso… no paré ni un momento y ahora mi cuerpo lo está pagando, pero bueno, no me arrepiento de haberle sacado jugo.
 
Pude ver a mucha gente que no veía desde hacía años, asistir a conferencias de las que coger ideas, reconectar con mi director de tesis y “tomar posesión” de una especie de cargo de representante de estudiantes que ahora ocupo en un consorcio que se dedica a promover el estudio y tratamiento del dolor en niños. 
 
Aparte de eso, la idea era conocer la ciudad. El congreso de este año tuvo lugar en Boston. Si tengo que ser sincera, lo único que conocía de la ciudad antes de ir (aparte de que le da título a una película) es que es la casa de los Red Socks (equipo de baseball), que Harvard se encuentra allí y que dicen que la langosta es muy buena. Si continúo con la sinceridad, me he ido casi como vine… pero no me arrepiento.
 
La parte que pude ver era bastante industrial, no me llamó mucho la atención
El paseo marítimo sí que era bonito
Una de las primeras noches fuimos al que creo que es el sitio más recomendado para comer langosta: The Barking Crab (algo así como “el cangrejo ladrador” podéis cotillearlo aquí), un chiringuito de apariencia circense cuyas mesas daban directas a la bahía. Tenazas, baberos, cervezas en vaso de plástico y un rollo de cocina para limpiarte las manos: sí, parecía que era de los auténticos. El “circo” se transformó en el “circo de los horrores” cuando la camarera trajo la cuenta: 480 dólares (contando con la propina) a pagar entre seis, y eso que habíamos ido a media langosta por cabeza. Y entonces pasó algo inesperado; los comensales éramos: mi querida Bárbara, un amigo del laboratorio donde hice la tesis al que llamaremos Wade, porque tiene más peligro que su alter-ego (Deadpool), yo y tres anestesiólogos (dos de mi hospital y un amigo de ellos). Bueno pues se empeñaron en pagar… yo no sabía qué era peor, si el sablazo o la sensación de deberles mi alma para toda la eternidad. Al final decidimos dejarles (cobran como el cuádruple que yo, para ser justos) y hacer la artimaña que fuese para invitarles al postre. 

Atención al cartel (dice que se van a pasar por el forro cualquier petición de bajar la música, que no es una biblioteca ni el salón de tu casa), ah y me hizo gracia también que las luces están puestas en jaulas cangrejeras.

Caminamos hacia “la pequeña Italia” un barrio repleto de restaurantes y terminamos comiendo canolis en el sitio que aparentemente era más típico. Después de eso alguien sugirió “¿Y si vamos a un bar de puros?” No sabía qué narices era eso… con la ley antitabaco pensaba que no se podía fumar en ningún sitio, pero parece que era un club tradicional y que también era típico de allí. Aunque estaba realmente cansada (la noche anterior hubo varios “eventos” y me acosté a las tantas), decidí ir, al fin y al cabo, siempre podría volver a Boston yo sola y hacer las típicas cosas turísticas… pero ¿ir a un sitio oscuro y escondido a fumar puros? Era ahora o nunca. Al final no los fumé, sólo los probé (qué horror de olor y de sabor, con perdón de a quién le gusten) y acabé compartiendo una cachimba de cereza con Wade. Fue una noche muy chula, no sé si era la poca iluminación, lo peculiar del sitio, verlos a todos tan relajados y fuera de su ambiente o que me sentía como la oruga de Alicia en el país de las maravillas, pero se creó una de esas distorsiones que a veces se producen en el tiempo donde todo fluye de una manera extraña… como si las reglas de la sociedad, del mundo en general no se aplicasen allí. Tuvieron que encender las luces para que nos fuéramos. 
 
Esa era yo, básicamente
Aquí una foto medio censurada para que podáis ver el ambiente sin ver a mis compis

El último día tuve que tomar otra decisión: ir por Boston a hacer una ruta turística gratuita que me habían recomendado (os la dejo aquí por si vais y os interesa) o ir al MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) a ver un laboratorio de ingeniería aeroespacial en el que trabajaba un amigo de un amigo de Wade. Mi parte friki me obligó a elegir esa opción y, por supuesto, no se vio nada decepcionada. La ciencia del mundo de los cohetes no es para nada como me la imaginaba… tras ver alguna que otra película ambientada en la NASA me imaginaba hangares enormes y túneles de viento colosales, andamios por todas partes y al FBI haciéndote mil preguntas para decidir si podías entrar (¿demasiados capítulos de Expediente X?, puede ser). Hasta pude sacar fotos (paciencia, ahora vienen). El chico que trabajaba allí abrió las puertas con un simple código y allá que nos metimos. Visitamos varias salas, pero lo que más me llamó la atención es que casi todo ocurre en miniatura. Aparentemente es carísimo mandar satélites al espacio con toda suerte de aparatos y cachivaches, así que la nueva tendencia es construir mini satélites que puedan lanzar de forma individual, de manera que si algo falla no se pierda todo, sino una pequeña parte (ahorrando así recursos y dinero). En resumen: que donde esperaba ver macro estructuras vi nanotecnología y, sinceramente, me pareció casi más impresionante. También me alegró saber que hay muchos españoles allí y que están desarrollando líneas de investigación que son únicas en el mundo. A veces nos venden que en el ámbito científico estamos atrasados y no tenemos potencial, pero doy fe de que no es así. En resumen, Soletes: que me encantó mi tiempo en Boston, pero no sabría qué recomendaros si me preguntáis acerca de sus cosas típicas.
 
Me recordó al taller de tecnología de mi colegio más que al escenario de ciencia ficción que tenía en mi cabeza

Aunque me pareció salido de alguna película futurista de los 70, tipo Barbarella, resulta que es una réplica de los satélites que se mandan ahora, con sus paneles solares y todo

Pues ahí va parte de la magia: resulta que en cada agujero de los cuadrados esos pequeñitos pasan mil cosas que ayudan a que el satélite apunte a donde tiene que apuntar (no entro en detalles que al final doy una clase).

Otra de las cosas que me impresionó: máquina enorme (única en el mundo) que sirve para recrear en su interior las condiciones de vacío e ingravidez del espacio

Y aquí el postre: de pronto en el campus te encuentras esto que parece salido de una peli de Tim Burton. Es una creación de Frank Gehry, el mismo que diseñó el Guggenheim de Bilbao o el MoPOP de Seattle
3. El casino
Irse, volver… es un concepto curioso. Cuando has pasado tanto tiempo fuera de tu ciudad sabes que cuando vuelvas serás casi una extraña, que habrás cambiado tanto que tendrás que hacerte un sitio de nuevo. Aun así es tu norte, la estrella polar que te guía cuando las sombras se ciernen sobre Ciudad Esmeralda y no todo es de colores a este lado del arcoíris, el lugar que guarda a tus personas importantes. ¿Volver?, por supuesto. ¿Cuándo? No lo sé… 
 
Me queda más de un año por aquí, pero en mi área profesional tienes que tomar decisiones con mucho, mucho tiempo de antelación. Así que así me encuentro al terminar el verano. A veces parece como si estuvieras jugando a algún juego de azar: compras más papeletas cuanto más duro trabajas, cuantos más contactos haces, cuantos más miedos te quitas y te atreves a pedir becas, y proyectos, y presentarte a la “gente importante” aun sabiendo que el rechazo te puede caer en cascada, a irte lejos, a saltar sin red. Aun así: si no juegas no ganas… pero hay que saber a qué se quiere jugar: ¿Lo apostamos todo al rojo? ¿O seguimos jugando un poco más a ver si no se acaba la buena mano?
 
Estaréis pensando que qué narices tiene que ver esto con lo que yo hago. Pues bien, hace poco salieron unas plazas de profesor de universidad, si lo comparo con lo que tengo aquí sería algo bastante mediocre (un sueldo normalito por acabar enseñando los créditos de sobra que nadie quiere, por ser “la nueva”, con apenas tiempo y sin fondos para investigar, que es mi principal interés). Esa sería mi definición de “todo al rojo”, algo que con mi curriculum no es descabellado que consiga, pero que desde luego no me fui para acabar haciendo eso… Mi primera opción es pedir una beca muy prestigiosa, que si consigo me daría un sueldo decente y algo de presupuesto para investigar (y la seguridad de que la docencia, que me encanta, ojo, no se va a comer todo mi tiempo). El problema: que dicha beca sólo tiene un 10% de éxito, es decir, que lo más seguro es que me coma los mocos cuando la pida… entonces, ¿qué es lo mejor? Que me den la primera opción y acabar en un puesto que no me gusta pero al menos “es un trabajo” o ser tan pretenciosa como para no pedirla esperando conseguir mi plan A y arriesgarme a quedarme sin nada… Al final no he tenido que decidir: por una cuestión burocrática no puedo apostarlo “todo al rojo”, así que si no sale mi plan A tendré que recurrir a la creatividad… o considerar quedarme aquí un año más.
 
En fin, Soletes, que hago lo posible porque mi tolerancia ante la incertidumbre vaya mejorando, y confío en que comprando “papeletas” y no cerrándome a opciones algo bueno acabará por salir. Es duro cuando la recompensa no se equipara al esfuerzo, pero creo que ahí está la clave: currar y soñar a partes iguales. Mando desde aquí un beso enorme a Ray, al que de momento no le han tocado más que "ojos de serpiente" en el casino. Ya sabes lo que dicen: “desafortunado en el juego, afortunado en amores”, supongo que no se puede tener todo… (así me va… en fin, ese tema me lo guardo para otro post). Lo dicho: no te rindas que la única manera de no conseguir algo es dejar de intentarlo.
 
Muchos besos, os escribo a la vuelta del viaje a mi sur.
 
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