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domingo, 24 de febrero de 2019

72. Allí abajo. Parte 1: Nueva Zelanda


Los habitantes de Australia y Nueva Zelanda llaman a esa zona “down under”, algo así como “allí abajo”. Por fin estoy volando hacia Auckland, por el camino cruzaremos la línea del cambio de fecha (cosa que no sabía que existía) y serán dos días más al llegar. Se me va a hacer raro vivir en el futuro. Al haberme reubicado en este vuelo tengo que conformarme con el asiento de en medio, aun así las 14 horas de viaje no son tan horribles. Hay una cosa que me impresiona: la mujer de al lado no se levanta en todo el vuelo, ni si quiera a hacer pis. Es casi un súper poder… si fuera un superhéroe podría llamarse Retento.
 
Tengo la sensación de que se me olvida algo importante. Supongo que es normal después de todas las cosas que han pasado hoy... todo el estrés, el correr, el tener que tomar decisiones rápido y vencer la adversidad (podéis leer el post anterior aquí). Si algo me ha enseñado la aventura de hoy es a no desistir, a que con paciencia y manteniendo la calma se pueden buscar opciones. Pues eso es lo que quiero aplicar al viaje.
 
Día 1
Llego bien, pero mi maleta no… está perdida. Supongo que con los 150 vuelos cancelados el aeropuerto de Seattle sería un maremágnum de equipajes perdidos. Me alegro de haber comprado una maleta bastante llamativa: morada con flores (lo cual evita infartos en la cinta de equipajes y es útil para que la localicen en situaciones así). En fin, si no me llega mañana a ver qué me pongo para el congreso al que voy a asistir, motivo principal de mi viaje.
 
Un ilustre amigo me recibe en el aeropuerto y me recuerda las experiencias increíbles que estoy por vivir.
 
"Kia ora" es lo que más escucho desde que llego. Se traduce cómo “Hola” pero significa "espero que tengas salud". Las lenguas oficiales en Nueva Zelanda son el maorí, el inglés y la lengua de signos y en la TV las usan todas. Hace un calor impresionante, soy la única que va por la calle en manga larga pero no tengo más opción. Tras coger un bus y vivir otra pequeña aventura hasta localizar a mi anfitrión de AirBnB al fin llego al piso. Es desastroso, huele a pescado frito y el baño está sucio. Al menos parece que han cambiado las sábanas... con lo cansada que estoy me dará igual dormir ahí. Entre eso y que no tengo champú ni nada, acabo yendo al hotel de mi jefa a ducharme.
 
De ahí nos dirigimos a Waiheke, una isla famosa por sus playas y sus viñedos a la que se puede llegar en ferry. Al principio me asusté un poco: el bus que te llevaba de una parte a otra, me recordaba a los icónicos autobuses londinenses de dos pisos. No había caído en que en Nueva Zelanda y Australia se conduce por la izquierda y entre eso y que el techo del bus se iba pegando golpes con la mitad de los árboles, yo iba “frenando” (haciendo el gesto con el pie) sin querer cada dos por tres pensando que nos la pegábamos. Quitando eso, la isla fue genial para ayudarme a vencer el jet-lag: aire fresco, una playa de 2 km preciosa que recorrimos entera y un viñedo mágico (con unos vinos excelentes) desde el cual vimos el atardecer con el perfil de la ciudad de fondo. El día terminó teniendo que correr por una jungla cuesta abajo porque el último bus había pasado y se nos iba el ferry… llegamos a tiempo porque dos mujeres nos señalaron un “atajo” y decidimos hacerles caso.
 



 
Día 2
Abro un ojo y un dolor de cabeza martilleante me despierta. Son las seis de la mañana y más vale que me active pronto porque el bus me recoge en media hora. Aunque tengo un sueño inmenso no me importa: teniendo un solo día completo libre, contratar un tour era la única manera que tenía de visitar todo lo que quería, y más estando tan lejos unas cosas de otras. Una vez en mi asiento, cierro los ojos y cuando los abro han pasado dos horas y estamos llegando a La Comarca.
 
Hobbiton
El ambiente es muy pacífico y bucólico, hay cientos de vacas por todas partes (por lo viso en el país hay más vacas que personas). El set de rodaje es impresionante y está muy bien cuidado, merece la pena y te dejan sacar todas las fotos que quieras. Eso sí: si vais no os hagáis muchas ilusiones que son todo exteriores. Se puede “entrar” en una de las casas, pero por dentro son estructuras de cemento. Hay 44 casas en total, todas con detalles diferentes. Nos llovió, pero creo que eso terminó de darle un aire más auténtico. Si queréis más información esta es su web oficial: https://www.hobbitontours.com/en/
 
Durante el tour nos contaron un montón de curiosidades, como que una de las escenas del final de El Señor de los anillos, en la que Sam se reúne con su hija, se rodó con la verdadera hija del actor, que llevaba meses sin ver a su padre y esa fue su reacción espontánea. O que para El Hobbit el árbol que sale del tejado de la casa de Bilbo lo construyeron de forma artificial porque tenía que aparentar ser mucho más joven que el árbol que aparece en ESDLA, ya que la historia ocurre muchos años antes.
 
Lo que sí era de verdad es la posada de El Dragón Verde. Hemos acabado la visita tomando una sidra allí, a las 11 de la mañana. Me iba a haber pedido algo sin alcohol pero he caído en la cuenta de que a lo mejor era la única oportunidad que tenía de probar la sidra de Nueva Zelanda... No me he arrepentido. Me he tomado media y listo, que si no iba a terminar KO. Creo que habría sido un buen hobbit (y no sólo por la altura), a simple vista parece que no doy para mucho y me encanta estar en mi casa tranquilita… pero en el fondo soy como ellos respecto a las aventuras.
 




 
Rotorua
Me vuelvo a quedar frita y cuando me despierto estamos en Rotorua. Vamos a un parque que se llama Te Puia, en él se encuentra Pohutu, el geiser más grande del hemisferio sur. Todo huele a huevo podrido y parece que estemos en un planeta extraño. De propina, puedo ver un kiwi durmiendo… son adorables, entran directos en la lista de mis animales preferidos. Allí hacemos la parada para comer, tienen un bufete de comida delicioso con especialidades nacionales como la pavlova (una tarta de un merengue muy ligero con frutas) o comida cocinada de forma tradicional: enterrándola todo en un horno que está en el suelo, aprovechando la energía geotérmica. Pruebo la patata neozelandesa, que es un poco dulce, la calabaza y el cordero de allí: muy recomendables. También hay actividades sobre la cultura Maorí, pero no nos da tiempo de hacerlas. Aquí su web para más información: https://tepuia.com 
 

 
Waitomo Caves
Me vuelvo a echar una siesta de dos horas y cuando despierto estamos en las cuevas Waitomo, el lugar donde viven los “glow worms”. Sí, definitivamente ha sido mejor idea contratar un tour que alquilar un coche e intentar conducir por la izquierda con ese nivel de cansancio, total, he hecho todo el viaje frita, así que no se me ha hecho nada pesado. Me he quedado sin habla. Ver a los gusanos era lo que más ilusión me hacía y ha estado a la altura. Por si vais: http://www.waitomo.com
 
El recorrido se hace prácticamente a oscuras, incluyendo bajar por escaleras, pero lo tienen tan bien montado que no se la ha pegado nadie. Creía que los "glow worms" (gusanos brillantes) eran lo mismo que las luciérnagas pero no. Por lo visto sólo existen en Australia y Nueva Zelanda. Viven en cuevas durante unos nueve meses y se alimentan de moscas e insectos. La forma que tienen de cazarlos es atraerlos con su luz y que se queden pegados a una especie de cuerda pegajosa que dejan colgando al final de su cuerpo. La verdad es que es bastante inteligente.
 
En la última parte del recorrido nos montamos en una barca y paseamos un rato por un lago. Fue uno de esos momentos mágicos, ese darme cuenta de que estoy justo aquí, haciendo esto, en parte gracias a algunos esfuerzos que he realizado y siento que de alguna manera el universo me recompensa con esta imagen que dejó sin habla a mi grupo entero. No hay fotos porque no lo permitían, ya que los bichitos brillan solo si están en la más absoluta oscuridad, pero aquí tenéis unas de Internet para que os hagáis una idea. 
 

Los paisajes de aquí me recuerdan bastante a los campos de mi tierra, las casas de las afueras a las del Washington profundo, las praderas podrían pertenecer a Inglaterra y las islas, con esos pinos cerca del agua y esos olivos, podrían ser cualquier parte del Mediterráneo. Me pregunto si una vez que has viajado a un determinado número de sitios, todo lo que veas te va a recordar necesariamente a algo... no sé muy bien qué esperaba encontrarme aquí... ciertamente creo que algo más exótico, pero no deja de ser un país que podría encontrarse en Europa.
 
8.30pm
Ya estoy en el hotel. He tardado más porque al conductor no le habían dicho que me tenía que dejar en otro sitio y me ha dejado donde me recogió... De camino intento encontrar alguna tienda abierta para comprar ropa porque no me fío, pero no tengo suerte: todo cierra a las 7, sin excepciones. Cuando llego compruebo que no ha llegado mi maleta... y cuando me miro en el espejo compruebo que me he quemado la cara. Genial. Llamo a los de la maleta del aeropuerto y cerraron hace una hora... por Internet me pone que están buscándola y aún no está localizada. Estupendo.
 
Decido ducharme y que mañana sea otro día. A primera hora iré a comprar ropa decente y luego iré al congreso. Me voy a perder la ceremonia de apertura, pero creo que es mi única opción... Mientras seco a la vez la ropa interior que acabo de lavar con champú y mi pelo, me lo desenredo como puedo sin cepillo ni suavizante, y pienso que sí que se está cumpliendo mi predicción sobre probar mis límites... Nada como perder algo básico para darnos cuenta de los lujos que tenemos.

Día 3
Me siento en mi salsa en el congreso. Entiendo todo de lo que hablan, aunque no sea exactamente de mi tema. He conectado con investigadores que no conocía y reconectado con algunos que conocí hace bastante. Incluso he conocido en persona al director del grupo de Irlanda con el que me entrevisté hace dos años para un posible trabajo... y se acordaba de mí. Pero ay, vaya inicio de día... me tiré media hora al teléfono con los del aeropuerto, porque por Internet seguía poniendo que estaban aún buscando mi maleta. El agente me dijo que en teoría estaba al llegar en un vuelo. En fin. Salí pitando al H&M y una vez allí arrasé con la tienda. Con lo poco que me gusta ir de compras estoy orgullosa de haber encontrado en menos de media hora unos pantalones arreglados, dos blusas, una camiseta básica para debajo, calcetines, braguitas y unas sandalias. Espero que me lo pague la aerolínea... sudando por el sol que ya empezaba a apretar y por la cuesta arriba llegue al hotel, me cambié corriendo y me dirigí a la conferencia. Me había perdido la ceremonia de apertura (y el Haka que tanta ilusión me hacía ver) pero al menos estaba presentable.

Tras un día largo e intenso regresé a mi hotel para comprobar con gran alegría que mi maleta me esperaba en recepción. Como dice el dicho: "Lo imposible sólo tarda un poco más". Ahora a la cama, que mañana empieza el jaleo temprano y me levanto a las 6.30 para ir a un desayuno de trabajo.

Día 4
Pensaba que ni siquiera iba a escribir sobre este día… he presentado mi poster pero tampoco ha habido más cosas relevantes: he cogido un par de ideas, conocido un par de personas interesantes (entre ellas el que dirige el grupo de investigación que voy a visitar en Sídney) y poco más. Pero entonces, la dosis diaria de “este es el viaje de la frustración” ha hecho su aparición.

Hoy ha sido la cena de gala, cena a la que no he ido porque: 1) era carísima y me van a venir un montón de gastos ahora con el viaje, 2) pensaba que no iba a ir mucha gente (normalmente van los catedráticos y son un rollo burocrático) y 3) no tenía ni idea de lo que iba a pasar… Así que nada, me he ido a mi hotel y me he puesto a preparar una presentación de 3 minutos sobre mi póster que tengo mañana. En esas estaba cuando recibo un wasap de un chico español que he conocido: “Tengo una buena noticia, te han concedido el premio al mejor póster, ¡enhorabuena!”. ¿Qué?, ¿A mí? No es mi mejor trabajo… a ver, ha quedado bonito y hay mucho esfuerzo detrás, pero los datos presentados son preliminares. Le pregunto: pero, ¿lo han dicho ahí en la cena? - Sí, han dicho tu nombre y te hemos aplaudido… pero no estabas.

La madre que los parió… ¿Cómo se les ocurre hacer una entrega de premios en un evento opcional?, ¿En un evento en el que hay que pagar por ir? En realidad son lo de menos, me quedo con el reconocimiento, con que cuenta para el currículum y con que parte del premio consiste en que me pagan la inscripción al congreso del año que viene (que no es barata) y la afiliación durante un año. Pero jo, nunca antes había ganado el premio al mejor póster y me hacía ilusión, porque además no es como las ayudas de viaje, que suelen dar varias… En fin, que si me hubiesen avisado antes hubiese ido seguro. Pero bueno, no se puede volver el tiempo atrás. Desde luego me alegro mucho de la noticia, aunque ahora sienta más presión ante la presentación de mañana: espero estar a la altura.

Día 5
Pregunto por el certificado del póster y tras rebotar como una pelota de ping pong de una persona a otra, me dice una mujer, entre risas, que no tiene el certificado... que se lo dejaron anoche en la cena "porque estábamos un poco... ya sabes, jajaja". Cara de póker. ¿Me estaba diciendo tan pancha que se habían emborrachado y se lo habían dejado por ahí? Vale. 

Total, que le dije que como no sabía que los premios eran en la cena pues no fui... y me contesta: "Ay, por eso hay que ir siempre a las cenas del Congreso jajaja, bueno, no te preocupes...". ¿Que no me preocupe? ¿Encima? ¿Mucho rollo con la inclusión y la accesibilidad para todos y das los premios en un evento opcional por el cual tienes que pagar 100 dólares? O sea: o tienes pasta o te quedas sin aplausos. En fin.

Hice mi presentación sin mucho público, cogí algunas ideas bastante interesantes, descansé un poco en el hotel y terminé yendo a cenar con algunos españoles y el hombre irlandés con el que me entrevisté hace ya dos años.  Probé una comida asiática deliciosa... y ya me cuesta decir eso acostumbrada a Seattle. También probé la sidra de pera neozelandesa, muy rica. Terminamos tomándonos una copa en un pub irlandés con música en directo muy chulo. Iba a haberme ido, pero todos se alojaban cerca de mí y me pareció más seguro esperar a volver con ellos. Me invitaron a todo: a todo. Qué vergüenza... no sé cómo lo hago que siempre acaba pasando eso. En fin, no voy a quejarme que a partir de ahora nadie me va a invitar a nada.

Día 6
Pues esto ha sido todo en Auckland. No me esperaba Nueva Zelanda para nada así... Me la imaginaba mucho más exótica, más "isleña" pero ha sido muy anglosajona... como ya comentaba podría ser cualquier país. Hay mucho ganado, prados verdes, casas de madera con tejados a dos aguas... y sí, hay palmeras y hace buen tiempo, pero eso es todo. Es bonito, no me malinterpretéis. Lo del hobbit estuvo muy chulo, lo de los gusanos fue mágico y la visita a la isla muy relajante y completa. Pero no es un sitio con el que me vaya a quedar con pena si no vuelvo nunca...

Voy ahora en el bus al aeropuerto... salí hace ya más de una hora, por lo que deberíamos estar llegando. Espero que 2.15 sean suficientes para facturar y desayunar... porque voy sin nada en el cuerpo. Las últimas diferencias culturales se hacen patentes antes de despegar: una papelera en la que pone “prohibido escupir, utiliza el cuarto de baño” y las instrucciones de seguridad del avión rapeadas. Desde luego, Nueva Zelanda es única.

En el avión
No me lo puedo creer… he reservado el hotel desde mañana. O sea, con esto de que aquí es un día más sí que me parece factible haberme hecho un lio. Voy a intentar que me den una noche más, pero siendo temporada alta y en una ciudad grande veremos a ver. De verdad que lo que no me pase en este viaje… Voy a ir hasta el hotel y preguntar si tienen habitaciones libres para esta noche y si pueden ampliar mi estancia un día. Si no, pues les preguntaré si tienen wifi o si saben de algún hostal en el que pueda quedarme una noche y si me pueden guardar la maleta hoy. En fin Soletes, la aventura continúa… y en dos semanas volveré para contárosla.

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martes, 25 de septiembre de 2018

70. Cóctel de verano: roadtrips, langostas y casinos

Hola Soletes,
 
Dorothy la descastada vuelve para contaros más aventuras. Me resisto a que llegue el otoño. No quiero. Eso significa que ha pasado mi cumpleaños, que las horas de luz se van a reducir a velocidad de vértigo y que la gran nube gris está a punto de cernirse sobre Seattle y quedarse allí al menos hasta mayo. No sé por qué, pero siempre me pongo triste en estas fechas… luego cuando empiece a ver los naranjas preciosos de los árboles, oler a pumpkin spice, ver actividades de Halloween y demás se me pasa. Pero no estoy preparada, todavía no. Así que voy a huir, me voy a casa una semanita (a los de aquí les parece muchísimo, pero os aseguro que entre los días de viaje y los que me quedo tonta con el jet-lag se queda todo en nada). Será una semana cargada de eventos (cosas académicas y cosas personales, como la boda de una gran amiga) y seguro que se pasa en un suspiro… 
 
Escribo esta vez desde mi azotea donde las manos, que me tiemblan por el frío, amenazan con hacerme volver pronto a mi apartamento. El sol aún no se ha puesto, pero se esconde juguetón detrás de una nube, haciendo que el viento frío parezca aún más helado. Las sirenas de la policía y los bomberos suenan a todo volumen y yo no puedo evitar pensar en las cosas que echaré de menos cuando me vaya… y en las que no echaré de menos en absoluto. 
 
Tengo este año una agenda de posibles viajes bastante interesantes que desvelaré cuando se confirmen, así que antes de que la vorágine de los aeropuertos y las maletas me consuma voy a parar a contaros un poco qué ha sido de mi verano. La verdad es que no ha estado mal para haber cogido solamente un día de vacaciones. Aquí os dejo este pequeño cóctel de experiencias, para hacerle un funeral irlandés a mi querido estío y beber a su salud. Es larguito y lleva muchas fotos, para compensar mi silencio.
 
1. Vacaciones en familia
A principios de agosto mis padres (Enrique y Emma en el blog) y mis hermanas (Tormenta y Wonder Woman) vinieron a visitarme. Fue un hecho bastante insólito, ya que Tormenta está actualmente haciendo su residencia en medicina y no es nada fácil elegir los días de vacaciones. No estábamos los 5 juntos desde 2015, por lo que fueron unos días muy especiales. Mi pequeño estudio parecía una habitación de un campamento de verano: toallas, maletas, ropa, bolsas de aseo, comida… se amontonaban por todas partes. Quizás fueron las ganas de estar todos juntos, pero milagrosamente no hubo problemas por compartir un cuarto de baño entre los cinco.
 
Además de conocer sitios nuevos de Ciudad Esmeralda, el primer fin de semana fuimos de viaje a la Península de Olympic. El viaje no fue ni remotamente parecido al que viví con mis hermanas en marzo del año pasado, tanto por el clima como por las aventuras. Paramos en playas preciosas e hicimos las paradas obligadas de Crepúsculo. Esta parte de Estados Unidos no deja de enamorarme... Aquí os dejo unas fotos que, como siempre, no hacen justicia a la realidad.
 
Creo que era el Lago Crescent
En la linde con la reserva Quileute, se ve que los pobres sacan dinero con el turismo...

Se lo curran, la verdad

Panorámica de La Push

Uno de los árboles "peludos" del Hoh rainforest

Ruby beach
El segundo fin de semana nos dirigimos a Vancouver. Sé que tengo pendiente escribir un post en condiciones sobre la ciudad, he estado cuatro veces y parece que la quiero toda para mí… prometo escribir algún post en el futuro cuando el frío del invierno me haga quedarme quietecita, retomando las notas antiguas de los otros viajes. Sólo diré que nos encantó, que anduvimos más que Kung Fu (toma referencia ochentera) y que pienso volver. Aquí unas fotitos también.
 
Desde la ventana del tren, es uno de los trayectos más bonitos que he recorrido... parece que vas en barco
Tras hacer senderismo en Deep Cove, un pueblecito cerca de Vancouver

2. La mariscada
A principios de septiembre tuvo lugar el Congreso Mundial de Dolor, cita obligada para todos los investigadores de mi área (si te lo puedes permitir, claro). A mí personalmente no suele gustarme mucho porque es enorme (miles de asistentes), casi nunca veo a nadie conocido y suele haber muy poco contenido de pediatría o psicología. Este año ha sido genial. He de decir que también ha sido el más intenso… no paré ni un momento y ahora mi cuerpo lo está pagando, pero bueno, no me arrepiento de haberle sacado jugo.
 
Pude ver a mucha gente que no veía desde hacía años, asistir a conferencias de las que coger ideas, reconectar con mi director de tesis y “tomar posesión” de una especie de cargo de representante de estudiantes que ahora ocupo en un consorcio que se dedica a promover el estudio y tratamiento del dolor en niños. 
 
Aparte de eso, la idea era conocer la ciudad. El congreso de este año tuvo lugar en Boston. Si tengo que ser sincera, lo único que conocía de la ciudad antes de ir (aparte de que le da título a una película) es que es la casa de los Red Socks (equipo de baseball), que Harvard se encuentra allí y que dicen que la langosta es muy buena. Si continúo con la sinceridad, me he ido casi como vine… pero no me arrepiento.
 
La parte que pude ver era bastante industrial, no me llamó mucho la atención
El paseo marítimo sí que era bonito
Una de las primeras noches fuimos al que creo que es el sitio más recomendado para comer langosta: The Barking Crab (algo así como “el cangrejo ladrador” podéis cotillearlo aquí), un chiringuito de apariencia circense cuyas mesas daban directas a la bahía. Tenazas, baberos, cervezas en vaso de plástico y un rollo de cocina para limpiarte las manos: sí, parecía que era de los auténticos. El “circo” se transformó en el “circo de los horrores” cuando la camarera trajo la cuenta: 480 dólares (contando con la propina) a pagar entre seis, y eso que habíamos ido a media langosta por cabeza. Y entonces pasó algo inesperado; los comensales éramos: mi querida Bárbara, un amigo del laboratorio donde hice la tesis al que llamaremos Wade, porque tiene más peligro que su alter-ego (Deadpool), yo y tres anestesiólogos (dos de mi hospital y un amigo de ellos). Bueno pues se empeñaron en pagar… yo no sabía qué era peor, si el sablazo o la sensación de deberles mi alma para toda la eternidad. Al final decidimos dejarles (cobran como el cuádruple que yo, para ser justos) y hacer la artimaña que fuese para invitarles al postre. 

Atención al cartel (dice que se van a pasar por el forro cualquier petición de bajar la música, que no es una biblioteca ni el salón de tu casa), ah y me hizo gracia también que las luces están puestas en jaulas cangrejeras.

Caminamos hacia “la pequeña Italia” un barrio repleto de restaurantes y terminamos comiendo canolis en el sitio que aparentemente era más típico. Después de eso alguien sugirió “¿Y si vamos a un bar de puros?” No sabía qué narices era eso… con la ley antitabaco pensaba que no se podía fumar en ningún sitio, pero parece que era un club tradicional y que también era típico de allí. Aunque estaba realmente cansada (la noche anterior hubo varios “eventos” y me acosté a las tantas), decidí ir, al fin y al cabo, siempre podría volver a Boston yo sola y hacer las típicas cosas turísticas… pero ¿ir a un sitio oscuro y escondido a fumar puros? Era ahora o nunca. Al final no los fumé, sólo los probé (qué horror de olor y de sabor, con perdón de a quién le gusten) y acabé compartiendo una cachimba de cereza con Wade. Fue una noche muy chula, no sé si era la poca iluminación, lo peculiar del sitio, verlos a todos tan relajados y fuera de su ambiente o que me sentía como la oruga de Alicia en el país de las maravillas, pero se creó una de esas distorsiones que a veces se producen en el tiempo donde todo fluye de una manera extraña… como si las reglas de la sociedad, del mundo en general no se aplicasen allí. Tuvieron que encender las luces para que nos fuéramos. 
 
Esa era yo, básicamente
Aquí una foto medio censurada para que podáis ver el ambiente sin ver a mis compis

El último día tuve que tomar otra decisión: ir por Boston a hacer una ruta turística gratuita que me habían recomendado (os la dejo aquí por si vais y os interesa) o ir al MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) a ver un laboratorio de ingeniería aeroespacial en el que trabajaba un amigo de un amigo de Wade. Mi parte friki me obligó a elegir esa opción y, por supuesto, no se vio nada decepcionada. La ciencia del mundo de los cohetes no es para nada como me la imaginaba… tras ver alguna que otra película ambientada en la NASA me imaginaba hangares enormes y túneles de viento colosales, andamios por todas partes y al FBI haciéndote mil preguntas para decidir si podías entrar (¿demasiados capítulos de Expediente X?, puede ser). Hasta pude sacar fotos (paciencia, ahora vienen). El chico que trabajaba allí abrió las puertas con un simple código y allá que nos metimos. Visitamos varias salas, pero lo que más me llamó la atención es que casi todo ocurre en miniatura. Aparentemente es carísimo mandar satélites al espacio con toda suerte de aparatos y cachivaches, así que la nueva tendencia es construir mini satélites que puedan lanzar de forma individual, de manera que si algo falla no se pierda todo, sino una pequeña parte (ahorrando así recursos y dinero). En resumen: que donde esperaba ver macro estructuras vi nanotecnología y, sinceramente, me pareció casi más impresionante. También me alegró saber que hay muchos españoles allí y que están desarrollando líneas de investigación que son únicas en el mundo. A veces nos venden que en el ámbito científico estamos atrasados y no tenemos potencial, pero doy fe de que no es así. En resumen, Soletes: que me encantó mi tiempo en Boston, pero no sabría qué recomendaros si me preguntáis acerca de sus cosas típicas.
 
Me recordó al taller de tecnología de mi colegio más que al escenario de ciencia ficción que tenía en mi cabeza

Aunque me pareció salido de alguna película futurista de los 70, tipo Barbarella, resulta que es una réplica de los satélites que se mandan ahora, con sus paneles solares y todo

Pues ahí va parte de la magia: resulta que en cada agujero de los cuadrados esos pequeñitos pasan mil cosas que ayudan a que el satélite apunte a donde tiene que apuntar (no entro en detalles que al final doy una clase).

Otra de las cosas que me impresionó: máquina enorme (única en el mundo) que sirve para recrear en su interior las condiciones de vacío e ingravidez del espacio

Y aquí el postre: de pronto en el campus te encuentras esto que parece salido de una peli de Tim Burton. Es una creación de Frank Gehry, el mismo que diseñó el Guggenheim de Bilbao o el MoPOP de Seattle
3. El casino
Irse, volver… es un concepto curioso. Cuando has pasado tanto tiempo fuera de tu ciudad sabes que cuando vuelvas serás casi una extraña, que habrás cambiado tanto que tendrás que hacerte un sitio de nuevo. Aun así es tu norte, la estrella polar que te guía cuando las sombras se ciernen sobre Ciudad Esmeralda y no todo es de colores a este lado del arcoíris, el lugar que guarda a tus personas importantes. ¿Volver?, por supuesto. ¿Cuándo? No lo sé… 
 
Me queda más de un año por aquí, pero en mi área profesional tienes que tomar decisiones con mucho, mucho tiempo de antelación. Así que así me encuentro al terminar el verano. A veces parece como si estuvieras jugando a algún juego de azar: compras más papeletas cuanto más duro trabajas, cuantos más contactos haces, cuantos más miedos te quitas y te atreves a pedir becas, y proyectos, y presentarte a la “gente importante” aun sabiendo que el rechazo te puede caer en cascada, a irte lejos, a saltar sin red. Aun así: si no juegas no ganas… pero hay que saber a qué se quiere jugar: ¿Lo apostamos todo al rojo? ¿O seguimos jugando un poco más a ver si no se acaba la buena mano?
 
Estaréis pensando que qué narices tiene que ver esto con lo que yo hago. Pues bien, hace poco salieron unas plazas de profesor de universidad, si lo comparo con lo que tengo aquí sería algo bastante mediocre (un sueldo normalito por acabar enseñando los créditos de sobra que nadie quiere, por ser “la nueva”, con apenas tiempo y sin fondos para investigar, que es mi principal interés). Esa sería mi definición de “todo al rojo”, algo que con mi curriculum no es descabellado que consiga, pero que desde luego no me fui para acabar haciendo eso… Mi primera opción es pedir una beca muy prestigiosa, que si consigo me daría un sueldo decente y algo de presupuesto para investigar (y la seguridad de que la docencia, que me encanta, ojo, no se va a comer todo mi tiempo). El problema: que dicha beca sólo tiene un 10% de éxito, es decir, que lo más seguro es que me coma los mocos cuando la pida… entonces, ¿qué es lo mejor? Que me den la primera opción y acabar en un puesto que no me gusta pero al menos “es un trabajo” o ser tan pretenciosa como para no pedirla esperando conseguir mi plan A y arriesgarme a quedarme sin nada… Al final no he tenido que decidir: por una cuestión burocrática no puedo apostarlo “todo al rojo”, así que si no sale mi plan A tendré que recurrir a la creatividad… o considerar quedarme aquí un año más.
 
En fin, Soletes, que hago lo posible porque mi tolerancia ante la incertidumbre vaya mejorando, y confío en que comprando “papeletas” y no cerrándome a opciones algo bueno acabará por salir. Es duro cuando la recompensa no se equipara al esfuerzo, pero creo que ahí está la clave: currar y soñar a partes iguales. Mando desde aquí un beso enorme a Ray, al que de momento no le han tocado más que "ojos de serpiente" en el casino. Ya sabes lo que dicen: “desafortunado en el juego, afortunado en amores”, supongo que no se puede tener todo… (así me va… en fin, ese tema me lo guardo para otro post). Lo dicho: no te rindas que la única manera de no conseguir algo es dejar de intentarlo.
 
Muchos besos, os escribo a la vuelta del viaje a mi sur.
 
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jueves, 15 de marzo de 2018

67. Sol y nieve

Hola Soletes,

Si, de verdad soy yo. Sigo viva… casi más viva que nunca, podríamos decir. Siento mucho haber tardado tanto en escribir, laboralmente es la etapa más estresante que he tenido desde el cambio de trabajo a finales de octubre: estoy escribiendo un proyecto de investigación, tengo que entregar un capítulo para un libro, un resumen para un congreso y un artículo para el número especial de una revista. Personalmente… pues he estado entretenida. He decidido hacer este post para poneros un poco al día porque si no, me temo que os ibais a quedar otro mes a pan y agua: en dos días vuelo a casa y luego voy a un congreso en Copenhague, así que ibais a tardar en tener noticias.

He decidido titular a este post “Sol y nieve” porque lo que voy a contaros son dos viajes que he hecho en este tiempo: una escapada de fin de semana a Portland con Jay y un congreso en Anaheim con visita a Disneylandia incluida. Este post tiene tanto fotos como “chicha”, para al menos podáis viajar un poco conmigo. Abróchense los cinturones porque despegamos ya.

Parte 1: Portland (nieve)
16 de febrero
Este es uno de esos momentos, esos puntos de inflexión en la vida en los que precisamente por lo intenso de lo vivido se hace difícil encontrar tiempo para escribir, uno de esos en los que me alegraré hasta el infinito de haber escrito porque son mágicos, sorprendentes y totalmente impredecibles. Mañana voy a Portland con Jay. He cogido un Airbnb esta tarde para la primera noche, la segunda noche no tengo ni idea de lo que haremos… la idea era ir un poco a la aventura y a ver qué nos encontramos. Si podemos, me encantaría ir a algún sitio a ver algo de naturaleza pero se supone que el domingo nieva. A saber. Me encanta la idea de coger coche y simplemente perdernos por ahí, de descubrir cosas nuevas. Y también de ir descubriendo a Jay. Me está encantando conocerlo, tengo esa sensación como cuando ves una serie que te encanta y no puedes parar de verla, y al mismo tiempo no quieres ver todos los capítulos para que no se acabe y conozcas toda la trama.
 
17 de febrero
Me encantan los viajes por carretera, el Noroeste del Pacífico es precioso, los momentos que pasamos en el coche son simplemente mágicos... como si estuviéramos conectando con el universo a través del movimiento del coche y las notas que resonaban en la cabina, envolviéndonos y obligándonos a estar presentes mientras las siluetas de los árboles ajenos a todo se iban desdibujando con la velocidad de nuestro discurrir por las carreteras. Es otro nivel, es darme cuenta de lo contenta que puedo llegar a estar, es añadir una pequeña chispa a la felicidad tranquila de la que ya disfrutaba antes.

Parada en Olympia, capital del estado de Washington para ver el Ayuntamiento
Es curioso cómo los lugares a veces se reducen a simples escenarios que parecen transformarse dependiendo de la compañía: la Portland de esta escapada no se parece en nada a la que vi en noviembre. Gracias a ir con alguien de aquí, he vivido una experiencia que no podría haber vivido de otra manera. Hemos ido a un bar roquero, con personajes muy interesantes y dibujos en el techo y allí Jay me ha enseñado lo básico de jugar al billar. Él es bastante pro (el chiquillo tiene múltiples talentos… me pregunto si algún día dejará de sorprenderme), ha sacado sus palos desmontables y me ha enseñado cómo lo hace. Me ha encantado verlo en ese ambiente, fluyendo concentrado calculando ángulos, disfrutando del juego. La parte en la que me enseñaba ha sido tan sexy como en las películas, pero muy sutil... tocando mis caderas o empujándome hacia adelante cuando era necesario. ¿O a lo mejor la película está en mi cabeza? Ni idea, lo importante es que me ha encantado.
 
Estaba más oscuro de lo que parece
Terminamos la noche con él jugando al póker y yo mientras escribiendo. El sitio al que fuimos era bastante raro, de alguna forma me recordaba al casino que aparece en Twin Peaks, pero sin la parte de las “chicas”, claro. Llamamos por teléfono para ver si había sitio en la mesa de póker y nos dijeron que sí, pero que el lugar no estaba exactamente donde Google maps decía… tenía pinta de clandestino. Por fuera estaba decorado con diamantes, corazones, picas y tréboles que iban de suelo a techo, por lo que quedaba bastante claro qué se hacía en el interior. No sé si me llamaron más la atención los que organizaban aquello o los jugadores. Al entrar, nos recibió una especie de Betty Boop escotada y que casi parecía que iba a una comicon a hacer un cosplay… no sé a quién parecía más interesada en seducir, si a Jay o a mí. Nos dirigió a un mostrador donde Jay compró las fichas y nos pusieron una pulsera (como esas típicas de los resorts de todo incluido: los jugadores las tenían verdes y los no jugadores azules). El/la croupier de su mesa (no llegué a averiguar qué artículo sería más adecuado ponerle) era también de lo más curioso. Los otros jugadores también parecían sacados de una película: hombrecillos con pinta de dedicar mucho tiempo al juego, de ser infelices en sus rutinas y necesitar una inyección de adrenalina o de buscar un lugar donde sentirse atendidos y ser importantes. Yo estaba muerta de sueño tras una semana bastante intensa, así que no miento si digo que me alegré cuando terminó la partida y nos fuimos a descansar.
 
18 de febrero
Tras una noche de calor inesperado que llevamos como pudimos (nivel: no sé cómo se baja la calefacción así que voy a enchufar el ventilador del techo), llegó una mañana de abrazos, de prepararse el desayuno mutuamente, de conducir de nuevo cogidos de la mano con la ciudad cuan videoclip mientras canciones de rockeros muertos hacían de banda sonora.
 
Una cosa interesante que ha pasado es que Jay y yo queríamos ir al mismo sitio sin saberlo. Se llama The Grotto, es el sitio que me quedé con las ganas de ver la otra vez que vine a la ciudad porque estaba muy lejos. Él quería ir a un sitio “con un acantilado” que no sabía cómo se llamaba. Encontré “el que yo decía” por internet y resultó ser el mismo. El sitio en cuestión es un santuario en medio de unas montañas y unas cuevas. Se respiraba un ambiente muy espiritual y único, por lo visto van muchos peregrinos allí. Mientras una nevada espontánea nos sorprendía, mi primer impulso ha sido ir a besarlo para celebrarlo. A él le ha hecho mucha gracia. Hemos tenido momentos de ver la nieve caer, momentos de estar cogidos de la mano y mirar al infinito. Y un momento místico de entrar en una capilla, supuestamente milagrosa, en la que no sé muy bien cómo he acabado comunicándome con no sé quién y pidiendo una señal de cómo manejar las cosas o por qué camino tirar. Ha sido raro, este chico me está haciendo cuestionarme cosas que no me había cuestionado desde hacía tiempo. De verdad, ¿tiene que venir un desastrillo con patas con el que conectes hasta en lo más extremo para poner todo tu mundo del revés y quitarte vendas de los ojos que no sabías que tenías?
 
Aquí la nevada inesperada

Una de las pocas copias en bronce de La Piedad, de Miguel Ángel que hay en el mundo

Aquí la cueva
Tras volver del sitio mágico, hemos hecho un poco de turismo por la ciudad y le he hablado a Jay de los sitios que visité la otra vez que fui a Portalnd. Para terminar el día, le he acompañado a un torneo de billar… suele jugar y le hacía ilusión ir a uno en Portland. He dormido fatal, así que estoy aquí a base de té a ver si aguanto. Situación actual: otro bar motero que podía ser perfectamente como el Merlotte’s de True Blood, personajes variopintos, música Country, y yo con el Mac escribiendo. Me parecía bien venir porque también me apetecía verlo en su ambiente y saber cómo me siento yo en estas situaciones pero he comprobado lo que sospechaba: que nunca podré ser esa chica que va a todos los partidos de su chico, y se limita a sonreír desde la grada. No, creo que prefiero que (exceptuando ocasiones especiales), si no vamos a estar con más gente, cada uno haga sus cosas y ya nos encontremos al terminar. Principalmente porque no es que me sobre el tiempo, y tengo la sensación de que él también estaría más a gusto sin tener que estar “pendiente” de mí, simplemente porque el billar es una actividad individual que requiere concentración.
 
Ha pasado otra cosa rara, al llegar al sitio del torneo Jay me ha dicho: creo que si te pones en esa mesa puedes ver la partida desde ahí. En la mesa en la que me he sentado había un mapa, en cada mesa uno distinto. Era del sur de España, en concreto cerca de la parte donde me siento yo un nombre ha llamado mi atención: “Málaga”, era un mapa tan grande que hasta podría decir dónde estaba mi casa. ¿Cuáles son las probabilidades de poder ver tu casa en un mapa de una mesa cualquiera, de un bar cualquiera, de una cuidad cualquiera de Estados Unidos? Encima se lo digo a Jay y me dice que puede ser una señal, que él ha elegido este sitio y me dijo que me sentase justo en esa mesa para verle bien. De verdad, no puedo con tanto misticismo. Corto y cierro.
 
Para que veáis que no os engaño...
19 de febrero
Acabamos por volver a su casa a las tantas. Por el camino de vuelta paramos en Tacoma en una especie de museo de Chihuli al aire libre que está ahí escondido para quien lo quiera ver.


Estas son algunas de las piezas que se pueden ver gratis
20 de febrero
Ya en Seattle hemos ido a dar un paseo a un sitio precioso, uno de esos que te hacen ver que no estabas tan enamorada como creías de la ciudad porque aún puedes quedarte más prendada de ella. ¿Habrá sido la compañía quizás? La cuestión es que al final hemos vuelto ya de noche, linternas en mano y tenía la sensación como de estar caminando dentro de un sueño. Como en aquellos campamentos de verano en los que estaba tan cansada que parecía que yo flotaba por los días en vez de los días pasar y proveerme de experiencias. Me ha dado un poco de miedo pero me he dejado llevar y he vuelto a casa sana y salva.
 
Sin palabras...
 
Parte 2: Disney (sol)
Cuando tenía 5 años lanzaron La Sirenita en vídeo. Antes de empezar había un anuncio diciendo que abrían Disneyland París. Corría 1992 y yo tenía mi primer sueño de la infancia. Recuerdo que mi mejor amiga y yo hicimos planes: preparamos nuestras bicicletas con comida y muñecos y nos decidimos a ir. Málaga-París en bicicleta, no está nada mal. Obviamente, nuestros padres lo descubrieron a tiempo y nos quitaron la idea de la cabeza. A medida que crecía, seguí con esa espinita y al descubrir que el parque original estaba en Estados Unidos también quise ir. Cuando cumplí 18 años mis padres me llevaron por sorpresa a Disneyland París y fue de ensueño. Ahora, gracias a que un congreso al que voy se celebra allí voy a tener la oportunidad de conocer el parque original, el que Walt Disney soñó. Ahora que lo pienso: qué egocéntrico ponerle a un parque de atracciones tu apellido, ¿no?. Es curioso pensar que si Walt Disney se hubiera llamado “Smith” sería “Smithlandia”.
 
3 de marzo
Jay me recogió, me llevó a su casa, me cocinó sopa de tomate y un sándwich mixto a la plancha que estaba riquísimo y me llevó al aeropuerto puntualmente.
 
Voy en el avión rumbo al congreso, objetivo: aprender cosas nuevas y pillar un poco de solecito californiano. Acaban de decir que vamos a aterrizar en Orange County: California here we come! ¡¡No me creo que vayamos a ir a Disney hoy!! Seguiremos informando.

La verdad es que sí que es naranja...
10 de la noche
Pues ya lo he hecho: he visitado Disneyland. Como siempre que esperas algo con mucho anhelo, la realidad se aleja de tu perfecta fantasía. Todo era más pequeño de lo que esperaba (el castillo de París es el doble de grande, por ejemplo) y predominaba un aire de nostalgia vintage. Aun así, me ha encantado conocer algunos clásicos: Piratas del Caribe, crucero por la jungla, los cohetes y los coches. También he descubierto cosas nuevas: un submarino inspirado en Buscando a Nemo en el cuál vas bajo el agua y se las apañan para proyectar animaciones… al mezclarse con las algas y los corales que son reales, da la sensación de que los personajes están vivos de verdad. Por último, he revisitado una de las atracciones que más me gustó de París:  una basada en Toy Story en la cual eres del mando estelar y tienes que vencer al emperador Zurg, para ello tienes una pistola laser y un coche que puedes girar y te dan puntos cuando aciertas en unas dianas. Queríamos ir al Space Mountain pero Barbara y yo estábamos cansadas, heladas, y la cola era de hora y media… así que nos fuimos al hotel a descansar y eso fue todo.
 
Por pequeño que fuese, no negaré que transmitía magia...

Los cohetes famosos

El cuarto de Andy <3
5 de marzo
El resto de los días transcurren entre charlas, talleres, ratos de trabajar al sol en la piscina con canciones Disney de fondo y descansos en nuestra habitación temática. Tras eso vuelvo a Seattle, a un inesperado sol, al trabajo sin final y a Jay. Me ha gustado el Condado Naranja… creo que volveré.

Detalle de la habitación
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Soletes míos, lo dicho. Me voy a la cama que me han dado las tantas y mañana me espera un día de acabar cosas a marchas forzadas y preparar la maleta. Escribiré para contaros qué tal Copenhague y su nieve. Eso sí: no sé cuándo… intentaré que sea pronto.

¡Mil besos!

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