lunes, 8 de enero de 2018

65. Todo, ahora


“Every inch of sky's got a star
Every inch of skin's got a scar
I guess that you've got everything now”
Everything Now, Arcade Fire

27 de diciembre
He estado 21 días sin escribir, siento que casi podría haber protagonizado un capítulo de la serie de documentales. Ya se ha pasado mi tiempo en España... como siempre, ha volado, y volando rumbo a Seattle escribo yo. Han sido unas semanas de estar muy arriba: nervios, acontecimientos importantes... pero todo ha salido bien y aunque exhausta, estoy muy contenta y sé que, por fin, me puedo relajar.

La vuelta al trabajo va a ser dura pero me la voy a tomar con calma... necesitaría unas "vacaciones de las vacaciones", como suele decirse, que no voy a tener. Aunque, bien pensado, como tampoco han sido vacaciones al uso (he trabajado a distancia), creo que simplemente me hace falta descansar. Tendré ocho semanas sin salir de la ciudad (a no ser que me tienten con ir de camping o algo así) y quiero aprovechar para reestablecer buenos hábitos de vida (básicamente volver a meter el ejercicio en mi rutina y cocinar cosas sanas). Pero este fin de semana me lo daré para estar en casa y descansar, a no ser que surja algún plan molón para fin de año que ya es este domingo, madre mía.

Casi pierdo el segundo vuelo, nos esperaron porque en el primer vuelo había 15 personas que también venían a Seattle. De momento voy alucinando con el avión de Norwegian en el que voy: la comida es más cutre que en Delta y si quieres manta y auriculares tienes que pagar, pero el avión es muy nuevo, tiene unas ventanas enormes cuyos cristales se oscurecen si pulsas un botón (en lugar de tener persianas), cabina presurizada para reducir el jet lag y puedes pedir cosas de la carta y del duty free desde el monitor de tu asiento y pagar con tarjeta de crédito ahí mismo. 



Al llegar a Seattle me esperaban tres sorpresas: 1) hora y media de cola para cruzar la frontera, 2) que mis maletas no han llegado conmigo (era de esperar por lo apresurado de la escala), 3) una imagen bastante inusual: la ciudad nevada. En fin, las navidades no han terminado, supongo que es apropiado. Vamos a por nuevas aventuras: ¿tendré por fin las "navidades blancas" que no tuve hace dos años?

29 de diciembre
Hoy, volviendo del trabajo he vuelto a tener esa sensación de puzle completado, de cómo unas cuantas piezas que habían estado dando vueltas se han colocado, al fin, en su sitio. Durante estos días en mi tierra se han cerrado etapas importantes con momentos muy bonitos: oficié la boda de dos amigos y pude ver lo felices que estaban, estuve con Ray la semana antes de defender su tesis y lo vi crecerse ante el final apoteósico de esa maratón y hacerlo de maravilla, renové el visado por última vez, una amiga tuvo un bebé… eso unido a seguir comprobando que el cariño de los míos (amigos y familia) no cesa aunque esté lejos.

A pesar de estar cansada y con jet lag, he ido al trabajo contenta, con ganas de hacer cosas, señal inequívoca de que me gusta lo que hago. He tardado poco en sentirme como pez en el agua en mi piso, en esta ciudad que es también un poco mía (lluvia incluida). Volvía por las ya oscuras calles, viendo cómo las luces navideñas se reflejaban en el húmedo asfalto, pensando si cenaría hoy mi sushi preferido o el falafel que acababa de comprar y ha sonado una canción que lo ha puesto todo en su sitio. Everything now de Arcade Fire me ha hecho sonreír desde dentro, una de esas sonrisas que te llegan a los ojos sin poder evitarlo: lo tengo todo, lo tengo ahora. Tengo estrellas brillando en mi cielo y cicatrices que me recuerdan lo que he aprendido. No tiene sentido querer más: cosas buenas, cosas malas, experiencias que no borraría por nada.

Es cierto que para seguir en contacto con las cosas que me importan (vida laboral y personal) tengo que ir volando de un lado al otro del mundo varias veces al año pero: ¿y qué? Me gusta viajar. Todo encaja de esa manera: allí sol, jamón y abrazos de los buenos; aquí un equipo de compañeros estelar, una ciudad que se hace querer y me ofrece experiencias únicas y libertad. Soletes, cierro 2017 sabiéndome feliz, sabiendo que quizás no se pueda tener todo en el mismo momento y lugar… pero que las decisiones que he ido tomando me han llevado a esta situación de amoldar el mundo y estirar el tiempo para llegar a lo más cercano posible a ello. Estoy a gusto y con ganas de seguir proponiéndome retos, y creo que eso es lo que importa.

Ya tengo planes para Nochevieja: iré a cenar a mi italiano preferido con Barbara, luego iremos a una fiesta de su edificio (de 10 a 12, como la mayoría de las fiestas aquí terminan cuando empiezan las de España) para, finalmente, subir a la azotea a las 12 para ver los fuegos artificiales que tiran desde el Space Needle (cosa que he querido ver desde que llegué, en aquellas primeras navidades en Ciudad Esmeralda). De nuevo las cosas salen casi mejor que si las hubiera planeado… mi objetivo era no estresarme y lo he hecho dejando que todo pase como tenga que pasar. Las uvas sí que las tengo, por supuesto, y me las comeré con mi familia por Skype. Mis maletas están a punto de llegar, así que tendré hasta un vestido medio decente que ponerme. Lo dicho: aunque da casi miedo decirlo, parece ser que todo encaja.

31de diciembre de 2017
Último día del año. ¿Por qué será que tenemos que esperar a que algo acabe para ponernos a hacer balance? Los días se suceden unos tras otros, secciones de 24 horas, que agrupadas en 365 (o 66) nos hacen ver que los años pasan, que cumplimos uno más, que nos hacemos viejos, etc. Pero es una ilusión, el tiempo es continuo y no se detiene por nadie. Es cierto que, de alguna manera, es la dimensión olvidada; la que no vemos y más fácilmente se nos escapa, creo que por ello hacemos estos esfuerzos en poner marcadores a este flujo incesante de segundos, minutos, horas y días. Por eso celebramos cumpleaños y años nuevos. Pero no dejemos que esto nos engañe… sobrevivir, en la mayoría de los casos, es algo fácil. Pasar sin pena ni gloria arrastrándose por la vida pueden hacerlo la mayoría de los seres que habitan este mundo. Creo que la magia, lo que realmente le da sentido a nuestro tiempo aquí es hacer que ese tiempo merezca la pena, que los momentos dulces compensen a los amargos, que no se nos escapen por el miedo a volver a saborear algo que no nos gustó. Por eso es tan importante pararse a celebrar los logros.

Empiezo el día con algo muy simple que comencé a hacer cuando me independicé, hace ya siete años: mirar por la ventana abierta con un té en la mano, admirando el cielo, los edificios que me rodean y los ruidos de las vidas que, ajenas a las mías, siguen su curso. Hoy además tengo a “Los delincuentes” de fondo y me estoy comiendo un Donut Old Fashioned recubierto de chocolate (una especie de donete gigante a lo rústico). Mi “yo ideal” me dice que debería haber empezado el día meditando con cuencos tibetanos de fondo y en ayunas. Pero mira, si me apetecían flamenquito y chocolate para salir de la cama, eso es lo que me merezco, habrá que dejar algo para los propósitos de año nuevo, ¿no? Y ahora a limpiar, casa y cuerpo, para terminar el año con todo en su sitio.

1 de enero de 2018
Me hace ilusión escribir ese número, el 8 siempre ha sido mi número preferido y espero que lo siga siendo. Ayer a las 3 brindé por Skype con mi familia tras engullir como pude unas uvas enormes y la tarde se pasó entre juegos. Cené con Barbara, me alegré un montón de verla y de poder ponernos al día. Seguimos charlando (y bebiendo) en su piso, donde conocí por fin a su perrita (que es adorable) y pasaron unas cuantas horas más entre vinos y confesiones. Cómo me alegro de que haya entrado en mi vida.

A las 11 bajamos al hall. Pizzas, vino español y unos cuantos vecinos nos esperaban para amenizar la última hora de 2017. Allí conocimos a dos parejas gay muy interesantes: dos de la Marina y otros dos que eran planificador urbanístico y músico experimental, respectivamente.

Casi a las 12 subimos a la terraza. Esta vez no hubo cuenta atrás, no hubo beso a media noche. Pero hubo magia, champán y fuegos artificiales. Charcos congelados en la azotea que me hacían comprobar que estábamos bajo cero, a pesar de que yo no sentía el frío. Otro momento de pertenecer, de quedarme sin palabras y rendirme a recibir 2018 de la forma más surrealista. Este va a ser un buen año.

Hipnotizada por el momento, supe que hacía frío porque alguien lo comentó. Intentando no resbalarme cogí a príncipe Eric (otro de los vecinos al cuál acababa de conocer y al que no le cambio el nombre porque estoy demasiado orgullosa de haberle puesto ese apodo) por el brazo y como buen canadiense me acompañó hacia dentro. Bajamos al hall para continuar la fiesta y ya no había nadie... Y el chico planificador dijo: vamos a seguir la fiesta en nuestro apartamento. Cogimos las pizzas y el vino que quedaban y nos fuimos para allá.

No sé cómo pasó, no sé cómo la noche nos llevó ahí. Pero nos despedimos a las 3 de la mañana en un abrazo grupal a 5 bandas tras haber intercambiado teléfonos. En esas 3 horas hablamos de la vida, de lo que nos había traído a Ciudad Esmeralda, les puse motes a todos, bailamos canciones de los 80 (desde Madonna hasta Boy George), de algún modo Julio Iglesias acabó en la televisión, dos de los chicos improvisaron un dueto de piano, alentados por mí, y finalmente intenté enseñarles un poco de tango. No es mala forma de empezar el año, para nada.

El conductor del Uber que me llevó a casa era simpático y empezamos a hablar... acabó sacándome que me dedicaba a la investigación y me dijo sorprendido que cómo podía ser una científica si era una "party girl" (algo así como una chica fiestera). Casi me enfadé por el prejuicio, como si los que nos dedicamos a esto no tuviésemos derecho a divertirnos… Entonces seguimos hablando y resultó que él había venido a EEUU a hacer un máster en salud pública... Con su color negro de piel, acento africano y ropa étnica yo había asumido que estaba aquí para buscarse algo mejor... ¿Quién era la prejuiciosa ahora? Y, ¿podía yo culparle cuando llevaba una tiara de brillos y plumas que decía “feliz año nuevo”? En fin, creo que ya tengo otro propósito para 2018: dejar los prejuicios atrás, al menos un par más de los que ya han caído.

11 de la mañana
Me duele la cabeza. Encuentro brillantina en sitios extraños y noto un moratón que no me extraña tanto. Tengo poca voz pero aún me queda algo... no es mal balance para una nochevieja, no está nada mal, la verdad.

3 de la tarde
Me niego a recordar el 1 de enero de 2018 como el día que pasé tirada en la cama porque tenía resaca… no señor. Decido salir a la playa, quiero grabar en mis retinas cómo se apaga el primer día del año. Bajo las cuestas escuchando a Satie, necesito descubrir una versión dulce, tranquila e inusual de Seattle. Y lo consigo. Consigo parar un momento, respirar, escribir, sentir que estoy lista para lo que el año tenga que traerme. Le hago la promesa de ser valiente y no perder oportunidades.




6 de la tarde
¿Será hoy ese “día menos pensado” que tanto ansiamos que llegue? Aún no me creo lo que acaba de ocurrir. De nuevo parece ser que las cosas de las películas suceden en la vida real. Tras mi paseo para ver el primer atardecer del año decidí pedir un Uber para volver…

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… Soletes, estad atentos porque 2018 promete. En el siguiente post os cuento lo que pasó y cómo se desarrollaron los acontecimientos posteriores, dato que mientras escribo estas líneas, aún desconozco. Os doy un adelanto, el título será: “First dates: edición Seattle (Capítulo 8: Cuando menos te lo esperas)”.

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sábado, 9 de diciembre de 2017

64. “Thanksgiving 3.0: Camino de Oregón”


Mi primer Acción de Gracias, Soletes, fue muy especial. Estaba recién llegada a Ciudad Esmeralda, descubriendo asombrada la cultura y las tradiciones estadounidenses (lo podéis recordar aquí). Mi segundo Acción de Gracias también lo fue, me parece mentira que haga ya un año que hiciese una comida-cena improvisada en Santa Mónica con Ray, que por aquel entonces estaba en Los Ángeles (pinchad aquí para leer sobre ese viaje). Este año también ha sido especial: Ashley me había invitado a pasarlo con ella en la casa de su familia, en Portland y como nunca había visitado el Estado de Oregón y estaba en mi lista, decidí ir un par de días extra y conocerlo.

La cena sería el sábado, porque una de sus hermanas está haciendo la residencia de medicina y tenía el jueves (cuando se celebra de verdad) de guardia. Ella se iba antes, por lo que me vi el mismo jueves montada en un tren “Camino de Oregón. 

A veces se me olvida que estamos en el far far west… en inglés esta película se llama “the way west”, algo así como “camino al Oeste”

Jueves
Al final me llevo el portátil… Quería que esta hubiese sido mi escapada de desconexión, mi fin de semana tranquilo y con tiempo para mí ya que en Navidades soy consciente de que estaré rebotando por la geografía española como una pelota de ping-pong. En fin, supongo que no se puede tener todo: aún no llevo un mes en el nuevo trabajo y tengo mucho que demostrar… Además, no sé si os lo he dicho: en un par de semanas estaré oficiando la boda de dos buenos amigos y aunque es un honor, me tiene un poco intimidada, así que quiero prepararme bien. Sea como fuere, sacaré ratitos de ocio.

Al notar las gafas tirantes en las orejas, he sido consciente de cómo se me ha cambiado la cara al ver el tren que me llevaría a Portland. Puede que esté enamorada de viajar y por eso no puedo evitar la sonrisa tonta... En fin, cargada a mi pesar con el ordenador, una maleta de mano y una mochila pequeña me dirijo a mi asiento dispuesta a emprender esta aventura de tres días y medio.

Qué bonito es el paisaje… casi me da pena que sólo sean cuatro horas de camino.

Al llegar, lo primero que me sorprende de Portland es que la forma de salir de la estación es cruzando las vías del tren, sin barrera ni nada… más tarde compruebo que es práctica habitual a lo largo de toda la cuidad. Supongo que la gente está acostumbrada y no hay accidentes. Casi al llegar a la parada del cercanías que me lleva a mi alojamiento, me arrepiento de no haber cogido un Uber; el pensamiento de “Pero no seas floja, ¿dónde está tu espíritu aventurero? venga, que te ahorras casi 20 dólares” que me animó a coger el cercanías se transformó en “Jolín, que es de noche, vas con la maleta, por una ciudad que no conoces y estás cansada… mala decisión”. Casi me tengo que dar la razón en lo segundo: en menos de 5 minutos me piden dinero dos indigentes… no me da demasiado miedo porque me he juntado con un grupo de seis personas que también espera al tren, pero aun así no puedo evitar ponerme tensa.

Llego a la parada donde tengo que bajarme y doy gracias a que no se baja nadie raro conmigo ni hay nadie en la estación. Lo que en el mapa de Google parecían 13 minutos de ir en línea recta por un barrio residencial, se convierten en más de 20 de arrastrar la maleta por calles oscuras y mal pavimentadas, gasolineras y otros negocios de polígono industrial. Ignoro a la gente rara con la que me cruzo y rezo porque no decidan que sería buena idea robarme el portátil. Un cocinero a tamaño real cuya mano “me apunta” me pega un buen susto hasta que me doy cuenta de que sólo es una más de las múltiples figuras decorativas de jardín que se acumulan en un establecimiento cerrado. Me río por dentro al tener un deja vu de mis primeros tiempos en Seattle cuando, literalmente, me asustaba hasta de mi sombra. Supongo que es la tensión por lo desconocido… a día de hoy me sé (más o menos) los barrios de Seattle y por uno así no pasaría sola andando de noche, ni de broma.

Tras abandonar la calle principal tengo que ir por carriles de tierra oscuros, sin aceras y con charcos, arrastrando la maleta… uso la linterna del móvil para ver algo y finalmente llego a la casa. Ahí la aventura continúa: tras encontrar la llave escondida en un candado con combinación, consigo abrir la puerta tras descifrar que la misma llave se usa en dos cerraduras distintas que abren en direcciones opuestas (ahí doy gracias a mis horas de videojuegos de la infancia). Subo la maleta a pulso por las escaleras enmoquetadas y por fin, puedo sentir que estoy sana y salva. La habitación está bien pero comparto baño con el hijo del dueño cuando en el anuncio ponía que era individual sorpresas de AirBnB. Aparte, esto está en la quinta puñeta, ahora entiendo que fuese tan barato, menos mal que llevaba un sándwich… a ver quién sale de aquí ahora a comprar la cena.



Aquí tenéis una foto del camino a la casa que saqué por la mañana, para que veáis que no exagero.

Este era el barrio
No tengo remedio… iban a ser 3 días y medio para mí, para no hacer nada… y ahora veo que he perdido el primero trabajando y viajando, que los dos últimos estaré con Ashley y que, por tanto, solamente me queda un día en el que quiero ver todo Portland, trabajar, y descansar… pues lo veo difícil, la verdad. A ver cómo me organizo.

Viernes
Hoy quiero explorar la ciudad e ir a varios sitios emblemáticos que me han recomendado... pero voy sin agenda cerrada, solamente me he apuntado a un walking tour (unas rutas guiadas de 2-3 horas que se hacen a pie) por la tarde para no perderme los esenciales. 


Aquí tenéis una creación del área de turismo donde te dicen todo lo que puedes hacer en función de tus gustos, la verdad es que está graciosa la idea.

Conforme pasa el día, voy conociendo mejor la ciudad. Su apodo es “La cuidad de las rosas” porque tienen rosas todo el año. La gente tiene un rollo parecido al de Seattle pero, en general, van con menos prisas y son un poco más cutres vistiendo. Aquí también huele a marihuana… aunque no es legal. Ah, y son muy ecológicos ellos y súper modernos (puedes pagar el bus con el móvil, por ejemplo, sin tener que bajarte una app especial). Su historia es mucho más oscura que la de Seattle… también se erigió en medio de la conquista del Oeste y sus principales negocios durante la fiebre del oro consistieron en prostitución y venta de alcohol… pero ellos además tenían unos túneles que daban al puerto donde se dice que había quien hizo fortuna secuestrando marineros y vendiéndolos a patrones de barco que iban hacia Shanghái, por lo que llamaron a esta práctica “Shanhaiing”


Lo primero que hago es ir a tomar el brunch a un sitio que me han recomendado. Me sorprende lo barato que es comparado con Seattle, pero no admiten reservas y tengo que esperar 45 min para terminar sentándome en la barra… por lo visto es lo común. La comida está riquísima y el ambiente está muy chulo. Merece la pena. Al pagar descubro otra cosa interesante: no sé si es cosa del Estado de Oregón o de ese restaurante en concreto, pero te piden que especifiques dos propinas: una para la cocina y otra para los camareros.

Para empezar pedí uno de sus famosos donuts de batata y chocolate
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El tour guiado ha estado bien, hemos recorrido el centro de la ciudad y nos han explicado curiosidades varias. Casi mejor os las resumo acompañándolas de sus correspondientes fotos:


Esta es Portlandia, estatua que pretendía ser símbolo de la ciudad. El autor pidió derechos de imagen y, como consecuencia, no hay nada sobre ella (tazas, camisetas imanes…) por lo que nadie la conoce.


Este es un icónico teatro de la ciudad, en cuyo ascensor se rodó una de las escenas más emblemáticas de 50 sombras de Grey.


El nombre de la ciudad se decidió lanzando una moneda al aire… esta es la moneda.


Para finalizar os presento la maravilla local que tiene el Record Guinness al parque más pequeño del mundo. No es más que un alcorque normal y corriente que está en medio de la carretera… pero tiene historia. Cuando construían la cuidad, dejaron un boquete en medio de la carretera. Un periodista local, tras preguntar varias veces si iban a taparlo y no obtener respuesta, decidió tomar cartas en el asunto y hacerlo por sí mismo. Plantó unas flores y declaró en su periódico que era el parque más pequeño del mundo. A raíz de eso se ha convertido en un símbolo de la cuidad que a veces tiene como inquilinos playmobils, barbies u otros habitantes.

Desde luego que se esfuerzan por hacer justicia al lema de la cuidad “Keep portland weird” (mantén Portland raro).

Para terminar el día, he ido a Powell City of Books y es enooorme. Me he pasado un par de horas y no la he conseguido ver entera… Era de esperar, ya que es la librería más grande de Estados Unidos. Me he ido porque entre la espera en el sitio del brunch y el tour estaba harta de estar de pie. Ah, en este Estado no hay impuesto de venta (IVA) así que las cosas son un poco más baratas. Y, por supuesto, he tenido que aprovecharlo…




Otras cosas curiosas respecto al transporte son que no te puedes echar la gasolina tú mismo, sino que tiene que ser un trabajador de la gasolinera y que no puedes parar un taxi por la calle, tienes que pedirlo por teléfono (por lo visto tenían problemas con gente que subía y luego no quería pagar, así que ahora te obligan a dar tus datos antes).

Estaba tan cansada que no he querido ni buscar dónde comprar comida. He vuelto a la casa, he picado unos tomates cherrys que me quedaban, anacardos, atún y piquitos. Menos mal que venía preparada.

Sábado
El sábado por la mañana me recogió un amigo de Ashley y fuimos a su casa. Tal como ocurrió el primer año, me parece que son una familia ideal en una casa ideal: todos con carreras brillantes, muy monos, y allí currando desde las 12 de la mañana para que la opípara cena para 16 personas esté lista para las cuatro de la tarde. Todo se sucede como un ballet en el cual unos cortan las verduras, otros las colocan en bandejas, otros comprueban la temperatura del horno, se encargan de la salsa o trinchan el pavo con la sincronización perfecta para no meterse en el área de trabajo del otro (la gran cocina con isla central ayuda, la verdad…) y para que nada se enfríe antes de tiempo. Contrario al ambiente que a veces se vive en las fiestas de este tipo, todo se hace con calma, disfrutando de la conversación, aprovechando para saborear la primera copa de vino y comenzando a degustar los aperitivos que van saliendo primero. Entonces lo entendí: la cena empieza a las cuatro, la celebración, el momento familiar, empezaba a las 12.

¿dije pavo? Podéis llamarle señor don pavo mejor


Me dejaron encargarme de las servilletas y me hizo mucha ilusión

Antes de comenzar con la cena, tan variada como deliciosa, se leyeron unos textos de agradecimiento muy bonitos. Una vez hubimos terminado, entre todos fuimos llevando cosas a la cocina y recogiendo un poco. Luego jugamos al jungle speed y a Mascarade (un juego de mesa de esos de adivina quién es quién). Y como dos horas después pasamos a los postres (menos mal, porque si no creo que nadie habría probado bocado). Tras retirarse la mayoría de personas, los “jóvenes” (básicamente las hermanas de Ashley + parejas y yo) nos quedamos jugando a las cartas hasta casi media noche.



Domingo
Por la mañana pude trabajar un poco, luego comimos sobras (es tan divertido como las sobras de Navidad) y por la tarde visitamos una fábrica de cerveza artesanal.

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Termino este post desde el avión que me lleva a casa por Navidad, maravillada por una aurora boreal que he visto mientras sobrevolábamos Islandia y pensando que parece mentira que haga tres años que defendí mi tesis doctoral… parece otra vida llena de aventuras y sorpresas y ¿sabéis qué? Voy a hacer todo lo posible para que dentro de tres años lea esto y vuelva a sorprenderme de las cosas maravillosas que han pasado. Pero ahora es momento de tomarme un merecido descanso. Volveré en enero.

¡Felices fiestas y feliz 2018!

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