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sábado, 9 de febrero de 2019

71. La última superviviente (despega como puedas)


Queridísimos Soletes, he vuelto, he vuelto porque la ocasión lo merecía, porque vosotros lo merecíais y porque por fin parece que voy recuperando el equilibrio y las fuerzas para hacer cosas que no son esenciales (aunque no por ello sean menos importantes). Sin más, os dejo con un muy demorado nuevo post: abrochaos los cinturones, o casi mejor los arneses, porque en esta montaña rusa los giros de guion os pueden tirar de la silla.

7 de febrero
Resulta raro llenar la maleta con ropa de verano mientras puedes ver nieve por la ventana, resulta extraño meter el bañador y la protección solar cuando te acabas de quitar el abrigo y tu cuerpo te pide manta… pero resulta aún más extraño hacerlo cuando ni siquiera sabes si podrás volar y si lo haces, cuándo será la próxima vez que puedas dormir en una cama. Con suerte, 4 países, dos continentes y muchas aventuras me acogerán en las próximas dos semanas… con muy mala suerte, sopa de lata, velas y algún libro serán mi mejor compañía mientras todo vuelve a la normalidad. 

Me parece que me he adelantado un poco, Soletes, os daré algo de contexto. Estamos en alerta por tormenta de nieve y viento. La semana pasada nevó dos días y la ciudad entera se paralizó… En este momento hay activo un plan de emergencia en mi trabajo por condiciones meteorológicas extremas y algunos supermercados están vacíos de suministros. De verdad, a estos americanos les gusta más un escenario de desastres naturales… Mi querida Ciudad Esmeralda tiene muchas cosas buenas, pero saber prepararse para la nieve no es una de ellas. Ahora entiendo que en Nueva York, Minneapolis o Chicago se rían de nosotros, les doy toda la razón.





Mi primer vuelo estaba programado para el sábado por la tarde, pero el jueves a las 7 de la tarde me llamó mi jefa (cosa que rara vez hace) y supe que algo no iba bien. Me dijo que teníamos todas las papeletas para quedarnos en tierra con el vuelo cancelado, que intentase volar mañana (viernes) a primera hora, antes de que empezase la alerta. Mi primer vuelo era a Vancouver, que no está demasiado lejos, pero el tren no es una alternativa porque tienes que hacer el viaje completo, con todas las escalas para que te mantengan los billetes. Así que no nos queda otra que salir desde aquí en avión… El problema es que al haber reservado con una agencia de viajes (política de mi trabajo) no podemos cambiarlo nosotras con la aerolínea y tenemos que esperar a que abran a las 7 de la mañana. Total, que yo pensaba que tenía un día más para prepararme pero tuve que atar todo los cabos de trabajo que pude (sabiendo que iba a pasar dos semanas desaparecida) y salir corriendo hacia mi apartamento a limpiar y hacer la maleta. Y aquí me hallo, Soletes, manejando esta incertidumbre como puedo y escribiendo para relajarme. Sé que estaréis pensando: “Pero ¿dónde vas?, ¡deja de hacerte la misteriosa!” Pues nada más y nada menos que a dos de mis destinos soñados, a los cuales no pensaba que pudiese llegar a ir: Auckland, Nueva Zelanda y a Sídney, Australia. La idea es pasar una semana en cada destino, en el primero en un congreso y en el segundo haciendo una visita de laboratorio.

Lo que sé de Nueva Zelanda es que allí viven los maoríes (y lo poco que sé de ellos es por los All Blacks y el Haka), que son dos islas preciosas y que allí se rodó El Señor de los anillos y El Hobbit. Si el plan de emergencia sale bien, vuelo a Vancouver, paso un día allí, espero conseguir algún lugar para pasar la noche y luego vuelo directa a Auckland. Llego a las 5.30 de la mañana (dos días más tarde, porque se cruza la línea de fecha… la cual ignoraba que existiera hasta ahora) y tras un vuelo de 14h me alojo en un AirBnB que espero encontrar. Ese día pretendo visitar con mi jefa una isla con unos viñedos y unas playas con muy buena pinta. Pero a saber, porque creo que voy a llegar que no sé ni quién soy.
 

Mi futuro yo
 
Al día siguiente a las 6.30 de la mañana me recogen para hacer un tour del cual tengo muchísimas ganas: Hobbiton (el sitio donde se rodó el Hobbit y el Señor de los Anillos) y La Comarca, un sitio donde hay géiseres y unas cuevas llenas de luciérnagas. Al día siguiente empieza el congreso con un Powhiri (una ceremonia maorí de bienvenida) y ya nos metemos en materia. Aunque sea trabajo también tengo ganas de ir por la temática tan interesante y por la de contactos que pueda hacer.
 
Tras el congreso tendré una mañana libre para rebañar lo que pueda de la ciudad y me iré al aeropuerto rumbo a Sídney. Esa parte del viaje será más relajada: tendré varias visitas de laboratorio y tiempo para hacer turismo. Con suerte podré ver a una amiga que vive allí y a su bebé, ir a un zoo a ver ornitorrincos, canguros, koalas, wombats… ir a un planetario y aprender las constelaciones del hemisferio sur, visitar la ópera, buscar a Nemo y probar las hamburguesas bañadas en queso. Y creo que me dejo lo más importante: disfrutar de un poco de verano y del sol. 
 
Pero claro, eso será si consigo 1) llegar al aeropuerto y 2) salir de Seattle… Esperemos que todo quede en un “hay que ver las cosas que te pasan” porque me daría mucha pena perderme las cosas tan chulas que tengo planeadas. Tengo la sensación de que voy a vivir experiencias de esas que te cambian, que voy a tener que dejarme llevar y ampliar mis límites si quiero disfrutar. Pero, ¿sabéis qué? Que estoy dispuesta a hacerlo.
 
8 de febrero, 9 de la noche
“Que llueva, por favor… que llueva…”. Me encuentro a mí misma deseando algo que nunca hubiera sospechado en Seattle: que caiga agua del cielo, que caiga y limpie toda la nieve que se ha ido acumulando a lo largo de las horas. Oigo un avión pasar por encima de mi cabeza y eso me da algo de esperanza. Me asomo y es nieve, un montón de nieve. En otras circunstancias estaría maravillada, muy contenta e incluso aliviada de tener la excusa del mal tiempo para pasar el fin de semana en casa calentita. Pero ahora no, aunque me sigue pareciendo precioso y creo que nunca he visto nevar con esta intensidad, lo último que me conviene es que se siga acumulando la nieve por todas partes.
 
 
Sí, sigo en Seattle. Esta mañana me levanté temprano, me vestí, lo dejé todo listo para salir y en cuanto dieron las 7 llamé por teléfono a la agencia de viajes. Tras media hora al teléfono con una agente que no entendía por qué no me parecía bien coger un vuelo a las 4 de la tarde (cuando le había explicado mil veces lo de la alerta por nieve), me dijo que tenía que consultar cuánto me costaría, que como mi aerolínea no tenía ninguna política referente al mal tiempo, si quería hacer cambios eso corría de mi cuenta, así que me llamaría en media hora.
 
Cuarenta y dos minutos después estaba de los nervios… el potencial vuelo que iba a coger salía en tres horas y la hora punta de tráfico estaba comenzando. Justo entonces me sonó el teléfono. Mi amiga la agente me dijo que si quería hacer ese cambio tenía que pagar mil dólares. Mil. Por cambiar un vuelo a Vancouver que está a la vuelta de la esquina. Le dije que lo dejase como estaba… Llamé a mi jefa y se lo conté, me dijo que suerte mañana, que ella por fortuna sí lo había podido cambiar (viajaba con otra compañía).
 
Compuesta y sin novio, decidí ir a trabajar para que me diera un poco el aire, despejarme y ya de paso adelantar cosas y no tener tanto que hacer en el viaje. Para la una estaba de vuelta, llevaba media hora nevando y no me arriesgaba que se pusiera peligroso. Conseguí hacer el check-in online y comprobé aliviada que, de momento, no habían cancelado los vuelos. Una amiga me dijo que otras veces el aeropuerto ha funcionado bien aún con nieve, aunque ha salido en el periódico que hoy han cancelado 157 vuelos. En fin, aún tengo esperanzas de que si consigo llegar a la estación de tren (supongo que será peligroso o imposible ir por carretera al aeropuerto) aún tengo posibilidades realistas de volar. 
 
Y aquí estoy, mirando embobada por la ventana este agridulce espectáculo, sintiendo que con cada centímetro que se acumula, se levanta un muro más alto entre Nueva Zelanda y yo, entre esas aventuras tan soñadas y yo. Sé que llegaré… pero espero que con tiempo de algo más que sólo ir al congreso. Se supone que de madrugada dejará de nevar… espero que hayan activado algún plan de contingencia y puedan limpiar las pistas de los aviones o lo que sea… ay, voy a ver alguna serie para despejarme que mañana, en cualquier caso, será un día largo.
 
9 de febrero, 9 de la mañana
Un espeso manto blanco lo cubre todo. Todo. Miro el estado de las carreteras: normal. Miro el email: el vuelo sigue programado para la hora esperada.
 
Me ducho, me visto, arreglo un poco el piso y pido un Uber. “No hay coches disponibles, su viaje ha caducado”. Uy. Pido un Uber a la estación de tren en vez de al aeropuerto. Lo mismo. Lo intento una última vez mientras miro el panorama por la ventana y desisto.



Dado el estado de las carreteras no les culpo...

 
11.45
Decido ir andando a la estación de tren, son sólo 15 minutos. Cuando salgo a la calle entiendo el porqué de la ausencia de Ubers: no se ve un alma, ni coches ni personas. Bajo las cuestas como puedo, descubriendo que es mejor llevar la maleta por las partes por las que el hielo resbala y andar por la nieve no pisada. Madre mía, lo que hay que hacer por la ciencia. Para que os hagáis una idea, os podéis imaginar la escena de la película Vacaciones en la que Cameron Díaz va arrastrando sus maletas por la nieve. Pues lo mismo pero sin tacones, y sin tanto glamour. 
 
 
Llego a una calle transversal con una marquesina y me paro a descansar un momento. Veo que me ha llegado un email de Air Canadá. No... Sí. Me dan la segunda peor noticia que podían darme: han retrasado mi vuelo una hora y media. No creo que pueda coger la conexión a Auckland con tan poco tiempo... a ver si pudieran reubicarme en un vuelo a LA y coger la conexión que iba a coger mi jefa ayer...
 
Al menos las vistas desde el tren son bonitas
12.30
El agente del mostrador me dice que no me preocupe, que con una hora en Vancouver tengo más que suficiente para cambiar de avión, que no tengo que entrar al país ni nada. Vale. Paso el control de seguridad, entro en una cafetería, pido la comida y: nuevo email “su vuelo ha sido cancelado, no hemos podido reubicarla en otro vuelo, lo sentimos”. Y se quedan tan anchos.
 
Le pido disculpas a la camarera mientras cancelo el pedido y salgo corriendo hacia… ¿Hacia dónde? Miro en un mapa del aeropuerto dónde están los mostradores de las aerolíneas o el servicio de atención al cliente y no aparece. No gracias, no necesito un masaje de cervicales ni una botella de bourbon… bueno a lo mejor sí, pero tengo otras prioridades. Termino encontrando a un trabajador que me dice que tengo que salir y volver al mostrador de facturación. Genial.
 
Media hora de reloj durante la cual la agente, muy concentrada, mira su ordenador, resopla, se quita las gafas, se las pone, cambia de ordenador, le pregunta bajito algo a su compañero y no me dirige la palabra, se me hace eterna. Finalmente me mira: parece que ha conseguido reubicarme en un vuelo a San Francisco. Me pide una descripción de la maleta para que puedan encontrarla y ponerla en el vuelo nuevo (doy gracias a tener un pijama y una muda en la maleta de mano… y a que terminase comprándome una maleta bastante llamativa morada de flores que estaba de oferta).
 
Ya más “tranquila” (en estos momentos no me creo aún que vaya a ser capaz de escapar al Seattle Snowcalipsis 2019) vuelvo al restaurante, como, y me voy a una cafetería a por un Oolong gigante para hidratarme un poco y meterle antioxidantes a mi pobre cuerpo. Y desde aquí os escribo… más noticias desde San Francisco.
 
8 de la tarde
Soletes, lo he conseguido, la nieve dejó paso al sol y despegamos sin problemas. Y desde aquí, desde este lobby de aeropuerto retomo el blog con el firme propósito de volver. Esperemos que sea una metáfora de mi vida, y tras estos meses de frío desierto y mustio los primeros brotes verdes de la primavera se empiecen a abrir paso en mí.


Si todo va bien, en dos semanas podréis leer mis aventuras en Nueva Zelanda. Esto ha sido sólo el principio quién sabe qué aventuras me esperan en mi primer viaje a Oceanía. No lo quiero decir muy alto, pero tengo un buen presentimiento.
 
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domingo, 29 de julio de 2018

69. Extraños en la noche

“Strangers in the night
Exchanging glances
Wondering in the night
What were the chances”
Strangers in the night, Frank Sinatra
 
Hola Soletes, la verdad es que no sabía a qué dedicar mi siguiente post y, muy a mi pesar, la inspiración ha venido de la forma más inesperada. Mis últimas semanas han consistido básicamente en trabajar durante casi todo el día, ducharme, cenar y dormir, por lo que no tenía nada digno de reseñar. ¿Os acordáis de lo que os conté de los botes de el lago? Pues resulta que cuando intentamos ir a coger uno el sitio estaba cerrado. Había en la puerta un cartel diciendo que uno de los trabajadores había desaparecido el 4 de julio y lo estaban buscando... así que me quedé preocupada y sin paseo. Otra excepción a la rutina es que fui con Ojitos, que por cierto: ¡ha vuelto a Seattle!, al Dragon Fest, una celebración de la cultura asiática que tiene lugar en el distrito internacional. En una frase: tremendo calor, nos pusimos hasta arriba de comida y se les ocurrió poner un escenario en pleno sol sin toldos... o sea que tampoco hay nada digno de reseñar. Así que aquí va una de esas historias curiosas que supongo que podrían pasar en cualquier parte del mundo pero que a veces creo que sólo me pasan a mí. ¿Tenéis las palomitas a mano? 
 
29 de julio
1.00AM
Por fin a dormir. Las temperaturas llevan varios días subiendo de 30 grados, lo que supone un calor inusual para Seattle que convierte mi minúsculo apartamento en un invernadero que se queda recalentado incluso por la noche. Como consecuencia, estoy durmiendo con la ventana abierta. Resulta que están arreglando la autopista que está a tres calles de mi edificio y a veces hacen un ruido insoportable, por lo que me encontré durmiendo con antifaz y tapones. Había sido un día largo y pensé que una noche de sueño reparador sería lo que me ayudaría a recuperarme. Ilusa de mí.
 
2.54AM
Mi corazón palpita con fuerza, algo va mal pero no sé qué es. Salgo del mundo de los sueños mientras me doy cuenta de que alguien está aporreando mi puerta y, a duras penas, atino a quitarme los tapones, atino quitarme el antifaz, y no atino del todo a ponerme los pantalones (es verano, así que a veces duermo con una camiseta). Me acerco a la puerta con mil posibilidades rondando por mi cabeza: ¿hay un incendio y los bomberos vienen a sacarme?, ¿algún vecino borracho intenta entrar al apartamento equivocado?, ¿A mi ex le ha dado un chispazo y ha venido aquí de madrugada? Me asomo a la mirilla y no hay nadie. El corazón me va a mil por hora y no puedo volver a dormirme… me siento vulnerable, como si tuviera que permanecer alerta.
 
Unos minutos después veo unas sombras en el pasillo. Me preparo para abrir la puerta cuando llamen pero no sucede, en lugar de eso oigo cómo algo se arrastra por el suelo. Enciendo la linterna del móvil para no delatar que estoy despierta y alumbro la zona cercana a la puerta. Han metido una tarjeta por la ranura… creo que descartamos los bomberos.
 
Básicamente la nota me preguntaba que si había movido los altavoces, que nunca antes había oído mi música y que ahora parecía que los tenía en su dormitorio. Y que le gustaban mis listas de reproducción. 
 
¿Qué? ¿Alguien pensaba que estaba dando una fiesta y por eso aporreaba mi puerta? Pero a quién se le ocurre no asegurarse primero, pegar la cabeza a la puerta para asegurar que la música venía de ahí o algo. En mi apartamento no se escucha absolutamente nada. En fin, mañana lo diré por el muro virtual de la comunidad.
 
Prueba A
 
Tras mucho luchar me quedo dormida sobre las 5.
 
6.00AM
Llaman otra vez.
 
Salgo de la cama como un rayo, esta vez decidida a tirarle de las patillas a quien sea que me esté haciendo pasar por este sufrimiento y me encuentro con mi vecina de al lado, una mujer de unos 50 años a la que apenas he visto en los 6 meses que lleva viviendo aquí. Me quedo muy sorprendida, se me queda mirando con cara extrañada de que yo tenga cara obviamente de dormida (y supongo que de cabreo) y de que estén todas las luces de mi casa apagadas. Le preguntó si ha sido ella la que ha estado llamando a mi puerta por la noche y ha dejado una tarjeta por debajo de la puerta y me dice que sí, que se va a volver loca que lleva toda la noche escuchando música y que le perdone, que pensaba que era yo porque no tiene más vecinos al lado. Así que le digo que seguramente serán los de arriba o los de abajo, que se queje a la inmobiliaria. 
 
Entonces me dice: “corre, entra mi casa que quiero que escuches la música”. A todo esto, yo estaba sin sujetador, con los pelos de loca de acabarme de despertar, descalza, y en pijama. No sé por qué, le hice caso y me dirigí a su apartamento mientras recordaba cómo alguna que otra vez la había oído discutir a gritos por teléfono y recé porque no estuviera loca de verdad. Entré en su apartamento y por el camino pise una toalla mojada (que supongo que habría puesto originalmente debajo de su puerta intentando amortiguar la música infernal que venía de "mi apartamento"), qué asco. Llegué a su dormitorio, decorado con muy buen gusto, por cierto, y no se oía ni una mosca. Me dijo, totalmente frustrada, que cuando vino a llamar a mi puerta pasó lo mismo, que la música paró un rato... que por eso pensaba que era yo.
 
Le dije que si le volvía a pasar podía avisar a la patrulla de cortesía, que para eso estaba. Emprendí el camino de salida hacia la puerta, lo único que quería era irme a intentar descansar de una vez. Ella se volvió, me sonrió y me dijo: “soy Rachel, por cierto”. Le estreché la mano y me largué como alma que lleva el diablo.
 
 Eso es lo que he dormido hoy según mi Fitbit: poco tirando a una m*****
 
11.30AM
Me voy a meter en la ducha y escucho un ruido fuera. Veo a mi vecina en el pasillo, entre su apartamento y el mío, de pie sin moverse, mirando al infinito. No ayuda a que me sienta mejor.
 
1.45PM
Oigo más ruidos y me asomo cuan vieja cotilla por la mirilla. Veo a la susodicha hablando con un hombre, que entiendo es de mantenimiento del edificio. Parece que está enfadada. No oigo bien lo que dice pero me parece que no habla de la música… habla de oír arañar, de que no está loca (cosa que empiezo a plantearme como posibilidad) y de que estaba en la cama y tocó “el cuerpo”. Seguidamente dice que se va abajo, que cuando acaben tiren las sábanas a la basura.
 
Sí, me vine arriba y me puse a jugar a los detectives... ¡Tenía derecho a la verdad!
Madre mía, esto sí que me interesa… ¿Y si hay una plaga de ratones o algo? Y, ¿qué es eso de “el cuerpo”? (he preguntado a un par de amigas si se puede usar en inglés para referirse a animales, a ratones o cucarachas y me han dicho que no. Quizás no lo oí bien.
 
Viene otro hombre y junto con el primero (el de mantenimiento) entran en el apartamento pegando un portazo. No oigo nada más hasta que la guapa decide volver y pregunta: “¿Habéis encontrado alguno/a?” entiendo que debieron de contestarle que no, porque lo siguiente y último que escuché fue: “Pues entonces tenemos un problema”.
 
Y así me he quedado, sin saber qué narices cree ella que ha pasado, qué ha pasado de verdad y si tengo que preocuparme porque me coman las ratas o por tener una vecina con un trastorno bipolar que irrumpa en mi piso a media noche (digo esto porque sé que un brote de manía se puede desencadenar por la falta de sueño y a veces vienen acompañados de alucinaciones). Pero así es Seattle, Soletes, no importa el lugar ni la hora: el espectáculo está servido.
 
Fin(?)
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Por cierto, Soletes, en dos días viene mi familia a visitarme. Estoy muy contenta e ilusionada, pues hace como cinco años que no vamos los cinco juntos de viaje. El fin de semana que viene haremos un viaje por carretera alrededor de la Península de Olympic, tal como hice con mis hermanas el marzo pasado, cuando nos encontramos con el hombre lobo (podéis volver a leer el post aquí). Al otro vamos a visitar Vancouver, así que prometo volver con uno o dos post viajeros ilustrando esas nuevas aventuras. 
 
Disfrutad de las vacaciones si os contáis entre los afortunados que tenerlas.

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sábado, 7 de julio de 2018

68. Cien gaviotas


“Hoy el viento sopla más de lo normal 
las olas intentando salirse del mar 
el cielo es gris y tú no lo podrás cambiar 
mira hacia lo lejos busca otro lugar 
y cien gaviotas donde irán.”
Cien gaviotas, Duncan Dhu
 
Hola Soletes,
Ha pasado una eternidad desde la última vez que compartí alguna de mis vivencias con vosotros. Más de tres meses en los que mi mundo se ha puesto patas arriba. Acabo uno de los días más largos del año casi de la misma manera que lo empecé: al aire libre y viendo cómo se apaga el sol. Ahora hace calor, la luz del día ha durado unas 15 horas y mi vida no puede ser más diferente. Mucho ha pasado en estos meses, tanto que no he tenido fuerzas para continuar con el blog... pero creo que ya es el momento, así que aquí va. Bienvenidos de nuevo a mis aventuras (y desventuras).
 
Esta vez no me he ausentado porque estuviese de parranda, ni tampoco porque estuviese muerta, claro, pero sí porque la vida me pesaba demasiado como para invertir mis energías en algo más de lo estrictamente necesario. Me encanta escribir, me hace feliz compartir mis andaduras por Ciudad Esmeralda con vosotros y es algo que además me relaja y me hace sentir conectada con los que están lejos. Pero hay veces en las que, como dice la canción, “el viento sopla más de lo normal” y se entra en modo supervivencia: hacer lo justo para seguir funcionando, atender al trabajo y la familia, y poco más.
 
Como supongo que tendréis curiosidad, os resumo un poco: a principios de abril, prácticamente al mismo tiempo, sucedieron dos cosas. Por un lado, Jay y yo lo dejamos. Fue una situación surrealista que no voy a detallar… pero sí os diré que es una de esas cosas que cuando te levantas por la mañana no te imaginas que van a pasar, que me costó procesarla y que está claro que estamos mejor así. Así que ese capítulo queda clausurado. No me arrepiento de haberlo conocido, ya que viví cosas geniales, pero no voy a negar han quedado cicatrices (metafóricas). Lo segundo es que decidí viajar a España por un problema grave de salud de un familiar, que por suerte se está recuperando poco a poco (te mando un besazo enorme y mucho ánimo desde aquí, que siendo mi “editora honorífica que caza todos los errores tipográficos” seguro que me estás leyendo). Al final el viaje se alargó, con lo que el ámbito laboral (que a esas alturas era casi lo único que iba viento en popa en mi vida) se volvió también un poco cuesta arriba. Volver aquí y tener la tarea de recuperarme estando lejos de mi familia y de la mayor parte de mis amigos se me hizo más duro de lo que esperaba.
 
Así que en eso he estado, Soletes, en descansar todo lo que he podido, ponerme al día y darme permiso para no estar al 100%, e ir a mi ritmo, dejándome sentir tristeza si lo necesitaba. Parece que todos los mensajes que nos llegan hoy por las redes nos instan a estar siempre con una sonrisa permanente en la cara y nos convencen de que, si no es así, algo estamos haciendo mal. Pues no estoy nada de acuerdo, pocas cosas pueden causar más ansiedad que obcecarse en seguir como si nada y covencerse a uno mismo de que somos a prueba de bombas. No somos robots, como humanos que somos tenemos un abanico de emociones que sirven para ayudarnos en diferentes momentos vitales, así que Soletes, no os dejéis apabullar por esa tiranía del "buenrollismo": si hay que llorar se llora, que luego las sonrisas salen con mucha más fuerza. Parece que aquí, en Ciudad Esmeralda, después de tanto llover por fin empieza a salir el arcoíris. 
 
Pues ese es el resumen de mis tres meses de silencio, espero volver prontito con nuevas aventuras, ya que en verano Seattle se convierte en un hervidero de festivales y actividades al aire libre y que pronto tendré visitas con escapadas rurales incluídas, así que seguro que hay mucho que contar. Por lo pronto, mañana voy a un lago a montar en hidropedal… a ver si doña patosa (es decir, yo) no acaba nadando con los patos. Mientras llega el siguiente (espero que más interesante y divertido), os dejo el enlace a un post que escribí el año pasado con consejos para viajar, por si decidís ir por ahí este verano.
 
Para terminar, quiero dar mil millones de gracias a mis amigos y familia por estar ahí y apoyarme mientras recupero mi brillo natural. Gracias por escuchar mis notas de voz, por los Skype desfasados, por los mensajes interminables, por sacarme sonrisas cuando creía que ya no me quedaban (aunque sea con bromas inapropiadas) y por hacerme ver que yo también tengo derecho a no ser siempre “perfecta”. Y gracias a vosotros, Soletes, por la paciencia, si no estuvieseis ahí seguro que no me habría animado a retomar esto. Hasta que os escriba de nuevo, os dejo con una foto del atardecer desde mi azotea.
 
No es una foto perfecta, pero aún así es bonita. Así que merece que la comparta :)

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jueves, 15 de marzo de 2018

67. Sol y nieve

Hola Soletes,

Si, de verdad soy yo. Sigo viva… casi más viva que nunca, podríamos decir. Siento mucho haber tardado tanto en escribir, laboralmente es la etapa más estresante que he tenido desde el cambio de trabajo a finales de octubre: estoy escribiendo un proyecto de investigación, tengo que entregar un capítulo para un libro, un resumen para un congreso y un artículo para el número especial de una revista. Personalmente… pues he estado entretenida. He decidido hacer este post para poneros un poco al día porque si no, me temo que os ibais a quedar otro mes a pan y agua: en dos días vuelo a casa y luego voy a un congreso en Copenhague, así que ibais a tardar en tener noticias.

He decidido titular a este post “Sol y nieve” porque lo que voy a contaros son dos viajes que he hecho en este tiempo: una escapada de fin de semana a Portland con Jay y un congreso en Anaheim con visita a Disneylandia incluida. Este post tiene tanto fotos como “chicha”, para al menos podáis viajar un poco conmigo. Abróchense los cinturones porque despegamos ya.

Parte 1: Portland (nieve)
16 de febrero
Este es uno de esos momentos, esos puntos de inflexión en la vida en los que precisamente por lo intenso de lo vivido se hace difícil encontrar tiempo para escribir, uno de esos en los que me alegraré hasta el infinito de haber escrito porque son mágicos, sorprendentes y totalmente impredecibles. Mañana voy a Portland con Jay. He cogido un Airbnb esta tarde para la primera noche, la segunda noche no tengo ni idea de lo que haremos… la idea era ir un poco a la aventura y a ver qué nos encontramos. Si podemos, me encantaría ir a algún sitio a ver algo de naturaleza pero se supone que el domingo nieva. A saber. Me encanta la idea de coger coche y simplemente perdernos por ahí, de descubrir cosas nuevas. Y también de ir descubriendo a Jay. Me está encantando conocerlo, tengo esa sensación como cuando ves una serie que te encanta y no puedes parar de verla, y al mismo tiempo no quieres ver todos los capítulos para que no se acabe y conozcas toda la trama.
 
17 de febrero
Me encantan los viajes por carretera, el Noroeste del Pacífico es precioso, los momentos que pasamos en el coche son simplemente mágicos... como si estuviéramos conectando con el universo a través del movimiento del coche y las notas que resonaban en la cabina, envolviéndonos y obligándonos a estar presentes mientras las siluetas de los árboles ajenos a todo se iban desdibujando con la velocidad de nuestro discurrir por las carreteras. Es otro nivel, es darme cuenta de lo contenta que puedo llegar a estar, es añadir una pequeña chispa a la felicidad tranquila de la que ya disfrutaba antes.

Parada en Olympia, capital del estado de Washington para ver el Ayuntamiento
Es curioso cómo los lugares a veces se reducen a simples escenarios que parecen transformarse dependiendo de la compañía: la Portland de esta escapada no se parece en nada a la que vi en noviembre. Gracias a ir con alguien de aquí, he vivido una experiencia que no podría haber vivido de otra manera. Hemos ido a un bar roquero, con personajes muy interesantes y dibujos en el techo y allí Jay me ha enseñado lo básico de jugar al billar. Él es bastante pro (el chiquillo tiene múltiples talentos… me pregunto si algún día dejará de sorprenderme), ha sacado sus palos desmontables y me ha enseñado cómo lo hace. Me ha encantado verlo en ese ambiente, fluyendo concentrado calculando ángulos, disfrutando del juego. La parte en la que me enseñaba ha sido tan sexy como en las películas, pero muy sutil... tocando mis caderas o empujándome hacia adelante cuando era necesario. ¿O a lo mejor la película está en mi cabeza? Ni idea, lo importante es que me ha encantado.
 
Estaba más oscuro de lo que parece
Terminamos la noche con él jugando al póker y yo mientras escribiendo. El sitio al que fuimos era bastante raro, de alguna forma me recordaba al casino que aparece en Twin Peaks, pero sin la parte de las “chicas”, claro. Llamamos por teléfono para ver si había sitio en la mesa de póker y nos dijeron que sí, pero que el lugar no estaba exactamente donde Google maps decía… tenía pinta de clandestino. Por fuera estaba decorado con diamantes, corazones, picas y tréboles que iban de suelo a techo, por lo que quedaba bastante claro qué se hacía en el interior. No sé si me llamaron más la atención los que organizaban aquello o los jugadores. Al entrar, nos recibió una especie de Betty Boop escotada y que casi parecía que iba a una comicon a hacer un cosplay… no sé a quién parecía más interesada en seducir, si a Jay o a mí. Nos dirigió a un mostrador donde Jay compró las fichas y nos pusieron una pulsera (como esas típicas de los resorts de todo incluido: los jugadores las tenían verdes y los no jugadores azules). El/la croupier de su mesa (no llegué a averiguar qué artículo sería más adecuado ponerle) era también de lo más curioso. Los otros jugadores también parecían sacados de una película: hombrecillos con pinta de dedicar mucho tiempo al juego, de ser infelices en sus rutinas y necesitar una inyección de adrenalina o de buscar un lugar donde sentirse atendidos y ser importantes. Yo estaba muerta de sueño tras una semana bastante intensa, así que no miento si digo que me alegré cuando terminó la partida y nos fuimos a descansar.
 
18 de febrero
Tras una noche de calor inesperado que llevamos como pudimos (nivel: no sé cómo se baja la calefacción así que voy a enchufar el ventilador del techo), llegó una mañana de abrazos, de prepararse el desayuno mutuamente, de conducir de nuevo cogidos de la mano con la ciudad cuan videoclip mientras canciones de rockeros muertos hacían de banda sonora.
 
Una cosa interesante que ha pasado es que Jay y yo queríamos ir al mismo sitio sin saberlo. Se llama The Grotto, es el sitio que me quedé con las ganas de ver la otra vez que vine a la ciudad porque estaba muy lejos. Él quería ir a un sitio “con un acantilado” que no sabía cómo se llamaba. Encontré “el que yo decía” por internet y resultó ser el mismo. El sitio en cuestión es un santuario en medio de unas montañas y unas cuevas. Se respiraba un ambiente muy espiritual y único, por lo visto van muchos peregrinos allí. Mientras una nevada espontánea nos sorprendía, mi primer impulso ha sido ir a besarlo para celebrarlo. A él le ha hecho mucha gracia. Hemos tenido momentos de ver la nieve caer, momentos de estar cogidos de la mano y mirar al infinito. Y un momento místico de entrar en una capilla, supuestamente milagrosa, en la que no sé muy bien cómo he acabado comunicándome con no sé quién y pidiendo una señal de cómo manejar las cosas o por qué camino tirar. Ha sido raro, este chico me está haciendo cuestionarme cosas que no me había cuestionado desde hacía tiempo. De verdad, ¿tiene que venir un desastrillo con patas con el que conectes hasta en lo más extremo para poner todo tu mundo del revés y quitarte vendas de los ojos que no sabías que tenías?
 
Aquí la nevada inesperada

Una de las pocas copias en bronce de La Piedad, de Miguel Ángel que hay en el mundo

Aquí la cueva
Tras volver del sitio mágico, hemos hecho un poco de turismo por la ciudad y le he hablado a Jay de los sitios que visité la otra vez que fui a Portalnd. Para terminar el día, le he acompañado a un torneo de billar… suele jugar y le hacía ilusión ir a uno en Portland. He dormido fatal, así que estoy aquí a base de té a ver si aguanto. Situación actual: otro bar motero que podía ser perfectamente como el Merlotte’s de True Blood, personajes variopintos, música Country, y yo con el Mac escribiendo. Me parecía bien venir porque también me apetecía verlo en su ambiente y saber cómo me siento yo en estas situaciones pero he comprobado lo que sospechaba: que nunca podré ser esa chica que va a todos los partidos de su chico, y se limita a sonreír desde la grada. No, creo que prefiero que (exceptuando ocasiones especiales), si no vamos a estar con más gente, cada uno haga sus cosas y ya nos encontremos al terminar. Principalmente porque no es que me sobre el tiempo, y tengo la sensación de que él también estaría más a gusto sin tener que estar “pendiente” de mí, simplemente porque el billar es una actividad individual que requiere concentración.
 
Ha pasado otra cosa rara, al llegar al sitio del torneo Jay me ha dicho: creo que si te pones en esa mesa puedes ver la partida desde ahí. En la mesa en la que me he sentado había un mapa, en cada mesa uno distinto. Era del sur de España, en concreto cerca de la parte donde me siento yo un nombre ha llamado mi atención: “Málaga”, era un mapa tan grande que hasta podría decir dónde estaba mi casa. ¿Cuáles son las probabilidades de poder ver tu casa en un mapa de una mesa cualquiera, de un bar cualquiera, de una cuidad cualquiera de Estados Unidos? Encima se lo digo a Jay y me dice que puede ser una señal, que él ha elegido este sitio y me dijo que me sentase justo en esa mesa para verle bien. De verdad, no puedo con tanto misticismo. Corto y cierro.
 
Para que veáis que no os engaño...
19 de febrero
Acabamos por volver a su casa a las tantas. Por el camino de vuelta paramos en Tacoma en una especie de museo de Chihuli al aire libre que está ahí escondido para quien lo quiera ver.


Estas son algunas de las piezas que se pueden ver gratis
20 de febrero
Ya en Seattle hemos ido a dar un paseo a un sitio precioso, uno de esos que te hacen ver que no estabas tan enamorada como creías de la ciudad porque aún puedes quedarte más prendada de ella. ¿Habrá sido la compañía quizás? La cuestión es que al final hemos vuelto ya de noche, linternas en mano y tenía la sensación como de estar caminando dentro de un sueño. Como en aquellos campamentos de verano en los que estaba tan cansada que parecía que yo flotaba por los días en vez de los días pasar y proveerme de experiencias. Me ha dado un poco de miedo pero me he dejado llevar y he vuelto a casa sana y salva.
 
Sin palabras...
 
Parte 2: Disney (sol)
Cuando tenía 5 años lanzaron La Sirenita en vídeo. Antes de empezar había un anuncio diciendo que abrían Disneyland París. Corría 1992 y yo tenía mi primer sueño de la infancia. Recuerdo que mi mejor amiga y yo hicimos planes: preparamos nuestras bicicletas con comida y muñecos y nos decidimos a ir. Málaga-París en bicicleta, no está nada mal. Obviamente, nuestros padres lo descubrieron a tiempo y nos quitaron la idea de la cabeza. A medida que crecía, seguí con esa espinita y al descubrir que el parque original estaba en Estados Unidos también quise ir. Cuando cumplí 18 años mis padres me llevaron por sorpresa a Disneyland París y fue de ensueño. Ahora, gracias a que un congreso al que voy se celebra allí voy a tener la oportunidad de conocer el parque original, el que Walt Disney soñó. Ahora que lo pienso: qué egocéntrico ponerle a un parque de atracciones tu apellido, ¿no?. Es curioso pensar que si Walt Disney se hubiera llamado “Smith” sería “Smithlandia”.
 
3 de marzo
Jay me recogió, me llevó a su casa, me cocinó sopa de tomate y un sándwich mixto a la plancha que estaba riquísimo y me llevó al aeropuerto puntualmente.
 
Voy en el avión rumbo al congreso, objetivo: aprender cosas nuevas y pillar un poco de solecito californiano. Acaban de decir que vamos a aterrizar en Orange County: California here we come! ¡¡No me creo que vayamos a ir a Disney hoy!! Seguiremos informando.

La verdad es que sí que es naranja...
10 de la noche
Pues ya lo he hecho: he visitado Disneyland. Como siempre que esperas algo con mucho anhelo, la realidad se aleja de tu perfecta fantasía. Todo era más pequeño de lo que esperaba (el castillo de París es el doble de grande, por ejemplo) y predominaba un aire de nostalgia vintage. Aun así, me ha encantado conocer algunos clásicos: Piratas del Caribe, crucero por la jungla, los cohetes y los coches. También he descubierto cosas nuevas: un submarino inspirado en Buscando a Nemo en el cuál vas bajo el agua y se las apañan para proyectar animaciones… al mezclarse con las algas y los corales que son reales, da la sensación de que los personajes están vivos de verdad. Por último, he revisitado una de las atracciones que más me gustó de París:  una basada en Toy Story en la cual eres del mando estelar y tienes que vencer al emperador Zurg, para ello tienes una pistola laser y un coche que puedes girar y te dan puntos cuando aciertas en unas dianas. Queríamos ir al Space Mountain pero Barbara y yo estábamos cansadas, heladas, y la cola era de hora y media… así que nos fuimos al hotel a descansar y eso fue todo.
 
Por pequeño que fuese, no negaré que transmitía magia...

Los cohetes famosos

El cuarto de Andy <3
5 de marzo
El resto de los días transcurren entre charlas, talleres, ratos de trabajar al sol en la piscina con canciones Disney de fondo y descansos en nuestra habitación temática. Tras eso vuelvo a Seattle, a un inesperado sol, al trabajo sin final y a Jay. Me ha gustado el Condado Naranja… creo que volveré.

Detalle de la habitación
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Soletes míos, lo dicho. Me voy a la cama que me han dado las tantas y mañana me espera un día de acabar cosas a marchas forzadas y preparar la maleta. Escribiré para contaros qué tal Copenhague y su nieve. Eso sí: no sé cuándo… intentaré que sea pronto.

¡Mil besos!

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