domingo, 29 de mayo de 2016

27. Primavera otoñal

Acabo de seguir un consejo que me dieron este verano: “escribe para ti misma, no para los demás”. Estaba bloqueada porque no sabía qué poner en el blog, todo me parecía soso, rutinario o, por el contrario, demasiado privado para publicarlo. He pensado que no tenía por qué enseñarle esto a nadie y ha desaparecido el bloqueo. Ha sido una semana un poco rara, arrastraba cansancio del fin de semana pasado y en el trabajo no me ha cundido mucho. Aparte, tuve una reunión con mi compañera Laura que ocupó un día entero, preparando cosas por si se tenía que ir (parece que podrá seguir en el país un tiempo aunque sin permiso para trabajar) y eso me descentró un poco. También tuve cita con el paciente, con el esfuerzo mental que eso conlleva. Tengo la sensación de que me he metido en muchos proyectos, de que estoy “abarcando mucho y apretando poco” pero por otro lado creo que si hay algún momento para ir esparciendo semillas es este. Ahora que “sólo” tengo que cuidar de mí misma, ahora que estoy a 10.000 km de mi familia y muchos de mis amigos, es un buen momento para dedicar mi energía al ámbito profesional. Quizás eso haga que mi vida se haya vuelto un poco más aburrida o, quizás, que no tenga tantas novedades destacables (creo que lo más relevante de mi semana es que Galadriel me ha enseñado a hacer tarta de zanahorias). O bueno, que me llovió encima como nunca antes y acabé con la bolsa del super desintegrada antes de llegar a casa.

Me di cuenta porque el plátano estaba a punto de darse a la fuga

A lo mejor es que he empezado a acostumbrarme a Seattle y vivencias que a mí no me parecen destacables pueden ser interesantes para alguien de fuera, no lo sé. Me siento muy rara viendo fotos de amigos en la playa, anuncios de protección solar, bombardeo con la operación biquini, salir a la calle y ver esto:
  
Creo que por eso siento que lo mío es menos interesante
 
También reflexionaba con Ojitos, Carmen y Galadriel sobre algo que, de nuevo me ha sorprendido. No soy anónima. Ayer, por ejemplo, fui a una fiesta (lo que aquí llaman un “housewarming party”, una fiesta de inauguración de una casa) invitada por unos amigos franceses en la que resultó que teníamos amigos en común con dos grupos diferentes de otros países y profesiones que no tienen nada que ver con ellos. Por esto y otras casualidades me he dado cuenta de que el estar lejos no asegura el anonimato. Por poner un ejemplo, al principio me sentía más libre al escribir el blog, puesto que la gente sobre la que escribía no sabía de su existencia, pero ahora un buen número de mis amigos de aquí leen lo que escribo. Por un lado casi mejor, porque así el objetivo de perder la vergüenza al escribir se cumple pero por otro siento que quizás esté dejando de lado algunos aspectos de mi experiencia, quizás algún día pueda relatar “las historias no contadas de Ciudad Esmeralda” o lo más seguro es que vayan integradas en mi futura novela y así nadie sepa qué parte es ficción y qué parte sucedió de verdad.
 
Respecto a las novedades de la ciudad, como ya os comenté la primavera es un no parar de eventos y posibilidades. El fin de semana pasado fue el festival del helado. Tengo que decir que me decepcionó un poco, pues eran tres camiones de helado que vendían conos a cuatro dólares y unos cuantos puestos en un callejón. Por la cola que había, me atrevo a decir que podíamos haber tardado como una hora en conseguir comprar algo… lo que sí pudimos es probar sabores raros (probar de una cucharita pequeña), como Earl Grey o limón con jengibre. Total, que Galadriel y yo acabamos en mi casa comiéndonos un helado que tenía yo en el congelador, a grandes males...
 
Este fin de semana ha empezado el Northwest Folklife Festival (podéis cotillearlo aquí) que es una feria de muestras de diferentes países (bailes, artesanía comida…). Esta mañana he visto un espectáculo de baile y música tailandesa que me ha encantado. Era la historia de una princesa pájaro que se enamoraba de un príncipe humano, y ya se sabe cómo son estas cosas, cuando dos personas son así de diferentes, a veces tienen que enfrentarse a las pruebas de los dioses o cosas así para poder estar juntos.


Aquí podéis ver un fragmento del primer baile de las pajarillas
 
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Antes de despedirme, os hago saber que tengo algo entre manos que compartiré en unos días, así que estad atentos. Mucho ánimo con la semana, Soletes. Gracias por seguir conmigo.
 
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lunes, 23 de mayo de 2016

26. Ciento nueve


“(…) El caso es que todo japa mala tiene un abalorio de más, un abalorio especial —el número 109— que queda fuera del círculo equilibrado que forman los otros 108, colgando como un amuleto. Al principio yo creía que el abalorio 109 era de repuesto, como el botón extra de una blusa o el segundón de una familia real.

Pero parece ser que tiene un propósito más elevado. Cuando estás rezando y lo alcanzas con los dedos, debes interrumpir la concentración de la meditación para dar las gracias a tus maestros. Así que aquí, en mi  abalorio  109,  me  detengo  incluso  antes  de  haber  empezado.  Quiero  dar  las  gracias  a  todos  mis maestros, que han aparecido en mi vida, a lo largo de este año, de la manera más variopinta.”
Elizabeth Gilbert
Hola Soletes,

Vuelvo a llegar tarde una vez más (aquí podéis leer el post de la semana pasada por si os lo perdisteis, lo publiqué el miércoles). Cuando empecé con el blog, pensaba que mis días en Seattle iban a parecerse bastante a los de mi estancia en Canadá. Los tres meses que pasé allí fueron bastante monótonos. Debido a que empezaron en enero y terminaron en abril, época en la cual está todo nevado, no había mucho que hacer: las temperaturas muy por debajo de cero hacían poco agradable salir a pasear una vez se había ido el sol, muchos parques estaban cerrados para evitar accidentes y las empresas de turismo y viajes no abrían hasta mayo por similares razones. Para rematar, era una ciudad pequeña con poca inmigración, y no había tanto movimiento en las redes sociales como ahora, así que durante ese tiempo no hice más que un par de amigos. Como resultado, exceptuando algún día del fin de semana en el que me armaba de valor y salía a recorrer la ciudad, el resto de mi rutina consistía en trabajar, hacer las tareas de la casa (comprar, la colada, limpiar…), hablar un poco con mis amigos y familiares antes de que se fueran a la cama, y escribir. En aquellos tres meses fui productiva a nivel literario como pocas veces antes: aproveché para hacer un poco de introspección y conocerme mejor a mí misma, recordé multitud de historias de mi infancia y adolescencia y las puse por escrito. En cierto modo, fue una especie de “retiro espiritual helado”.

Antes de venir pensaba que sin círculo social, con tanta lluvia, y con nueve horas de diferencia horaria, esto sería más de lo mismo. No podía estar más equivocada. Seattle es una ciudad que desprende vida por todos sus poros, es rara la semana en la que no tengas unos cuantos eventos de todo tipo entre los que elegir: exposiciones temporales en museos, alguna ruta de comida, conciertos, carreras populares, encuentros deportivos, mercadillos… En invierno suelen ser más “de puertas adentro” y ahora en primavera empiezan a brotar por las calles como las flores. Aquí me siento más como si estuviera de Erasmus que de estancia. La diferencia es que una es una chica responsable que tiene un trabajo que le pagan por hacer, un futuro que labrarse y una casa que mantener decente (o casi).

Este ha sido uno de los aprendizajes que he hecho al venir: no se puede planear todo. A veces tomamos decisiones teniendo en mente una imagen muy clara de cómo será el futuro… sólo para descubrir que no teníamos ni idea. Por supuesto que está bien plantearse cuáles van a ser las consecuencias de nuestros actos, por supuesto que organizarse bien nos permite ser más productivos y que no nos devore el caos, pero creo que hay que aprender a ser flexibles y dejar que la vida se nos desordene de vez en cuando. A lo mejor no somos tan eficientes como queríamos, a lo mejor tenemos que tirar adelante permitiéndonos ser “sólo aceptables” en algunas de las cosas que hacemos… pero que todos los males sean esos si el premio son las sorpresas inesperadas que tenía la vida para nosotros, sorpresas de las que seguro podremos aprender. Después de todo, si ya supiésemos lo que va a pasar, la vida sería muy aburrida, ¿no? Pues eso es todo, que viva la primavera y sus jaleos, espero volver la semana que viene con algo más consistente.

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Toda esta explicación es, en parte, para expresar que estoy un poco más ocupada “viviendo” de lo que había supuesto en un principio, por eso a veces no me dan las semanas para escribir… Aun así no quiero dejarlo, me parece una experiencia muy chula y sé que a algunos de vosotros os gusta lo que escribo, por lo que voy a seguir con el blog al menos hasta que termine el año y luego ya veremos. Lo que sí os quería decir es que es posible que algunas semanas no publique nada (oohh) intentaré avisaros antes, sobre todo cuando tenga congresos o viajes. Me parece la mejor solución a la que puedo llegar, dadas las circunstancias (mi pobre cerebro no da para más). Prefiero escribir menos y que sea de mejor calidad.

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martes, 17 de mayo de 2016

25. Algo se muere en el alma...

“- ¿Qué pasa?, ¿crees que no soy suficientemente dura para entrar en el grupo?
- Creo que no eres suficientemente blanda.”
The East, 2013
 
Hola Soletes, hoy os traigo un post de los reflexivos. Últimamente había escrito sobre temas más ligeros, como curiosidades o eventos primaverales, pero esta semana os hablo sobre algo más introspectivo, una reflexión sobre aspectos que no me había planteado de mi experiencia aquí. Sin más, procedo a desnudar un poco mi alma, espero que os guste el resultado pues es la única que tengo.
 
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Creo que, por primera vez, entiendo aquello de “algo se muere en el alma cuando un amigo se va”. Hasta ahora he sido yo “la amiga que se iba” y mis sensaciones de estos días no hacen sino reafirmar mi creencia acerca de que es más difícil para el que se queda. El que se va está ocupado con el cambio, debe empezar de cero, enfrentarse a nuevos retos, se maravilla con lo desconocido o se alegra de volver a la familiaridad del hogar (al menos durante un tiempo), es cierto que echará cosas de menos pero cambiará su rutina entera y todo el contexto será nuevo.
 
Para el que se queda nada cambia, se alegrará por el que se ha ido, celebrará su partida si ha sido para bien y recordará con alegría lo que han vivido juntos… pero se quedarán con un vacío. Un vacío en su rutina, en su agenda, en aquellas risas que ya no podrán compartir o esas bromas que ya no podrán hacer porque el único que las entendía ya no está.
 
Debo confesar que no estaba preparada para esto. Antes de venir me imaginé una y mil veces las situaciones que podría encontrarme, lo que supondría vivir a casi 10.000 km de casa y no pensé en las despedidas que tendría que vivir por el camino de baldosas amarillas. Claro que imaginaba que, tras los dos años, cuando llegase el momento de partir de forma definitiva me dejaría aquí personas especiales. Esperaba que fuese así: ser yo la que me iba, otra vez. Con lo que no contaba es con el contexto que tenemos aquí: visados que caducan, nuevas oportunidades laborales, cursos que terminan, familias a las que se echa de menos… y resulta que me ha tocado decir adiós antes de lo esperado, antes de lo deseado.
 
¿Recordáis a Laura, mi compañera de trabajo? Pues tras varios errores burocráticos del todo surrealistas ha tenido que dejar el trabajo, al menos de manera temporal, y no sabemos cuándo podrá volver a Ciudad Esmeralda. Hay dos postdoc en el Hospital de Niños, con las que también he hecho bastantes migas, que se mudan a otro Estado en julio y en septiembre. ¿Recordáis a Carmen, la chica con la que pasé la Nochebuena? Pues en un mes vuelve a España, de manera definitiva. Y no sólo se van ellos, justo otras dos personas a las que conocí en aquella primera quedada del grupo de Españoles, allá por noviembre, se van. Una de ellas, a la que llamaremos “Ojitos”, se va a principios de junio pero volverá en septiembre (menos mal) y otro chico se acaba de ir a vivir a otro país. Ha sido el primero de todos los de esta lista y supongo que, quizás por eso, el que más me ha dolido (dicen que las primeras veces dueles más, ¿no?). Creo que ha sido el que me ha hecho consciente de todo este proceso de idas y venidas, de que es mejor disfrutar a las personas mientras las tengas porque no sabes lo que van a durar a tu lado.
 
No todo es malo, también ha llegado hace poco una compañera suya muy graciosa (cuyo nombre en clave será Galadriel), con la que creo que no me voy a aburrir en estos meses, eso sí, esta es otra que viene con fecha de caducidad, como dice ella: “como un yogur”, pues se va en un par de meses. Pero bueno, por suerte seguirán viniendo personas de las que aprender y a las que conocer. Tal como comentábamos el otro día: seguro que dentro de seis meses estamos todos haciendo cosas que ni sospechamos con personas que aún no conocemos. Además, en agosto viene una gran amiga y algo me dice que voy a conocer de su mano otros “aspectos” de Seattle que ya os contaré.
 
En fin, vaya drama he montado en un momento. No sé si es que le cojo cariño a la gente muy rápido, si es que al estar lejos los nuevos amigos se convierten en tu familia, si soy muy sensible, o todo a la vez… Lo que sé es que aunque el ser así implique sufrir en momentos como este, no quiero cambiarlo. No quiero aislarme en una pompa en la que no me importe nadie solo para ser inmune a su ausencia. No quiero convertirme en un robot al que le de igual todo pues precisamente una de las cosas que más me gustan de viajar es poder conocer a personas diferentes a ti, personas que ilustran que se puede entender la vida de forma totalmente distinta y ser también felices, personas que te enseñan que se puede vivir de maneras que creías inviables, que te demuestran que hay seres humanos por ahí que seguro harán grandes cosas en el futuro y son de lo más humilde. Creo que parte de crecer consiste en volverse más “blando” en lugar de más “duro” si la situación lo requiere, en aprender cuándo es procedente quitarse la armadura para poder sentir más, aunque eso nos deje temporalmente fuera del campo de batalla. Tocados pero no hundidos, señalados por cicatrices invisibles que acariciaremos con cariño con el pasar de los años… cicatrices que conformarán lo que somos, que serán el mejor testigo de que hemos pasado con pena pero también con gloria por nuestra experiencia en este mundo.
 
Sólo espero que igual que el destino, la vida, el Monstruo Espagueti Volador, o quien sea que mueve los hilos, me ha cruzado con personas tan geniales aquí y ahora, me permita volverlas a encontrar en los rincones más insospechados de este inmenso y pequeño mundo ¿tal vez cuando vuelva a pasar el cometa Halley…? Hasta entonces, queridos amigos, ha sido un placer formar parte de vuestra historia, gracias por dejar que me asomase a vuestra alma, os deseo lo mejor, hasta que nos volvamos a encontrar.
 
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Esta entrada ha sido más corta de lo normal pero creo que también más intensa… así que, lo uno por lo otro. Me voy a dormir, que es casi la hora de cenicienta y no quiero ser una calabaza cansada mañana. Aquí os dejo los enlaces de siempre, para vuestro uso y disfrute:

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domingo, 8 de mayo de 2016

24. Sólo sé que no sé nada: segunda parte


Tal como vaticinaba en la primera parte de este post, esta ciudad y este país no dejan de sorprenderme. Han pasado ya seis meses desde mi llegada y me sigue  alucinando descubrir cómo funcionan o cómo hacen algunas cosas, por tanto, he pensado haceros otro resumen de esos detalles curiosos que han llamado mi atención en este medio año que llevo viviendo en Estados Unidos. Quien sabe, puede que por el aniversario tenga otra lista de cosas rocambolescas que comentar.

Aquí podéis acceder a la primera parte si la queréis releer. Y aquí comienza la segunda:

* Aurora boreal. Me acabo de enterar de que en Seattle se puede ver... pensaba que había que estar mucho más al norte pero al parecer no es así. Hoy a las cuatro de la mañana se podía admirar el fenómeno sobre la ciudad. Como supondréis no lo vi en directo, estaba soñando con los angelitos a esa hora. 

Creo que el apodo de "Ciudad Esmeralda" es más que merecido fuente
* Duchas. A diferencia de España, aún no he encontrado ninguna que tenga un cable flexible, todas están empotradas en la pared. La verdad es que resulta un poco incómodo a la hora de lavar ciertas “partes” que no están para arriba precisamente, pero bueno, al final le coges el truco. Lo que sí es imprescindible es hacerte con un gorro de ducha si no quieres tener que lavarte el pelo todos los días.

* Lotería. Le dan mucho bombo, lo anuncian por la radio, hay botes enormes.. y los extranjeros no pueden jugar. Me resulta muy curioso… a lo mejor en España es igual y yo no lo sé pero nunca he visto que a nadie le pidan el DNI cuando va a comprar un cupón.

* Productos italianos. Ya sea jamón serrano, aceite, aliños… están considerados como lo mejor en productos europeos (aunque sea un jamón chicloso del malo).

* España. Me han seguido preguntando si en España se habla español, parece que no eran casos aislados, realmente hay mucha gente que lo desconoce. También han caído preguntas como si tenemos cuatro estaciones, si nuestra comida tradicional es diferente de la mexicana o si es cierto que la frontera con Portugal es extremadamente peligrosa. Oír para creer…

* Cheques. Sé que ya comenté que aquí se utilizaban pero es impresionante. Por poneros un ejemplo, hace unos meses una compañera de trabajo trajo varias cajas de galletas de las Girl Scout (sí, existen, no son un tópico de las películas) para vendérselas a su hija. La forma de pago era darle un cheque de cuatro dólares a nombre de la tropa por cada caja que quisieras. ¿Pero quién lleva la chequera encima? Pues al parecer seré yo la única que no porque las galletas volaron. Además, se me antoja ridículo extender un cheque de tan poco dinero.

Algo que sí es genial respecto a los cheques es que los puedes ingresar en el cajero automático. Alguien te da un cheque, lo metes en el cajero, lo escanea, reconoce el emisor y la cantidad, y te lo ingresa en la cuenta. Así de fácil.

* Google Maps. Es una pasada. Te busca todas las combinaciones de rutas posibles en diferentes medios de transporte. Incluso te ofrece la posibilidad de pedir un Uber o de reservar mesa en el restaurante que acabas de encontrar.

* Restaurantes. Ahora que he empezado a salir más, puedo contaros varias cosas curiosas. Para empezar, lo normal es que te pongan un vaso de agua al llegar, sin que lo pidas, y te lo vayan rellenando conforme se dan cuenta de que te lo has bebido. Aquí no es nada embarazoso pedir que te pongan las sobras para llevar, es lo común, de hecho si ven que no te has terminado el plato, no es raro que te pregunten ellos mismos si lo quieres para llevar.

Luego llega la hora de pagar (gran aventura). También está a la orden del día que cada uno de los comensales ponga su tarjeta de crédito y listo. Ellos entienden que la cuenta se divide entre todos y punto. Cogen las tarjetas, SE LAS LLEVAN (sí, las pierdes de vista), te cobran, y traen las facturas. Y entonces llega lo divertido: firmar y poner cuánta propina quieres dejar. Yo pensaba que era en torno a un 10-15% pero no, por lo visto debes dejar entre un 18-20%, dependiendo de si te ha gustado más o menos, pues parte del sueldo de los camareros depende de eso. Y claro, hay veces en las que te has tomado algún que otro vinillo y lo último que te apetece es ponerte a calcular el 18% de lo que te acabes de comer y sumarlo al resto. Pues bien, una compañera de trabajo me ha enseñado un truco: mira el Tax (los impuestos) que son un 9% y multiplícalo por 2. Ahí tienes lo que debes dejar de propina. Eso sí, debes tener cuidado y mirar bien la factura porque a veces la propina (que se puede llamar Tip o Gratuity) viene ya incluida en la factura, pero aun así te dejan libre la sección de propina de la cuenta por si quieres poner más. Total, que mejor que calcules antes, si lo que vas a pedir vale 16 dólares en la carta, entre impuestos y propina acabarás pagando unos 20.

Mención especial merecen los “Foodtrucks” o camiones de comida. Ahora se están empezando a poner de moda en España, pero aquí son algo clásico. Con el buen tiempo empiezan a aparecer aparcados en las esquinas. Hay de todas clases: de cocina tailandesa, de helados, de comida orgánica, de hamburguesas… Me hacen gracia los nombres de alguno como “the peach and the pig” (el melocotón y el cerdo).

Aquí tenéis el citado camión  fuente

* Niños. Yo no me había dado cuenta, me lo dijo una compañera que es de aquí y ha estado en España. Aquí los padres suelen ir más a su aire cuando de ocio se trata. Los niños van aparte, es como si tuvieran una categoría diferente, de hecho en muchos restaurantes no se permite que entren menores de edad.

* Aparcamientos. En este caso hablo de los del hospital. Los empleados tienen que pagar por cada día que los utilicen (no recuerdo si 8 o 12 dólares) y eso ya es un precio recudido… Lo que sí hacen es algo que me parece genial. Dejan unos papelitos al lado del ascensor para que puedas recordar dónde tienes el coche.



* Votar. Esto sí que me da coraje, y en este caso es culpa nuestra… por segunda vez me quedaré sin poder participar en las elecciones. La única forma de poder hacerlo desde aquí es estar registrado en el consulado. Para ello tienes dos opciones: 1) ir a San Francisco, donde está el consulado más cercano o 2) mandarles tu pasaporte por correo postal. Como no voy a recorrer 1300km para eso la única opción sería enviarles el pasaporte. Como pueden tardar meses en devolvértelo (si no se pierde por el camino) me quedaría encerrada en Seattle mientras tanto (aquí hasta para coger trenes hace falta el pasaporte). Así que no me arriesgo a que tarde más y no pueda hacer los viajes que tengo pendientes (además, ya no me daría tiempo a votar para estas elecciones).

* La luz. No sé si recordáis la que tuve que liar para darme de alta (ir en persona, que sacaran una fotocopia a mi pasaporte, etc), pues pasaban los meses y no me cobraban. Me pareció sospechoso y llamé a ver qué pasaba. Resulta que no estaba dada de alta… no tenían registrado que hubiese ido a presentar el pasaporte. Convencí a la chica por teléfono diciéndole que, si no lo había entregado ¿cómo era posible que tuviese luz en mi apartamento y que tuviese el número de contrato…? así que me dieron de alta y no llegó la sangre al río. No es la primera vez que tengo que perseguir a alguno de estos servicios para que me cobren, es surrealista. Lo bueno es que ahora puedo deciros que hay otra cosa más barata que en España además del helado: la luz. El mes pasado pagué 13 dólares por marzo y abril.

* Manzanas. No hay manera de comprarlas sin una capa de cera que echa para atrás… he probado en la sección de orgánicos y hasta en un mercado de agricultores locales y nada, se empeñan en vendértelas relucientemente embadurnadas en parafina o lo que sea que les echen.

* Hay días de todo. Desde el día nacional de las palomitas o del helado al día de los Veteranos o del Presidente. Me sorprende las pequeñas cosas a las que pueden llegar a dedicarles un día, la cuestión es que casi todas las semanas se celebra el día de algo.

* La patrulla de cortesía. Esto de vivir en una comunidad de apartamentos es toda una experiencia; empezando porque cada dos por tres te avisan de que necesitan acceso a tu piso para renovar algo o inspeccionar algo (las alarmas de incendio, por ejemplo). Una de las cosas buenas, además de tener un servicio de mantenimiento de urgencias 24h incluido, es otro servicio al que llaman “Courtesy Patrol” (algo así como la “patrulla de cortesía”), al que puedes llamar si hay algún vecino de fiesta a las tantas de la madrugada que no te deja dormir. Aquí está prohibido hacer ruido pasadas las diez de la noche.

* Los refrescos. Para terminar, cierro con este tema tan dulce que me ha sorprendido bastante. Si os digo McDonald, ¿con qué bebida lo asociáis? Con Coca-Cola, ¿verdad? Pues aquí lo que venden es Dr Pepper.


Un descubrimiento que me impactó bastante es que aquí venden algo a lo que llaman “root beer”. Sabe raro, como a medicina… Nos lo dio a probar el novio de una amiga, que es americano. Por lo visto un postre típico es poner una bola de helado de vainilla en un vaso y cubrirlo de root beer.  Es una experiencia curiosa. Cuando pregunté que cómo se hacía, me dijeron que a partir de una raíz que se se llamaba sarsaparrilla (pronunciado es algo así como “sárspirrila”), no fue hasta un rato después que caí en la cuenta de que lo que acababa de probar no era otra cosa que la Zarzaparrilla de toda la vida que tomaban nuestros abuelos o padres… Ay que ver cómo es la vida, tener que venir a la otra punta del mundo para probarla.
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Hasta aquí la lista de curiosidades, seguiré tomando nota de las que vaya cazando por el camino hasta que tenga otra colección para enseñaros. Mientras esperáis, os dejo los enlaces de siempre:

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Hasta la semana que viene, Soletes. Gracias por leerme.